viernes, 28 de diciembre de 2012

Mátame suavemente por Lulú Petite

Estaba comiendo con compañeros de la escuela, cuando recibí la llamada del "conferencista", un cliente guapetón, del que ya he hablado acá, y que me llama de vez en cuando. Me levanté para contestarle y, después de los saludos, me preguntó si podíamos vernos en una hora. Yo estaba relativamente cerca del hotel donde siempre nos encontramos y la comida con los de la escuela estaba a punto de terminar, así que acepté gustosa la invitación.

Pedimos la cuenta, nos despedimos y decidí hacer tiempo por el rumbo en lo que recibía la llamada del conferencista confirmando el número de habitación. Es un hombre maduro, pero interesante, con un atractivo de esos difíciles de definir, tipo Kevin Spacey. Además coge precioso.

Mientras esperaba, me metí a una librería que quedaba cerca del lugar donde comimos. Estuve hojeando novedades, pero no me animé por ninguna. Husmeando en los anaqueles de películas, me topé con "Mátame suavemente", un triller súper erótico que me fascina, con el bombón de Joseph Fiennes. Estaba pagándola cuando recibí la llamada esperada.

Me dijo el número de habitación y le ofrecí estar ahí en no más de 20 minutos. Para ser sincera, no iba especialmente arreglada, sino con la ropa con que fui a la universidad. Jeans ajustados, una blusa verde y unos botines muy monos. Eso sí, muy bien maquillada, con el cabello recién arreglado y -bueno- siempre uso lencería bonita (nunca sabes cuándo habrá que lucirla). A muchos hombres les gusta que llegues a atenderlos con ese look casual, más en la onda de una niña fresa normal que otra que llega presumiendo el oficio hasta en los trapos.

Después de que me anunciaron, caminé a la villa donde me esperaba el conferencista, abrí la puerta eléctrica y subí las escaleras. Cuando llegué a la puerta, él me estaba esperando con una sonrisa.

Pasé, dejé mi bolso en el tocador y regresé a él, que seguía sonriendo. Se me acercó y, sin decir palabra, se me quedó viendo a los ojos con una mirada entre tierna y lujuriosa. Me acarició la mejilla con el dorso de su mano y se acercó a darme un beso. Cerré los ojos y me dejé consentir: correspondí a los besos, regresé las caricias. Desabroché su pantalón cuando él desabrochó el mío. Desabotoné su camisa cuando él metió sus manos bajo mi blusa.

Lo que seguía, tendía a llevarnos a la cama, así que era buen momento para sacar los condones de mi bolsa. Como los hulitos estaban hasta abajo, saqué la película que recién había comprado. Él se me acercó por detrás, abrazándome y poniendo su cabeza sobre mi hombro, como para ver lo que había salido de mi bolsa. Al ver mi película se emocionó.

-Es una de mis favoritas- me dijo.

¿Qué haces cuando estás a punto de coger, tienes una buena película erótica y la habitación tiene reproductor de DVD? ¡Exacto! Lo pusimos.
La adelantamos hasta la escena en la que Alice (Heather Graham) llega con Adam (Joseph Fiennes) al departamento y, con la emoción urgente de la lujuria pura, entran pujando y resoplando, buscándose los labios, arrancándose la ropa. Adam le levanta con prisa el suéter a Alice, baja su sostén y expone sus senos blancos, lechosos, tremendos, que él besa y estruja, mientras se va poniendo de rodillas y vuelve a subir, para cargar a la hermosa rubia que abre la boca para morderle un beso. La ropa vuela y en la siguiente escena están de pié, casi desnudos, él la lleva en brazos y se arrodilla, acoplado el cuerpo de Alice que se deja penetrar extasiada. Se abandona al sexo de aquel hombre hermoso, viril, seductor.

Apenas comenzó la escena, imitamos a sus protagonistas. No haciendo las cosas iguales, pero sí disfrutando de la clandestinidad de nuestros cuerpos. Nos abrazamos, nos besamos, sentí sus manos acariciar mis glúteos, lo sentí recorriendo la piel de mis muslos, acariciar mi espalda, lamer mis pechos, besar mis labios. Esos besos tibios y amables con que me sedujo desde la primera vez que nos vimos.

Sentí su mano hurgar entre mis muslos, hacer que la piel se me encendiera. De inmediato, separó mis piernas y me besó entre ellas, con su lengua recogía mi deseo y sentía mis pulsos y contorciones. Yo, con los ojos entrecerrados, gemía, acariciaba mis senos, mi abdomen, mordía mis labios. Mi piel se erizaba, un temblor frío recorrió mi cuerpo cuando él aceleró el trabajo de su lengua sobre la cumbre de mi sexo. Apreté las nalgas para meterme más en sus labios, acaricié su nuca, lo jalé hacia mí cuando un estremecimiento me regaló un esplendido orgasmo.

Seguimos haciendo el amor por un buen rato, luego, vimos la película completa, recostados, con mi cabeza en su hombro, mi mano en su pecho y su brazo rodeándome la espalda. Fue casi romántico.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Manual para principiantes II por Lulú Petite

Se trata simplemente de que imagines que el protagonista de esta historia eres tú y que cada cosa que sucede la estás viviendo tú, como una forma de aprender cómo se juega este deporte.
 
¿En qué nos quedamos? Ah sí: Te estás lavando los dientes con una toalla ceñida a la cintura, cuando escuchas que llamo a la puerta. Miras tu reloj, llevas exactamente veintitrés minutos esperando, imaginando la sensación de tus manos en mi piel y el sabor de nuestros besos. Si cuando me llamaste estabas ganoso, ahora tus hormonas están vueltas locas, tanto que tu cerebro no da para otra cosa que pensar en coger, en hacerme tuya.
 
Por eso el “toc, toc, toc” en la puerta te sobresalta. Habías oído que generalmente anuncian a la chica desde la recepción. Esperabas que te llamaran para preguntar si esperabas a alguien y te anunciaran que venía para acá, pero como llegué directo al elevador, no pasé por la aduana de la recepción y te sorprendí cepillándote los dientes.
 
