viernes, 23 de noviembre de 2012

Uno al día por Lulú Petite

Antier me llamó un cliente.
 
-Hola. Soy Flavio- Me dijo en la puerta de su habitación, interceptándome cuando estaba subiendo las escaleras. Me dio un beso en la mejilla y me invitó a pasar con un ademán. Olía rico y tenía una sonrisa tierna.
 
Se veía joven, treintón, de cara bonita, moreno y muy alto, como de uno noventa, con todo y tacones le llegaba apenas al pecho. Estaba “cogible”, aunque dos-tres chonchis. En la calle hacía un calor de los mil demonios, así que en cuanto entré, como el aire acondicionado estaba puesto, sentí la habitación súper fría. Instintivamente me froté los brazos, que llevaba desnudos, él lo notó y apagó el aparato.
 
-¿Te dio frío?- Preguntó
-Un poquito, es que se siente el cambio de la calle a aquí adentro- respondí, luego nos quedamos callados cinco incómodos segundos de esos que parecen largos.
 
-¿De dónde eres?- Le pregunté para hacer plática. Cuando entré al garage, vi que las placas de su coche no eran chilangas. Naturalmente sabía de dónde era, de qué otro lugar pueden ser unas placas con el cerro de la silla en marca de agua y “Nuevo León” escrito en letras coloradas bajo el registro alfanumérico.
 
-Soy de Monterrey- respondió con orgullo norteño- Me caen bien los regios, todos los que he conocido son buena onda y querendones. Además son muy divertidos cuando hablan con ese acento tipo Piporro.
 
Me le quedé mirando, como buscando en sus ojos para interpretar qué quería. Él se me acercó y me dio un beso en los labios, primero tímido, poco a poco más cachondo, acariciándome el cuerpo, levantándome el vestido. Unos segundos después ya estábamos tirados sobre la cama, desnudos. Él boca arriba, yo con su erección en mis labios.
 
-¿Podemos hacer un sesenta y nueve?- Preguntó acariciando mi trasero.
-¡Claro!- Respondí, antes de prácticamente sentarme en su cara y apretar contra su boca mis labios vaginales. Lo hizo tan bien, que en unos minutos estaba ya sintiendo las cosquillitas del orgasmo. Después me tocó cabalgarlo. El cuate estaba tan caliente, que prácticamente en cuanto me le senté encima se vino.
 
Estuvimos platicando un rato en la cama. Nos la pasamos bien. Él vino de Monterrey a un asunto de trabajo, generalmente tiene mucha chamba y no sale de su tierra, pero ahora que estaba acá en la ciudad, venía decidido a darse el gusto conmigo. Al despedirnos prometió que volvería a llamarme antes de regresar a tierra regia.
 
Ayer, más o menos a la misma hora que antier, volví a recibir su llamada.
 
-Hola Lulú, soy Flavio ¿Podemos vernos hoy?
-Hola corazón, claro que sí.
-¿Mismo lugar?
-Ok, llámame cuando tengas habitación.
-Por eso digo que mismo lugar, sigo en la misma habitación
-Perfectamente, voy para allá.
Bien pensado, si pretendía volver a llamarme y de todos modos debía pagar hotel, se quedó hospedado donde nos vimos.
 
De nuevo hacía un calor insoportable. Me invitó a pasar y, después de una muy breve plática, me pidió que me desnudara. Él quería mirar cómo me quitaba la ropa, sentado en un sillón, acariciándose el pene. Me pidió que caminara y me diera una vueltecita antes de sentarme en sus piernas. Allí me dio un beso.
 
Estuvimos en ese sillón unos minutos, besándonos, acariciándonos, conversando, riendo. Ya en la cama iniciamos con unos besos sabrosísimos. Sentir su lengua jugar en mi boca, besar mis senos, mis hombros, mi vientre. Nuestras manos recorrían nuestros cuerpos ya desnudos, conforme él bajaba dando besos por las curvas de mi cuerpo. Entonces puso mis muslos sobre sus hombros y me besó. Separando mis labios suavemente, buscó con su lengua mi clítoris hasta ponerlo tenso, alerta, encantado. No pude dejar de gemir hasta que me recetó un orgasmo parecido al del día anterior.
 
