viernes, 28 de diciembre de 2012

Mátame suavemente por Lulú Petite

Estaba comiendo con compañeros de la escuela, cuando recibí la llamada del "conferencista", un cliente guapetón, del que ya he hablado acá, y que me llama de vez en cuando. Me levanté para contestarle y, después de los saludos, me preguntó si podíamos vernos en una hora. Yo estaba relativamente cerca del hotel donde siempre nos encontramos y la comida con los de la escuela estaba a punto de terminar, así que acepté gustosa la invitación.

Pedimos la cuenta, nos despedimos y decidí hacer tiempo por el rumbo en lo que recibía la llamada del conferencista confirmando el número de habitación. Es un hombre maduro, pero interesante, con un atractivo de esos difíciles de definir, tipo Kevin Spacey. Además coge precioso.

Mientras esperaba, me metí a una librería que quedaba cerca del lugar donde comimos. Estuve hojeando novedades, pero no me animé por ninguna. Husmeando en los anaqueles de películas, me topé con "Mátame suavemente", un triller súper erótico que me fascina, con el bombón de Joseph Fiennes. Estaba pagándola cuando recibí la llamada esperada.

Me dijo el número de habitación y le ofrecí estar ahí en no más de 20 minutos. Para ser sincera, no iba especialmente arreglada, sino con la ropa con que fui a la universidad. Jeans ajustados, una blusa verde y unos botines muy monos. Eso sí, muy bien maquillada, con el cabello recién arreglado y -bueno- siempre uso lencería bonita (nunca sabes cuándo habrá que lucirla). A muchos hombres les gusta que llegues a atenderlos con ese look casual, más en la onda de una niña fresa normal que otra que llega presumiendo el oficio hasta en los trapos.

Después de que me anunciaron, caminé a la villa donde me esperaba el conferencista, abrí la puerta eléctrica y subí las escaleras. Cuando llegué a la puerta, él me estaba esperando con una sonrisa.

Pasé, dejé mi bolso en el tocador y regresé a él, que seguía sonriendo. Se me acercó y, sin decir palabra, se me quedó viendo a los ojos con una mirada entre tierna y lujuriosa. Me acarició la mejilla con el dorso de su mano y se acercó a darme un beso. Cerré los ojos y me dejé consentir: correspondí a los besos, regresé las caricias. Desabroché su pantalón cuando él desabrochó el mío. Desabotoné su camisa cuando él metió sus manos bajo mi blusa.

Lo que seguía, tendía a llevarnos a la cama, así que era buen momento para sacar los condones de mi bolsa. Como los hulitos estaban hasta abajo, saqué la película que recién había comprado. Él se me acercó por detrás, abrazándome y poniendo su cabeza sobre mi hombro, como para ver lo que había salido de mi bolsa. Al ver mi película se emocionó.

-Es una de mis favoritas- me dijo.

¿Qué haces cuando estás a punto de coger, tienes una buena película erótica y la habitación tiene reproductor de DVD? ¡Exacto! Lo pusimos.
La adelantamos hasta la escena en la que Alice (Heather Graham) llega con Adam (Joseph Fiennes) al departamento y, con la emoción urgente de la lujuria pura, entran pujando y resoplando, buscándose los labios, arrancándose la ropa. Adam le levanta con prisa el suéter a Alice, baja su sostén y expone sus senos blancos, lechosos, tremendos, que él besa y estruja, mientras se va poniendo de rodillas y vuelve a subir, para cargar a la hermosa rubia que abre la boca para morderle un beso. La ropa vuela y en la siguiente escena están de pié, casi desnudos, él la lleva en brazos y se arrodilla, acoplado el cuerpo de Alice que se deja penetrar extasiada. Se abandona al sexo de aquel hombre hermoso, viril, seductor.