Me recibes con un beso. Mi boca sabe a pastilla mentolada, mis labios son suaves y reciben con agrado la caricia de los tuyos, todavía con la frescura de la pasta dental. Me observas mientras paso a la habitación. Traigo un vestido blanco con estampado negro, estrapless, muy ceñido al cuerpo hasta la cintura y después una caída en dos aguas hasta arriba de las rodillas. Traigo zapatillas negras de tacón de aguja. Volteo a verte y mi cabello descubre mi espalda y hombros. Sonrío cuando veo que no quitas tus ojos de mi trasero.
 
Mi pago lo tienes listo en el tocador y me pides que lo tome. Te agradezco con una sonrisa y lo pongo en mi bolso. Me acerco de nuevo a ti, pongo mis manos en tu pecho desnudo y te doy un beso. Sientes mis labios asaltar los tuyos. Mido un metro sesenta centímetros, los tacones me ayudan a ganar un poco de estatura, pero sigo siendo bajita y manejable. Tus manos me acarician la espalda y tu lengua, traviesa, roza el filo de mis dientes. Tu pene se endurece de nuevo y la toalla cae al piso.
 
Sin dejar de besarme, bajas el cierre de mi vestido como una arañita que camina por mi espalda. Nuestras lenguas se baten en un beso atornillado mientras tus manos resbalan de mi espalda hasta mis nalgas. Doy un paso para atrás y te ayudo a quitarme la ropa. La acomodo en un sillón y regreso a donde estás, sólo en tacones y panti, mis senos están desnudos, disponibles y apetecibles. Me acerco a ti, pego mi cuerpo contra el tuyo, sientes mi piel rozando la tuya, mis pezones duros surcando la piel de tu pecho, mi vientre plano, mi cintura breve. Pones tu mano en mi espalda, justo donde comienzan las nalgas y me das otro beso. Entonces te jalo poniendo mi mano en tu nuca y te digo al oído:
 
-Cógeme.
 
Te tomo de la mano y te conduzco hasta la cama. Quito las cobijas y te pido que te recuestes sobre las sábanas. Me obedeces con una sonrisa y te acuestas boca arriba, con una mano detrás de tu nuca y la otra acariciando tu erección. Se ve bien, y notas cómo se me antoja. Yo me subo a la cama, sobre ti, con mis rodas a tus costados y te doy un beso en los labios. Despacito, voy trazando un camino de besos por tu cuerpo, en tu cuello, en tus hombros, en tu pecho, rozándote al mismo tiempo con mi cabello que cae sobre tu piel. Con mi mano acaricio tu sexo, te lo arrebato. Sientes mi mano tomar tu hombría y jalarla un poco, con suavidad. Tocas mis muslos, los acaricias, los sientes tensos, duros, femeninos.
 
Me ves abrir el preservativo y ponérmelo en la boca, entonces sientes como mis labios rodean tu pene y éste se va clavando, sientes la caricia de mi lengua, siente como va hacia mi garganta, me retiras el cabello que cae sobre mi cara, para ver como devoro tu hombría. Sientes rico. Te dejas llevar, dejas que te la chupe.
 
-Súbete- me pides de pronto. No quieres terminar sin probarme toda. Me pides que te monte y me ofreces tu erección. De frente te doy un beso y, con las rodillas sobre el colchón y el cuerpo echado un poco hacia atrás, me comienzo a clavar tu sexo. Lo hago despacito, para sentirlo y para que sientas. Soy estrecha y tú lo notas, las paredes de mi vulva se ajustan perfectamente a tu deseo. Exhalo. Sientes cómo disfruto teniéndote dentro.
 
Pones tu mano en mi abdomen cuando empiezo a moverme, te gusta tocar un vientre plano, sentir unos senos redondos, buscar mis nalgas que se mueven, acariciar mis pezones firmes, sentir el resorteo de mis muslos, cómo tu cuerpo se clava en el mío, como estamos sintiendo esa gravedad maravillosa, esos cuerpos que se atraen, ese pedacito de cielo. Entonces ves mi ombligo y recuerdas: Sientes unas ganas tremendas de poner tu lengua en ese ombligo, de probar la piel ¿Será salada? ¿Será dulce? ¿A qué olerá?
 
Me pides que cambiemos de posición, ahora quieres que yo me recueste boca arriba. Y me besas, tocas mis pechos y, casi de inmediato, bebes de mi ombligo. El olor es suave como a perfume floral, el tacto es exquisito y el sabor, dulzón con ese toque salado que regala la actividad sexual. Me la metes de un tirón, de frente, con tus manos en mis hombros y tus labios en un beso. Bombeas varias veces antes de escuchar mis gemidos, mi grito ahogado, el perlado sobre mis labios. Sientes que mis manos aprietan más tus hombros cuando me vengo y eso te excita tanto que igual terminas llenando el condón con tu simiente.
 
Después de una larga plática nos despedimos, hasta la próxima, claro.
 
Un beso

sábado, 15 de diciembre de 2012

Manual para principiantes I por Lulú Petite

Todos los días me llegan mensajes, correos o llamadas de personas que nunca han contratado los servicios de una terapeuta sexual (sí, en mi pueblo también nos dicen de otro modo). No saben cómo furula este negocio, así que pretenden, no qué les dé informes del servicio, sino que les explique paso a paso lo que deben hacer para coger conmigo. Hay dudas sobre cada parte del proceso, desde la llamada, cómo hospedarse, dónde, qué hacer mientras llego, cómo pagar y hasta cómo saber cuándo termina.
 
Desde luego mi poca paciencia y el hecho de estar siempre ocupada, no me permiten en llamadas telefónicas, correos y demás, dar información tan detallada. Por ello preparé este pequeño manual sobre cómo llamar, contratar y cogerte a una escort. Una sencilla guía del paso a paso sobre cómo se concreta una cita para poner a rechinar los resortes del Spring Air. Para usarla basta que imagines que el cliente eres tú. Así, con la magia de la lectura, supón que lo que aquí se narra lo estás viviendo tú y nadie más que tú.
 