Sus manos se mantuvieron recorriendo mi cuerpo: vientre, piernas, senos. Estuvo rico. Desde luego, me tocaba. Llevé su sexo a mi boca y lo sentí crecer en ella. Recorrí su piel con la punta de mi lengua, lamí el tallo, apreté un poco, chupé con entusiasmo. Al poco rato me pidió que lo montara. Él ofreció su erección y yo me senté lentamente, sintiendo cómo, poco a poco, aquella hombría me ocupaba profundamente.
 
Movimientos, besos, caricias, arremetidas. La danza suave de dos cuerpos que se tienen, hasta que él anunció que se venía y luego “aghhhh ¡Qué rico!” Hay veces en este oficio que encuentras personas con quienes te entiendes perfectamente en la cama.
 
Volvimos a platicar largo y tendido, sobre la vida, el oficio, los foros, internet. Acordé con él que volvería a abrir cuenta en Facebook. Nos despedimos de nuevo con la promesa de volver a vernos antes de que regresara a Nuevo León.
 
Hace un rato recibí su llamada, quiere verme esta noche. Ya me arreglé para gustarle y tuve tiempo para escribir este texto. Creo que se va mañana y no sé si también me llame, pero hasta el momento se ha aventado uno al día. No sé si de verdad le gusté mucho o de plano es un regio muy cachondo, pero he de admitir que me encanta atenderlo. Cojamos pues.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Voyeur por Lulu Petite

Querido Diario:

Iba saliendo de clase y me llamaron por teléfono.

-Si ¿bueno?
-¿Lulú? Hola, me llamo Alex. Me gustaría conocerte, bla, bla, bla...

Llegué a casa, comí, me di una ducha calientita y empecé a prepararme. Quedé de conocer a Alex a las cinco en el Villas, eran las tres y media. Salí del baño envuelta en una toalla, secándome el cabello. Me quedé mirando al ventanal de mi departamento, que va de pared a pared y da a una terracita. La calle se oía tranquila, apenas unos cuantos coches circulando. En el edificio de enfrente, casi todas las cortinas estaban cerradas, excepto la de un vecino. Allí estaba él, haciendo ejercicio en su caminadora, con audífonos y la mirada hacia abajo. Se veía guapo. Siempre me lo ha parecido cuando coincidimos en la calle, es un tipo delgado, con el cuerpo bien marcado, cara seria, siempre con la sombra de un rasurado subversivo. A veces me lo topo en la calle, pero no nos saludamos, especialmente porque siempre se aparece con su novia, una chava más o menos buenona, pero con cara de sope mal pellizcado. Me le quedé viendo desde mi depa. Sudando en su aparatito, corriendo, haciendo el justo esfuerzo por mantener esa figura que lo hace tan deseable.

Me metí a mi recámara y abrí el clóset. Lo primero que apareció fue un vestido blanco de tirantes, falda corta, buen escote y con la espalda al aire. Me lo compré hace unos días y se me antojó estrenarlo. Supongo que ver al vecino ponerse en forma me entusiasmó para también verme atractiva, aunque fuera para cogerme a un cuate que ni conozco.

Estaba sacando el vestido cuando sonó de nuevo el teléfono. Estaba en la sala, así que aún envuelta en la toalla, fui a contestar.

- Hola cariño- Me dijo alguien en el celular -¿Me podrías dar informes?

No me gusta mucho que me digan cariño, cosita, nena, ni demás adjetivos tipo Don Juan en tiempos de hambre, pero tampoco es motivo para ponerme mamila, así que le di la información usual, el preguntón agradeció y colgó. Era uno de esos curiosos con poca intención de convertirse en clientes.

A media llamada me di cuenta de que el vecino me estaba mirando. Evité que nuestras miradas se encontraran, pero vi con toda claridad que ya no estaba corriendo, que seguía en la caminadora muy despacito y sin quitarme los ojos de encima. Luego, luego ese condenado diablito lujurioso que me da los mejores consejos, hizo que me palpitara el erotismo.

Sabía que ya tenía su atención, podía coquetearle impunemente, enseñarle lo que podía encontrarse apenas cruzando la calle, sin parecer que me le estaba ofreciendo. Comencé por peinarme en la sala, casi frente a la ventana, dejando que la toalla revelara todo sin dejar ver nada. De esas veces que un pliegue deja ver un poco más del muslo, por otro se asoma un pezón, pero ninguno deja ver completa la mercancía.