Apenas comenzó la escena, imitamos a sus protagonistas. No haciendo las cosas iguales, pero sí disfrutando de la clandestinidad de nuestros cuerpos. Nos abrazamos, nos besamos, sentí sus manos acariciar mis glúteos, lo sentí recorriendo la piel de mis muslos, acariciar mi espalda, lamer mis pechos, besar mis labios. Esos besos tibios y amables con que me sedujo desde la primera vez que nos vimos.

Sentí su mano hurgar entre mis muslos, hacer que la piel se me encendiera. De inmediato, separó mis piernas y me besó entre ellas, con su lengua recogía mi deseo y sentía mis pulsos y contorciones. Yo, con los ojos entrecerrados, gemía, acariciaba mis senos, mi abdomen, mordía mis labios. Mi piel se erizaba, un temblor frío recorrió mi cuerpo cuando él aceleró el trabajo de su lengua sobre la cumbre de mi sexo. Apreté las nalgas para meterme más en sus labios, acaricié su nuca, lo jalé hacia mí cuando un estremecimiento me regaló un esplendido orgasmo.

Seguimos haciendo el amor por un buen rato, luego, vimos la película completa, recostados, con mi cabeza en su hombro, mi mano en su pecho y su brazo rodeándome la espalda. Fue casi romántico.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Manual para principiantes II por Lulú Petite

Se trata simplemente de que imagines que el protagonista de esta historia eres tú y que cada cosa que sucede la estás viviendo tú, como una forma de aprender cómo se juega este deporte.
 
¿En qué nos quedamos? Ah sí: Te estás lavando los dientes con una toalla ceñida a la cintura, cuando escuchas que llamo a la puerta. Miras tu reloj, llevas exactamente veintitrés minutos esperando, imaginando la sensación de tus manos en mi piel y el sabor de nuestros besos. Si cuando me llamaste estabas ganoso, ahora tus hormonas están vueltas locas, tanto que tu cerebro no da para otra cosa que pensar en coger, en hacerme tuya.
 
Por eso el “toc, toc, toc” en la puerta te sobresalta. Habías oído que generalmente anuncian a la chica desde la recepción. Esperabas que te llamaran para preguntar si esperabas a alguien y te anunciaran que venía para acá, pero como llegué directo al elevador, no pasé por la aduana de la recepción y te sorprendí cepillándote los dientes.
 
Me recibes con un beso. Mi boca sabe a pastilla mentolada, mis labios son suaves y reciben con agrado la caricia de los tuyos, todavía con la frescura de la pasta dental. Me observas mientras paso a la habitación. Traigo un vestido blanco con estampado negro, estrapless, muy ceñido al cuerpo hasta la cintura y después una caída en dos aguas hasta arriba de las rodillas. Traigo zapatillas negras de tacón de aguja. Volteo a verte y mi cabello descubre mi espalda y hombros. Sonrío cuando veo que no quitas tus ojos de mi trasero.
 
Mi pago lo tienes listo en el tocador y me pides que lo tome. Te agradezco con una sonrisa y lo pongo en mi bolso. Me acerco de nuevo a ti, pongo mis manos en tu pecho desnudo y te doy un beso. Sientes mis labios asaltar los tuyos. Mido un metro sesenta centímetros, los tacones me ayudan a ganar un poco de estatura, pero sigo siendo bajita y manejable. Tus manos me acarician la espalda y tu lengua, traviesa, roza el filo de mis dientes. Tu pene se endurece de nuevo y la toalla cae al piso.
 
Sin dejar de besarme, bajas el cierre de mi vestido como una arañita que camina por mi espalda. Nuestras lenguas se baten en un beso atornillado mientras tus manos resbalan de mi espalda hasta mis nalgas. Doy un paso para atrás y te ayudo a quitarme la ropa. La acomodo en un sillón y regreso a donde estás, sólo en tacones y panti, mis senos están desnudos, disponibles y apetecibles. Me acerco a ti, pego mi cuerpo contra el tuyo, sientes mi piel rozando la tuya, mis pezones duros surcando la piel de tu pecho, mi vientre plano, mi cintura breve. Pones tu mano en mi espalda, justo donde comienzan las nalgas y me das otro beso. Entonces te jalo poniendo mi mano en tu nuca y te digo al oído:
 
-Cógeme.
 