Imagina que tienes ganas de echar pata y las hormonas impetuosas por el inicio de la primavera. Buscas en tu computadora mi nombre, entras a mi sitio de internet. Encuentras mis fotos y mi teléfono. Entonces llamas.
 
-¿Bueno?- Te respondo coqueta.
-Hola- me dices –Llamo para pedir información sobre tu servicio.
-Claro, mira, mi servicio es por una hora, cuesta tanto, podemos tener sexo oral y vaginal, besitos, caricias y las demás cosas cachondas que hacen los novios. Nos podemos ver en alguno de los moteles que están por la zona de Patriotismo y Revolución.
-¿Puedes venir a mi casa?
-No sólo en los moteles que te dije.
-Y ¿Cómo es? ¿Tomo una habitación y desde allí te llamo?
-No, me avisas media hora antes de que quieras que nos veamos para confirmar que estaré desocupada, después te instalas en el hotel y llamas para decirme el número de habitación que te dieron.
-Ok, entonces te busco en un rato.
 
Ves de nuevo mis fotos y te preguntas si vale la pena regalarte la experiencia. Después de todo, la vida nomás es una y no hay que quedarse con ganas ¿Por qué no darse el gusto? Una mujer joven, de cuerpo esbelto, senos redondos, apetecibles, bonita figura, divertida y disponible para comértela solito. Esas ideas dan vueltas en tu cabeza un rato, incluso sientes venir una erección cuando lo piensas. Haces cuentas y decides que te vas a aventar el tiro, igual amaneciste cachondo. Me vuelves a llamar para confirmar.
 
-Ok, nos vemos en el Villas, llámame cuando estés en la habitación- Te digo.
 
Te subes a tu coche y agarras camino. El tráfico, como siempre está pesado, pero ahí vas escuchando las noticias en el radio y pensando en los placeres que vas a probar. Escuchas que los normalistas de Tiripetío harán un nuevo relajo no sabes dónde, mientras piensas en la foto donde tengo la mano apuntando al ombliguito. Sientes unas ganas tremendas de poner tu lengua en ese ombligo, de probar la piel ¿Será salada? ¿Será dulce? ¿A qué olerá?
 
Veintiocho minutos después llegas al motel acordado, bajas al estacionamiento y colocas tu coche entre un jetta y un jeep cuyos dueños, seguramente, están ya en alguna de las habitaciones echando pata. Te recibe un señor de camisa blanca con pantalón y chaleco negros.
 
-¿Va a querer una habitación?- Te pregunta “No güey, nomás me gusta estacionar mi coche en moteles para ver quién pregunta” piensas.
-Sí
-Son 400 pesos por favor.
 
Le das al caballero dos Sor Juanas y él te entrega una tarjeta con banda magnética y el número 207, impreso bajo el nombre del motel. Caminas hacia el elevador pensando en lo que vas a merendarte.
 
El elevador se abre en el segundo piso. Frente a ti, las puertas de varias habitaciones. A la derecha, muy cerca del elevador, está la 207. Metes la tarjeta en la ranura y cambia la luz de rojo a verde como diciendo “pase usted a lo barrido”. Huele a motel. Quién sabe qué madres usen para trapear, pero todos los moteles tienen el mismo olorcito que aloca las hormonas, que zarandea las ganas de ponchar. Entonces me llamas.
 
-Hola Lulú, estoy en la habitación 207 del motel que quedamos.
-Ok baby, voy para allá. Besitos.
 
Revisas la habitación. Se ve limpia. En la televisión hay una película de hueva, presionas botones hasta dar con el canal porno. Una rubia muy guapa se la está chupando alegremente a un señor con cara de camionero y miembro tamaño caballo. Al cabo de un rato apagas la tele.
 
Te metes a bañar. Recuerdas que tratándose de sexo de paga, la chica se va a soltar más si encuentra a un hombre que huele rico, recién bañado y con la boca sabor colgate. Se te para de nuevo nada más de imaginar cómo me vas a coger, las posiciones en las que vas a ponerme, lo rico que se verá tu sexo entrando al mío, despacito.
 
Te estás lavando los dientes, con una toalla ceñida a la cintura y tus pensamientos en cómo acariciarás mis pezones, cuando escuchas que llaman a la puerta.
 
Toc, toc, toc
 
Pasaron veintitrés minutos desde que me llamaste. Te acercas a la puerta, te asomas por la mirilla y me ves, esperando a que abras. Entonces giras la manija y me recibes con una sonrisa y un beso en los labios.

sábado, 8 de diciembre de 2012

De a perrito por Lulú Petite

De veras, cuando estoy muy, pero muy caliente, me encanta que me pongan en cuatro y me cojan de a perrito. Supongo que es mi posición favorita. No sé por qué, pero cuando más siento que el cuerpo está gozando, que cada milímetro en mi piel se eriza, que se me perlan los labios, que la serenidad agoniza y las piernas me tiemblan, siento un apetito inmenso por poner manos y rodillas en una superficie razonablemente plana, y sentir como entra un hombre a atizar mis emociones. Realmente me encanta recibir en tan cómoda posición un sexo duro y apremiante que haga mis delicias.
 
No sé si tenga que ver con que así entra mejor o alcanza mayor profundidad. No sé si sea porque se siente rico cuando va entrando, como se separan mis pliegues húmedos y reciben lujuriosos al intruso. No sé si sea sólo porque me gusta que me agarren de la cintura y me ayuden a llevar el ritmo, no sé si sea porque en esa posición los dos podemos movernos entre el control y la casualidad, no sé si simplemente sea un fetiche, el caso es que lo disfruto y que doblada así alcanzo más y mejores orgasmos.
 
Hace unos días, mi amigo Mat me llamó por teléfono. Yo iba rumbo al motel, a atender a un cliente. El tráfico estaba, como de costumbre, pa’l carajo y me puse a platicar con él. Una cosa llevó a la otra, de modo que terminamos entablando una conversación tres equis, onda hot line, en la que describimos la forma en que haríamos el amor si en ese momento hubiéramos estado juntos. Pero como el hubiera no existe y yo tenía un trabajo por realizar, aproveché que Mat ya me había puesto a tono para echarme, en su honor, un entusiasta servicio.
 