Con la misma maña me maquillé, sentadita en el comedor, dejando que la ventana y la toalla deleitaran de a cuenta gotas a mi gentil y conocedor público. Tardé un rato en todo eso, tanto que corría el riesgo de caer en la monotonía y perder a la atenta audiencia. Era momento de la entrada triunfal de mis cremas corporales.

Abrí el pomo, unté en mis dedos índice y cordial un poco de crema para el cuerpo y dejé caer la toalla. Completamente desnuda comencé por masajear mis senos, mi abdomen, me abracé para poner crema en mis brazos y después untarla con delicadeza y muy despacito por mis piernas. Después me levanté, de espaldas al ventanal, unté un poco de crema en la parte trasera de mis muslos, me froté las manos y me metí a mi habitación.

Salí unos minutos después, ya con mi vestido blanco y los tacones. Me arreglé el cabello fingiendo que miraba mi reflejo en el cristal y, haciendo como que no lo veía, comprobé que ahí seguía con los ojos clavados a mi ventana. Luego me salí.

Llegué a la cita con Alex más caliente que un pollo en rosticería. Todo el camino fui pensando en el vecino, en lo mucho que me excitó darle aquel espectáculo gratuito, dejarme ver, dejarme desear. Pensé en su erección desde la ventana, imaginé que en cuanto salí de mi depa, él fue a masturbarse pensando en mí. Cuando Alex me abrió estaba tan cachonda que me le fui a los labios.

Me armé mi juego, fantaseando que Alex, mi cliente, era el vecino. Imaginé que llegaba a su departamento a entregármele con el vestido blanco que él me vio ponerme. Cuando entré, él cerró la puerta. Me guió por el vestíbulo, la habitación estaba semioscura, apenas iluminada por las luces de la cabecera. Lo sentí acercarse detrás de mí, su aliento en mi nuca, su lengua en mi oreja, sus manos bajando los tirantes de mi vestido, su sexo erecto rozando mis nalgas y su voz prometiéndome al oído una cogida inolvidable.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Quiero verte por Lulú Petite


Querido Diario: 
 
“Quiero verte”. Me escribió en un mensaje de texto con una frialdad casi alevosa. El número no era de la Ciudad de México. No preguntaba el costo de mis servicios ni los detalles de cómo, cuándo, dónde y por dónde con los que generalmente me interrogan quienes piensan contratarme. No respondí, pero llamó más tarde.
 
- Hola- Dijo con voz temblorosa.
-Hola.
-Quiero verte…- Repitió, con la misma parquedad de su mensaje de texto.
-¿Estás en el Distrito Federal corazón?
-No, en Morelia.
 
Me desconcierta como no tienes idea que me llamen de ciudades donde no estoy para decir que quieren verme. Mi negocio no es McDonalds, como para tener sucursales o franquicias. De todos modos respiré profundamente y, haciendo uso de mi entrenamiento budista, respondí con calma:
 
-Cuando estés aquí, llámame y con gusto te veo.
-Es que…- dijo de prisa, como intuyendo (atinadamente) que estaba por colgarle -voy al D.F. el sábado, dentro de dos semanas, y quería ver si estás libre. Hacer cita-
 
Una cita conmigo puede hacerse con media hora de anticipación, si estoy libre, nos ponemos de acuerdo, voy a donde el cliente esté hospedado y listo. Citas con días de anticipación, sólo hago con clientes que conozco y sé que no me van a dejar plantada. El caso es que era lunes, para "el sábado ¡dentro de dos semanas!" faltaba mucho, así que le respondí con franqueza:
 
-Está bien ¿Qué te parece si me llamas ese día una media hora antes de que quieras verme y nos ponemos de acuerdo entonces?
-¿Puede ser a las cinco de la tarde?
-Sí, pero llámame a las cuatro y media y confirmamos ¿Sale?-
-Ok, pero es segurísimo ¡eh!… no te vayas a ocupar
-Está bien, llámame, besitos.
 
Pasaron las dos semanas. La neta, ese sábado se me había olvidado el compromiso que hice con el chavo de Morelia. La tarde estaba tranquila, había acordado una cita en la noche con un cliente de Toluca, pero el resto del día pensaba dedicarlo a tumbarme en el sillón a ver la tele. Justo a las cuatro y media sonó mi teléfono de trabajo.
 