Afortunadamente, me tocó un cliente que me cayó bien desde que me recibió. Hay veces que así pasa, las cosas se dan, la química trabaja, los cuerpos se entienden. Desde el primer beso supe que iba a ser una cogida memorable. Él caliente. Yo ganosa. Él fuego y yo estopa. Él con unas tremendas ganas de coger, yo con el apetito desafiado, traía el deseo como un panal de abejas al que acababan de zangolotear. Mat dejó el boiler prendido y alguien debía meterse a bañar. No me importaba quién me la hizo, sino con quién cobrarme.
 
No perdimos demasiado tiempo en presentaciones. Prácticamente de inmediato me colgué de sus labios. Él puso su mano en mi cintura y me acercó bruscamente a su cuerpo. Sentí la erección dura bajo sus pantalones y seguí besando, probando sus labios gruesos, su piel áspera y masculina. Puse mi mano en su nuca y apreté mi cuerpo contra el suyo.
 
Me gustan los hombres como él: varoniles, seguros de sí mismos. No necesariamente guapos, no al menos el tipo de guapos -carita de niña- que vuelven locas a muchas adolescentes. A mí siempre me han gustado más los hombres con gesto viril, no necesariamente mamados. Claro que cuando me cae algún galán con musculatura de gimnasio, no le hago el desaire y me despacho gustosa, pero así para que me emocione, para que un hombre me llene la pupila, no necesariamente debe tener cuerpo de Terminator, basta con un rostro simétrico, de gesto duro y figura estándar tirándole a delgada. Si físicamente tuviera que ponerle nombre a mi hombre perfecto, vendría siendo algo entre Jeremy Irons y el Vasco, Javier Aguirre.
 
Él era de ese estilo. Arriba de cincuenta años, esbelto, brazos sólidos y tupidos de vellos, cara de gendarme mal cogido. Todavía por encima del pantalón comencé a masajearle el sexo. Sentí muchísimas ganas de chupársela, de ver cómo reaccionaba, de que me hiciera suya. Neta que la conversación telefónica previa me había puesto cachonda y el estar con un desconocido tan atractivo me tenía con unas ganas locas de sentirme mujer.
 
Saqué un condón y me arrodillé. Le acaricié un poco los muslos sobre el pantalón, antes de bajarle el cierre, desabrochar su cinturón y sacarle el sexo que se levantaba enorme frente a mí. Después del oral, que fue breve, me pidió que fuéramos a la cama. Nos desnudamos en el camino.
 
Comencé montándolo. Con mis manos en su pecho y mis muslos en su coxis, comencé a moverme frenéticamente. Sentía ya muchas ganas de tenerlo dentro y francamente se sentía delicioso. Me encorvé sobre él, para acercarme a sus labios y ofrecerle los míos. Nos besamos y él me abrazó, acariciándome la espalda, las nalgas, los muslos, todo sin dejar de moverme, de sentir como aquello me pulsaba dentro y me hacía sentir repleta, alegre, casi satisfecha. Sólo faltaba una cosa y se la pedí al oído:
 
-Házmelo de a perrito.
 
De veras, cuando estoy muy, pero muy caliente, me encanta que me pongan en cuatro y me cojan de a perrito. Tal vez si, es un fetiche, pero de veras que lo disfruto y que doblada así ¡Uf! Alcanzo más y mejores orgasmos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Esta noche cena Pancho con Lulú Petite


Querido Diario:
-¿Quieres ser mi novia?- Dijo. Me tenía en la cama, desnuda, boca abajo y estaba a punto de hacérmelo
-¡No!- respondí terminante, con la boca contra la almohada
-Entonces se mi amante

-Tampoco
-Ya sé, cásate conmigo- insistió besando mi espalda y acariciando mis hombros, con su sexo apuntando al mío, sin entrar, apenas rozando las comisuras.
-Eso menos conejito- dije moviendo la cadera un poco hacia él. Sentí apenas su puntita, que separaba las paredes de mis labios sin entrar más. Me estremecí.
-Anda, cásate conmigo- Respondió como si no hubiera sentido que ya estaba prácticamente dentro. Me sacan de onda los que hablan cuando te hacen el amor ¿En qué te concentras? ¿Picas o platicas?
-Pues entonces habría que preguntarle primero a tu esposa qué le parece si tu y yo nos casamos- agregué.
-¡Caramba! Tú a todo le pones peros...
-No es un pero corazón, es que no veo porqué dejar de ser tan buenos amigos para hacernos pésimos bígamos.
-¡Hum!- Refunfuñó, y hasta entonces se deslizó todito dentro de mí. Resbaló rico, como si se hubiera untado mantequilla.
A Francisco lo conozco desde hace meses. Tiene una fábrica de ropa y le va bien. Es culto y muy inteligente, bajito, de piel blanca y ojos grises. De esos feos con tanta personalidad, que a segunda vista descubres que más bien son guapos camuflados. Varonil, risueño, seguro de sí mismo.
Me la dejó ir y empezó a moverse dentro con cadencia. Yo seguía boca abajo, él se puso de rodillas, rodeando mi cadera con sus muslos, sin sacármela y, recargándose ligeramente en mis glúteos siguió clavando su pelvis con entusiasmo. Arqueó su espalda hacia el frente, se recargó en mí y me besó los hombros cuando terminó. Gimió, arrastrando la vocal lo más que su aliento le permitió -¡Aaaaah!
Nos recostamos un rato. Él se tendió en la cama, viendo al techo. Yo puse mi cabeza en su pecho y la mano en su abdomen. Me abrazó.
-Estuvo rico ¿Verdad?
-Muy rico- respondí
-Me gustó lo que escribiste de ese señor, Daniel, el que ahorró para estar contigo...- se quedó en silencio un rato, meditando, luego continuó -¿Sabes? Yo era muy tímido en la escuela y con esta cara, que no me ayudaba, yo creo que de no ser por las puñetas, habría llegado a la edad adulta sin siquiera sacarme el veneno. En ese entonces, estaba enamorado de una chavita. La más guapa de la escuela. Éramos cuates, pero yo la quería para mí. No me atreví ni a pedirle un beso y me quedé con esa espinita. Después de la prepa, no la volví a ver. Un día, conocí en un teibol a una chavita que se le parecía muchísimo. Pagué su salida e hicimos el amor. Me sentí aliviado y fue el dinero mejor usado de mi vida.
-Pero eso no sólo me pasa a mí- continuó -Todos tenemos ese sueño. Acostarnos, al menos una vez en la vida, con la chava más bonita. Hacerle el amor a la más guapa, la que todos quieren, la popular en la escuela, la rompecorazones en la oficina, la que baila bien, la que está en el póster o en la portada de la revista, la de las piernas torneadas y la falda sexy, la de los labios carnosos, la que huele rico, la de los  glúteos redondos y paraditos, la del escote increíble, la que ha de besar riquísimo, la que ha de moverse como diosa.
Por eso, aunque cobres caro, siempre habremos quienes estemos dispuestos a pagarlo. Porque lo tuyo no se trata de sexo, sino de saldar cuentas con nuestras propias fantasías, de recibir los besos de la niña bonita, dejarse consentir, de hacérselo, sentir que puedes, que sus piernas se abren, que estás dentro, que lo lograste. Cuando pagamos por hacerle el amor a una mujer bonita, el sexo es lo de menos, lo que vale es el ¡Sí se pudo!- Se volvió a quedar callado.
No sé si tenga la razón y no es un asunto en el que quiera pensar, pero me pareció interesante la idea de Francisco, por eso la comparto. Después de un ratito callados, volvió a besarme, nos recostamos de ladito y, de nuevo entre besos, volvió a poner su sexo apuntando al mío, sin hacérmelo. Pasó su lengua por mi oreja, puso su mano en mi vientre y, todavía sin entrar, volvió a preguntarme:
-Entonces qué ¿Quieres ser mi novia?
-Bueno, pero sólo por sesenta minutos y ya llevas cuarenta
-¿De plano?
-Pues sí mi querido Pancho, es lo más conveniente
-Está bien, entonces vamos a ponerle otra vez, porque esta noche...
-¿Esta noche qué?
-Esta noche, cena Pancho.
Posdata. La rifa de una cita gratis conmigo sigue en pie para el 15 de febrero. Participar es completamente gratis, las bases están en mi blog (http://midiariosexy.blogspot.com) y cada día quedan menos lugares, el que no se apure se va a quedar como el chinito. Participar es fácil, entérate.
Un beso

viernes, 23 de noviembre de 2012

Uno al día por Lulú Petite

Antier me llamó un cliente.
 
-Hola. Soy Flavio- Me dijo en la puerta de su habitación, interceptándome cuando estaba subiendo las escaleras. Me dio un beso en la mejilla y me invitó a pasar con un ademán. Olía rico y tenía una sonrisa tierna.
 
Se veía joven, treintón, de cara bonita, moreno y muy alto, como de uno noventa, con todo y tacones le llegaba apenas al pecho. Estaba “cogible”, aunque dos-tres chonchis. En la calle hacía un calor de los mil demonios, así que en cuanto entré, como el aire acondicionado estaba puesto, sentí la habitación súper fría. Instintivamente me froté los brazos, que llevaba desnudos, él lo notó y apagó el aparato.
 
-¿Te dio frío?- Preguntó
-Un poquito, es que se siente el cambio de la calle a aquí adentro- respondí, luego nos quedamos callados cinco incómodos segundos de esos que parecen largos.
 
-¿De dónde eres?- Le pregunté para hacer plática. Cuando entré al garage, vi que las placas de su coche no eran chilangas. Naturalmente sabía de dónde era, de qué otro lugar pueden ser unas placas con el cerro de la silla en marca de agua y “Nuevo León” escrito en letras coloradas bajo el registro alfanumérico.
 
-Soy de Monterrey- respondió con orgullo norteño- Me caen bien los regios, todos los que he conocido son buena onda y querendones. Además son muy divertidos cuando hablan con ese acento tipo Piporro.
 
Me le quedé mirando, como buscando en sus ojos para interpretar qué quería. Él se me acercó y me dio un beso en los labios, primero tímido, poco a poco más cachondo, acariciándome el cuerpo, levantándome el vestido. Unos segundos después ya estábamos tirados sobre la cama, desnudos. Él boca arriba, yo con su erección en mis labios.
 
-¿Podemos hacer un sesenta y nueve?- Preguntó acariciando mi trasero.
-¡Claro!- Respondí, antes de prácticamente sentarme en su cara y apretar contra su boca mis labios vaginales. Lo hizo tan bien, que en unos minutos estaba ya sintiendo las cosquillitas del orgasmo. Después me tocó cabalgarlo. El cuate estaba tan caliente, que prácticamente en cuanto me le senté encima se vino.
 
Estuvimos platicando un rato en la cama. Nos la pasamos bien. Él vino de Monterrey a un asunto de trabajo, generalmente tiene mucha chamba y no sale de su tierra, pero ahora que estaba acá en la ciudad, venía decidido a darse el gusto conmigo. Al despedirnos prometió que volvería a llamarme antes de regresar a tierra regia.
 
Ayer, más o menos a la misma hora que antier, volví a recibir su llamada.
 
-Hola Lulú, soy Flavio ¿Podemos vernos hoy?
-Hola corazón, claro que sí.
-¿Mismo lugar?
-Ok, llámame cuando tengas habitación.
-Por eso digo que mismo lugar, sigo en la misma habitación
-Perfectamente, voy para allá.
Bien pensado, si pretendía volver a llamarme y de todos modos debía pagar hotel, se quedó hospedado donde nos vimos.
 
De nuevo hacía un calor insoportable. Me invitó a pasar y, después de una muy breve plática, me pidió que me desnudara. Él quería mirar cómo me quitaba la ropa, sentado en un sillón, acariciándose el pene. Me pidió que caminara y me diera una vueltecita antes de sentarme en sus piernas. Allí me dio un beso.
 