-Hola… Soy yo
 
“Soy yo” es una de esas frases absurdas que se oyen por teléfono. Obviamente si tú hablas, eres tú, pero además quién puede adivinar cual de todos los “yos” con quienes has hablado está al otro lado de la línea.
 
-¿Cuál yo?- pregunté con voz amorosa
-Te hablé hace dos semanas… para ponerme de acuerdo contigo de vernos hoy a las cinco… Me dijiste que te llamara antes- Me recordó haciendo pausas durante sus frases.
-Ah, claro, de Morelia ¿Verdad?
 
Nos pusimos de acuerdo. El chavo quería estar conmigo dos horas y estaba cerca del motel donde generalmente atiendo. Como estaba recién bañada, me di una retocadita, me puse uno de mis putivestiditos favoritos y salí a buscar al galán.
 
Llegué rápido. Los sábados a las cinco de la tarde el tráfico es tolerable. El moreliano resultó ser buena onda. Un hombre bajito y un poquito pasado de peso, de unos veintitantos años, de piel muy blanca, enormes ojos azules, muchísimas pecas y el cabello cortito y parado. Se veía travieso, un poco rancherón, de esos que se emocionan con música de banda y traen en la troca la última de Espinoza Paz o la Arrolladora Banda el Limón. Me sacó de onda ver que, cuando entré, el cuate ya tenía aquello bien parado. Bajo sus jeans se levantaba indiscreta una entusiasta erección.
 
-¡Caramba!- Le dije -¡Estás contento!
 
El cuate se sonrojó. Los muy blancos se ven chistosos cuando se apenan, su rostro parecía comercial de jitomates. Traté de calmarlo:
 
-No te apures, a eso vine. Tú tranquilo, qué esto se va a poner bueno- le dije rodeándole el cuello y plantándole un buen beso en los labios. Durante el beso, que se prolongó de manera natural, desabotoné su pantalón y le pedí que se lo terminara de quitar, en lo que yo me sacaba el vestido.
 
Su erección seguía tremenda. Su pene largo y colorado. La puntita parecía la cabecita de uno de esos hongos rojos que hacen poderoso a Mario Bros. Nos acostamos entre besos y caricias, completamente desnudos. Sus manos, inquietas, hurgaban por mi cuerpo, yo besaba sus labios, su pecho, y comenzaba a bajar trazando una ruta de besos para encontrarme con el champiñón carmesí.
 
Apenas tomé con mi mano su pene, lista para ponerle el condón con los labios, el cuate pegó un grito y, apretando la nachas, disparó un chorro blanco a toda potencia, que levantó al menos un metro de altura y le cayó justo en la barriga, apenas alcancé a librarlo. Otra vez debí usar mi control budista para no soltar la carcajada. Voltee a verlo y, de nuevo, el pobre el pobre estaba más colorado que una nalga de mandril. Ya no pude contenerme y me reí.
 
Me explicó después, cuando todo era calma, que desde que me habló dos semanas antes, decidió mantener un ayuno hasta conocerme. No sólo nada de sexo, el cuate se prohibió hasta las Manuelas. El caso es que para cuando llegué, después dos semanas de estar cargando el fusil, el hombre estaba listo para disparar a la menor provocación y sucedió lo narrado.
 
Al poco rato se recuperó y volvimos a intentarlo con mejores resultados. Eso sucedió hace meses. Justo hoy, que sale publicada esta columna, estaré en Morelia y me llamó diciendo que quería verme, eso sí, prometió esperarme menos jarioso. Habrá que ver.

viernes, 2 de noviembre de 2012

EN EL CAMINO POR "LULU PETITE"

Querido Diario:

En cuanto terminé con el último cliente, arreglé mis cosas y me fui a la terminal de autobuses. Iban a dar las doce de la noche y a esas putas horas se me acaba el encanto, el entusiasmo se me convierte en calabaza y una de dos: me duermo para salir temprano al día siguiente o de plano emprendo el camino de regreso. Como era un recorrido largo, preferí aprovechar la noche para dormir en el mullido silloncito de un cómodo camión. Había sido un día agradable, conocí a personas interesantes y me trataron muy bien. Viajar tiene su encanto, salir de la rutina, conocer lugares, costumbres y estilos distintos. Además si por algo se caracteriza México, es porque de Mérida a Ensenada, la gente te trata bien, es buena onda y hospitalaria.