Estuvimos en ese sillón unos minutos, besándonos, acariciándonos, conversando, riendo. Ya en la cama iniciamos con unos besos sabrosísimos. Sentir su lengua jugar en mi boca, besar mis senos, mis hombros, mi vientre. Nuestras manos recorrían nuestros cuerpos ya desnudos, conforme él bajaba dando besos por las curvas de mi cuerpo. Entonces puso mis muslos sobre sus hombros y me besó. Separando mis labios suavemente, buscó con su lengua mi clítoris hasta ponerlo tenso, alerta, encantado. No pude dejar de gemir hasta que me recetó un orgasmo parecido al del día anterior.
 
Sus manos se mantuvieron recorriendo mi cuerpo: vientre, piernas, senos. Estuvo rico. Desde luego, me tocaba. Llevé su sexo a mi boca y lo sentí crecer en ella. Recorrí su piel con la punta de mi lengua, lamí el tallo, apreté un poco, chupé con entusiasmo. Al poco rato me pidió que lo montara. Él ofreció su erección y yo me senté lentamente, sintiendo cómo, poco a poco, aquella hombría me ocupaba profundamente.
 
Movimientos, besos, caricias, arremetidas. La danza suave de dos cuerpos que se tienen, hasta que él anunció que se venía y luego “aghhhh ¡Qué rico!” Hay veces en este oficio que encuentras personas con quienes te entiendes perfectamente en la cama.
 
Volvimos a platicar largo y tendido, sobre la vida, el oficio, los foros, internet. Acordé con él que volvería a abrir cuenta en Facebook. Nos despedimos de nuevo con la promesa de volver a vernos antes de que regresara a Nuevo León.
 
Hace un rato recibí su llamada, quiere verme esta noche. Ya me arreglé para gustarle y tuve tiempo para escribir este texto. Creo que se va mañana y no sé si también me llame, pero hasta el momento se ha aventado uno al día. No sé si de verdad le gusté mucho o de plano es un regio muy cachondo, pero he de admitir que me encanta atenderlo. Cojamos pues.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Voyeur por Lulu Petite

Querido Diario:

Iba saliendo de clase y me llamaron por teléfono.

-Si ¿bueno?
-¿Lulú? Hola, me llamo Alex. Me gustaría conocerte, bla, bla, bla...

Llegué a casa, comí, me di una ducha calientita y empecé a prepararme. Quedé de conocer a Alex a las cinco en el Villas, eran las tres y media. Salí del baño envuelta en una toalla, secándome el cabello. Me quedé mirando al ventanal de mi departamento, que va de pared a pared y da a una terracita. La calle se oía tranquila, apenas unos cuantos coches circulando. En el edificio de enfrente, casi todas las cortinas estaban cerradas, excepto la de un vecino. Allí estaba él, haciendo ejercicio en su caminadora, con audífonos y la mirada hacia abajo. Se veía guapo. Siempre me lo ha parecido cuando coincidimos en la calle, es un tipo delgado, con el cuerpo bien marcado, cara seria, siempre con la sombra de un rasurado subversivo. A veces me lo topo en la calle, pero no nos saludamos, especialmente porque siempre se aparece con su novia, una chava más o menos buenona, pero con cara de sope mal pellizcado. Me le quedé viendo desde mi depa. Sudando en su aparatito, corriendo, haciendo el justo esfuerzo por mantener esa figura que lo hace tan deseable.

Me metí a mi recámara y abrí el clóset. Lo primero que apareció fue un vestido blanco de tirantes, falda corta, buen escote y con la espalda al aire. Me lo compré hace unos días y se me antojó estrenarlo. Supongo que ver al vecino ponerse en forma me entusiasmó para también verme atractiva, aunque fuera para cogerme a un cuate que ni conozco.

Estaba sacando el vestido cuando sonó de nuevo el teléfono. Estaba en la sala, así que aún envuelta en la toalla, fui a contestar.

- Hola cariño- Me dijo alguien en el celular -¿Me podrías dar informes?

No me gusta mucho que me digan cariño, cosita, nena, ni demás adjetivos tipo Don Juan en tiempos de hambre, pero tampoco es motivo para ponerme mamila, así que le di la información usual, el preguntón agradeció y colgó. Era uno de esos curiosos con poca intención de convertirse en clientes.

A media llamada me di cuenta de que el vecino me estaba mirando. Evité que nuestras miradas se encontraran, pero vi con toda claridad que ya no estaba corriendo, que seguía en la caminadora muy despacito y sin quitarme los ojos de encima. Luego, luego ese condenado diablito lujurioso que me da los mejores consejos, hizo que me palpitara el erotismo.

Sabía que ya tenía su atención, podía coquetearle impunemente, enseñarle lo que podía encontrarse apenas cruzando la calle, sin parecer que me le estaba ofreciendo. Comencé por peinarme en la sala, casi frente a la ventana, dejando que la toalla revelara todo sin dejar ver nada. De esas veces que un pliegue deja ver un poco más del muslo, por otro se asoma un pezón, pero ninguno deja ver completa la mercancía.

Con la misma maña me maquillé, sentadita en el comedor, dejando que la ventana y la toalla deleitaran de a cuenta gotas a mi gentil y conocedor público. Tardé un rato en todo eso, tanto que corría el riesgo de caer en la monotonía y perder a la atenta audiencia. Era momento de la entrada triunfal de mis cremas corporales.

Abrí el pomo, unté en mis dedos índice y cordial un poco de crema para el cuerpo y dejé caer la toalla. Completamente desnuda comencé por masajear mis senos, mi abdomen, me abracé para poner crema en mis brazos y después untarla con delicadeza y muy despacito por mis piernas. Después me levanté, de espaldas al ventanal, unté un poco de crema en la parte trasera de mis muslos, me froté las manos y me metí a mi habitación.

Salí unos minutos después, ya con mi vestido blanco y los tacones. Me arreglé el cabello fingiendo que miraba mi reflejo en el cristal y, haciendo como que no lo veía, comprobé que ahí seguía con los ojos clavados a mi ventana. Luego me salí.

Llegué a la cita con Alex más caliente que un pollo en rosticería. Todo el camino fui pensando en el vecino, en lo mucho que me excitó darle aquel espectáculo gratuito, dejarme ver, dejarme desear. Pensé en su erección desde la ventana, imaginé que en cuanto salí de mi depa, él fue a masturbarse pensando en mí. Cuando Alex me abrió estaba tan cachonda que me le fui a los labios.

Me armé mi juego, fantaseando que Alex, mi cliente, era el vecino. Imaginé que llegaba a su departamento a entregármele con el vestido blanco que él me vio ponerme. Cuando entré, él cerró la puerta. Me guió por el vestíbulo, la habitación estaba semioscura, apenas iluminada por las luces de la cabecera. Lo sentí acercarse detrás de mí, su aliento en mi nuca, su lengua en mi oreja, sus manos bajando los tirantes de mi vestido, su sexo erecto rozando mis nalgas y su voz prometiéndome al oído una cogida inolvidable.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Quiero verte por Lulú Petite


Querido Diario: 
 
“Quiero verte”. Me escribió en un mensaje de texto con una frialdad casi alevosa. El número no era de la Ciudad de México. No preguntaba el costo de mis servicios ni los detalles de cómo, cuándo, dónde y por dónde con los que generalmente me interrogan quienes piensan contratarme. No respondí, pero llamó más tarde.
 
- Hola- Dijo con voz temblorosa.
-Hola.
-Quiero verte…- Repitió, con la misma parquedad de su mensaje de texto.
-¿Estás en el Distrito Federal corazón?
-No, en Morelia.
 
Me desconcierta como no tienes idea que me llamen de ciudades donde no estoy para decir que quieren verme. Mi negocio no es McDonalds, como para tener sucursales o franquicias. De todos modos respiré profundamente y, haciendo uso de mi entrenamiento budista, respondí con calma:
 
-Cuando estés aquí, llámame y con gusto te veo.
-Es que…- dijo de prisa, como intuyendo (atinadamente) que estaba por colgarle -voy al D.F. el sábado, dentro de dos semanas, y quería ver si estás libre. Hacer cita-
 
Una cita conmigo puede hacerse con media hora de anticipación, si estoy libre, nos ponemos de acuerdo, voy a donde el cliente esté hospedado y listo. Citas con días de anticipación, sólo hago con clientes que conozco y sé que no me van a dejar plantada. El caso es que era lunes, para "el sábado ¡dentro de dos semanas!" faltaba mucho, así que le respondí con franqueza:
 
-Está bien ¿Qué te parece si me llamas ese día una media hora antes de que quieras verme y nos ponemos de acuerdo entonces?
-¿Puede ser a las cinco de la tarde?
-Sí, pero llámame a las cuatro y media y confirmamos ¿Sale?-
-Ok, pero es segurísimo ¡eh!… no te vayas a ocupar
-Está bien, llámame, besitos.
 
Pasaron las dos semanas. La neta, ese sábado se me había olvidado el compromiso que hice con el chavo de Morelia. La tarde estaba tranquila, había acordado una cita en la noche con un cliente de Toluca, pero el resto del día pensaba dedicarlo a tumbarme en el sillón a ver la tele. Justo a las cuatro y media sonó mi teléfono de trabajo.
 
-Hola… Soy yo
 
“Soy yo” es una de esas frases absurdas que se oyen por teléfono. Obviamente si tú hablas, eres tú, pero además quién puede adivinar cual de todos los “yos” con quienes has hablado está al otro lado de la línea.
 
-¿Cuál yo?- pregunté con voz amorosa
-Te hablé hace dos semanas… para ponerme de acuerdo contigo de vernos hoy a las cinco… Me dijiste que te llamara antes- Me recordó haciendo pausas durante sus frases.
-Ah, claro, de Morelia ¿Verdad?
 
Nos pusimos de acuerdo. El chavo quería estar conmigo dos horas y estaba cerca del motel donde generalmente atiendo. Como estaba recién bañada, me di una retocadita, me puse uno de mis putivestiditos favoritos y salí a buscar al galán.
 
Llegué rápido. Los sábados a las cinco de la tarde el tráfico es tolerable. El moreliano resultó ser buena onda. Un hombre bajito y un poquito pasado de peso, de unos veintitantos años, de piel muy blanca, enormes ojos azules, muchísimas pecas y el cabello cortito y parado. Se veía travieso, un poco rancherón, de esos que se emocionan con música de banda y traen en la troca la última de Espinoza Paz o la Arrolladora Banda el Limón. Me sacó de onda ver que, cuando entré, el cuate ya tenía aquello bien parado. Bajo sus jeans se levantaba indiscreta una entusiasta erección.
 
-¡Caramba!- Le dije -¡Estás contento!
 
El cuate se sonrojó. Los muy blancos se ven chistosos cuando se apenan, su rostro parecía comercial de jitomates. Traté de calmarlo:
 
-No te apures, a eso vine. Tú tranquilo, qué esto se va a poner bueno- le dije rodeándole el cuello y plantándole un buen beso en los labios. Durante el beso, que se prolongó de manera natural, desabotoné su pantalón y le pedí que se lo terminara de quitar, en lo que yo me sacaba el vestido.
 
Su erección seguía tremenda. Su pene largo y colorado. La puntita parecía la cabecita de uno de esos hongos rojos que hacen poderoso a Mario Bros. Nos acostamos entre besos y caricias, completamente desnudos. Sus manos, inquietas, hurgaban por mi cuerpo, yo besaba sus labios, su pecho, y comenzaba a bajar trazando una ruta de besos para encontrarme con el champiñón carmesí.
 
Apenas tomé con mi mano su pene, lista para ponerle el condón con los labios, el cuate pegó un grito y, apretando la nachas, disparó un chorro blanco a toda potencia, que levantó al menos un metro de altura y le cayó justo en la barriga, apenas alcancé a librarlo. Otra vez debí usar mi control budista para no soltar la carcajada. Voltee a verlo y, de nuevo, el pobre el pobre estaba más colorado que una nalga de mandril. Ya no pude contenerme y me reí.
 