En la fila para subir al autobús me coqueteó un güero muy grandote, con chamarra de mezclilla y cara de extra en película de Mario Almada (con sombrero texano y toda la cosa). Me hizo plática, pero a esas horas nomás platican los murciélagos, así que le contesté a medias y me escabullí del cowboy a guardarme en mi lugar.

Me acurruqué en el asiento de hasta atrás del camión, jugué un rato picándole a la pantallita que ponen en el respaldo del pasajero de enfrente, pero me dio mucha flojera ver una película a esas horas. Con las yemas de mis dedos acaricié mis muslos tratando de calentarlos. Hacía un frío de los mil demonios y era largo el camino de regreso a casa. Saque de mi equipaje de mano una colchita que siempre llevo para esos viajes, eché el asiento para atrás, cerré los ojos y puse a trabajar los recuerdos. Comencé a repasar el día en mi cabeza.

Llegué el día anterior a media madrugada. Hacía tanto frío que mis pezoncitos se pusieron duros como rocas. Hasta eso que en el hotel se portaron de maravilla. Me dieron una bonita habitación con una cama muy cómoda y, sobre todo, calefacción. Fue como pasar de Alaska a Cancún nomás cruzando una puerta. Apenas puse mi cabecita en la almohada y caí en un sueño profundo.

Desperté como a las nueve y media, con más ganas de seguir debajo de las cobijas que de prepararme para trabajar. Todavía a medio bostezo levanté el teléfono y pedí el desayuno. Fruta, unas enchiladitas potosinas y un buen vaso de jugo de naranja. Vi la tele hasta las diez y media, debía bañarme y comenzar a arreglarme, pues a las doce había programado mi primer compromiso del día.

Tuve suerte, para abrir el día laboral me ponche dos muñecos. Uno enorme, como ropero y el otro muñequito de pastel (azucarado y toda la cosa) Pero qué pastelito más sabroso, tipo gansito congelado, sabes que no es caviar ni un buen corte argentino, pero ah qué rico sabe.

El primero, el ropero, muy buena onda. Moreno tipo costeñito, primero con cara seria, pero en cuanto entramos en confianza, le salió lo risueño. Eso sí, parecía el pulpo manotas, sentía sus manitas hurgando por donde quiera. Estaba guapo a su modo y tenía una personalidad que hacía juego con su estatura. Eso sí, grandote de todos lados, me salió chile poblano. Me cogió muy sabroso.

El segundo, el muñequito de pastel, un verdadero machito, onda vaquerito de Toy Story. Carita linda, súper picarona, pero muy varonil, barbilla partida y con barba rasposita de esas tipo lija de los anuncios de Marlboro. Sus brazos bien macizos, pero la piel de la cara un poco maltratada (por el sol y porque se ve de esos machos que ¿cremas? ¡Ni que juera joto!) Eso sí, el canijo traía un olorcito a testosterona, de esos de pura hormona mezclados por la madre naturaleza. Por si fuera poco, cogía riquísimo. Supongo que, a no ser por su esposa, sería un partidazo. Ni modo, no todo puede ser perfecto.

Después de la comida se me juntaron dos a la misma pinche hora ¡Ay no! Uno que había apartado desde en la mañana, pero no llamó a la hora que dijo para confirmar. Otro llamó ya instalado y, justo cuando acepté atenderlo ¡Zaz! Me llamó el que había apartado. Ni modo, atendí con el que ya estaba instalado, no puedo partir mis nalguitas en dos, para que cada una se vaya a atender a un calenturiento ¿Verdad?

Al último lo atendí como a las diez y media de la noche. Un chavo, de unos treinta y tantos años, guapo, pero con una carita de tristeza que era difícil adivinar si iba a coger o a un velorio (digo, el entierro estaba programado, pero no íbamos justamente a velar al tieso). Resulta que no quería sexo, simplemente me preguntó si podíamos recostarnos desnudos y abrazados durante la hora del servicio, sin hacer nada. La propuesta era rara, pero aceptable. Me contó que acababa de darse cuenta de que la mujer que ama nunca será suya y, para asimilar la decepción, sólo quería estar con alguien, abrazar el cuerpo de una mujer. Me dio mucha ternura su tristeza atravesada.

Me subí al camión con todo eso en la cabeza y, como era muy noche, más tardé en cerrar mis ojitos que en caer en los brazos de Morfeo.