Me explicó después, cuando todo era calma, que desde que me habló dos semanas antes, decidió mantener un ayuno hasta conocerme. No sólo nada de sexo, el cuate se prohibió hasta las Manuelas. El caso es que para cuando llegué, después dos semanas de estar cargando el fusil, el hombre estaba listo para disparar a la menor provocación y sucedió lo narrado.
 
Al poco rato se recuperó y volvimos a intentarlo con mejores resultados. Eso sucedió hace meses. Justo hoy, que sale publicada esta columna, estaré en Morelia y me llamó diciendo que quería verme, eso sí, prometió esperarme menos jarioso. Habrá que ver.

viernes, 2 de noviembre de 2012

EN EL CAMINO POR "LULU PETITE"

Querido Diario:

En cuanto terminé con el último cliente, arreglé mis cosas y me fui a la terminal de autobuses. Iban a dar las doce de la noche y a esas putas horas se me acaba el encanto, el entusiasmo se me convierte en calabaza y una de dos: me duermo para salir temprano al día siguiente o de plano emprendo el camino de regreso. Como era un recorrido largo, preferí aprovechar la noche para dormir en el mullido silloncito de un cómodo camión. Había sido un día agradable, conocí a personas interesantes y me trataron muy bien. Viajar tiene su encanto, salir de la rutina, conocer lugares, costumbres y estilos distintos. Además si por algo se caracteriza México, es porque de Mérida a Ensenada, la gente te trata bien, es buena onda y hospitalaria.

En la fila para subir al autobús me coqueteó un güero muy grandote, con chamarra de mezclilla y cara de extra en película de Mario Almada (con sombrero texano y toda la cosa). Me hizo plática, pero a esas horas nomás platican los murciélagos, así que le contesté a medias y me escabullí del cowboy a guardarme en mi lugar.

Me acurruqué en el asiento de hasta atrás del camión, jugué un rato picándole a la pantallita que ponen en el respaldo del pasajero de enfrente, pero me dio mucha flojera ver una película a esas horas. Con las yemas de mis dedos acaricié mis muslos tratando de calentarlos. Hacía un frío de los mil demonios y era largo el camino de regreso a casa. Saque de mi equipaje de mano una colchita que siempre llevo para esos viajes, eché el asiento para atrás, cerré los ojos y puse a trabajar los recuerdos. Comencé a repasar el día en mi cabeza.

Llegué el día anterior a media madrugada. Hacía tanto frío que mis pezoncitos se pusieron duros como rocas. Hasta eso que en el hotel se portaron de maravilla. Me dieron una bonita habitación con una cama muy cómoda y, sobre todo, calefacción. Fue como pasar de Alaska a Cancún nomás cruzando una puerta. Apenas puse mi cabecita en la almohada y caí en un sueño profundo.

Desperté como a las nueve y media, con más ganas de seguir debajo de las cobijas que de prepararme para trabajar. Todavía a medio bostezo levanté el teléfono y pedí el desayuno. Fruta, unas enchiladitas potosinas y un buen vaso de jugo de naranja. Vi la tele hasta las diez y media, debía bañarme y comenzar a arreglarme, pues a las doce había programado mi primer compromiso del día.

Tuve suerte, para abrir el día laboral me ponche dos muñecos. Uno enorme, como ropero y el otro muñequito de pastel (azucarado y toda la cosa) Pero qué pastelito más sabroso, tipo gansito congelado, sabes que no es caviar ni un buen corte argentino, pero ah qué rico sabe.

El primero, el ropero, muy buena onda. Moreno tipo costeñito, primero con cara seria, pero en cuanto entramos en confianza, le salió lo risueño. Eso sí, parecía el pulpo manotas, sentía sus manitas hurgando por donde quiera. Estaba guapo a su modo y tenía una personalidad que hacía juego con su estatura. Eso sí, grandote de todos lados, me salió chile poblano. Me cogió muy sabroso.

El segundo, el muñequito de pastel, un verdadero machito, onda vaquerito de Toy Story. Carita linda, súper picarona, pero muy varonil, barbilla partida y con barba rasposita de esas tipo lija de los anuncios de Marlboro. Sus brazos bien macizos, pero la piel de la cara un poco maltratada (por el sol y porque se ve de esos machos que ¿cremas? ¡Ni que juera joto!) Eso sí, el canijo traía un olorcito a testosterona, de esos de pura hormona mezclados por la madre naturaleza. Por si fuera poco, cogía riquísimo. Supongo que, a no ser por su esposa, sería un partidazo. Ni modo, no todo puede ser perfecto.

Después de la comida se me juntaron dos a la misma pinche hora ¡Ay no! Uno que había apartado desde en la mañana, pero no llamó a la hora que dijo para confirmar. Otro llamó ya instalado y, justo cuando acepté atenderlo ¡Zaz! Me llamó el que había apartado. Ni modo, atendí con el que ya estaba instalado, no puedo partir mis nalguitas en dos, para que cada una se vaya a atender a un calenturiento ¿Verdad?

Al último lo atendí como a las diez y media de la noche. Un chavo, de unos treinta y tantos años, guapo, pero con una carita de tristeza que era difícil adivinar si iba a coger o a un velorio (digo, el entierro estaba programado, pero no íbamos justamente a velar al tieso). Resulta que no quería sexo, simplemente me preguntó si podíamos recostarnos desnudos y abrazados durante la hora del servicio, sin hacer nada. La propuesta era rara, pero aceptable. Me contó que acababa de darse cuenta de que la mujer que ama nunca será suya y, para asimilar la decepción, sólo quería estar con alguien, abrazar el cuerpo de una mujer. Me dio mucha ternura su tristeza atravesada.

Me subí al camión con todo eso en la cabeza y, como era muy noche, más tardé en cerrar mis ojitos que en caer en los brazos de Morfeo.