Te tomo de la mano y te conduzco hasta la cama. Quito las cobijas y te pido que te recuestes sobre las sábanas. Me obedeces con una sonrisa y te acuestas boca arriba, con una mano detrás de tu nuca y la otra acariciando tu erección. Se ve bien, y notas cómo se me antoja. Yo me subo a la cama, sobre ti, con mis rodas a tus costados y te doy un beso en los labios. Despacito, voy trazando un camino de besos por tu cuerpo, en tu cuello, en tus hombros, en tu pecho, rozándote al mismo tiempo con mi cabello que cae sobre tu piel. Con mi mano acaricio tu sexo, te lo arrebato. Sientes mi mano tomar tu hombría y jalarla un poco, con suavidad. Tocas mis muslos, los acaricias, los sientes tensos, duros, femeninos.
 
Me ves abrir el preservativo y ponérmelo en la boca, entonces sientes como mis labios rodean tu pene y éste se va clavando, sientes la caricia de mi lengua, siente como va hacia mi garganta, me retiras el cabello que cae sobre mi cara, para ver como devoro tu hombría. Sientes rico. Te dejas llevar, dejas que te la chupe.
 
-Súbete- me pides de pronto. No quieres terminar sin probarme toda. Me pides que te monte y me ofreces tu erección. De frente te doy un beso y, con las rodillas sobre el colchón y el cuerpo echado un poco hacia atrás, me comienzo a clavar tu sexo. Lo hago despacito, para sentirlo y para que sientas. Soy estrecha y tú lo notas, las paredes de mi vulva se ajustan perfectamente a tu deseo. Exhalo. Sientes cómo disfruto teniéndote dentro.
 
Pones tu mano en mi abdomen cuando empiezo a moverme, te gusta tocar un vientre plano, sentir unos senos redondos, buscar mis nalgas que se mueven, acariciar mis pezones firmes, sentir el resorteo de mis muslos, cómo tu cuerpo se clava en el mío, como estamos sintiendo esa gravedad maravillosa, esos cuerpos que se atraen, ese pedacito de cielo. Entonces ves mi ombligo y recuerdas: Sientes unas ganas tremendas de poner tu lengua en ese ombligo, de probar la piel ¿Será salada? ¿Será dulce? ¿A qué olerá?
 
Me pides que cambiemos de posición, ahora quieres que yo me recueste boca arriba. Y me besas, tocas mis pechos y, casi de inmediato, bebes de mi ombligo. El olor es suave como a perfume floral, el tacto es exquisito y el sabor, dulzón con ese toque salado que regala la actividad sexual. Me la metes de un tirón, de frente, con tus manos en mis hombros y tus labios en un beso. Bombeas varias veces antes de escuchar mis gemidos, mi grito ahogado, el perlado sobre mis labios. Sientes que mis manos aprietan más tus hombros cuando me vengo y eso te excita tanto que igual terminas llenando el condón con tu simiente.
 
Después de una larga plática nos despedimos, hasta la próxima, claro.
 
Un beso

sábado, 15 de diciembre de 2012

Manual para principiantes I por Lulú Petite

Todos los días me llegan mensajes, correos o llamadas de personas que nunca han contratado los servicios de una terapeuta sexual (sí, en mi pueblo también nos dicen de otro modo). No saben cómo furula este negocio, así que pretenden, no qué les dé informes del servicio, sino que les explique paso a paso lo que deben hacer para coger conmigo. Hay dudas sobre cada parte del proceso, desde la llamada, cómo hospedarse, dónde, qué hacer mientras llego, cómo pagar y hasta cómo saber cuándo termina.
 
Desde luego mi poca paciencia y el hecho de estar siempre ocupada, no me permiten en llamadas telefónicas, correos y demás, dar información tan detallada. Por ello preparé este pequeño manual sobre cómo llamar, contratar y cogerte a una escort. Una sencilla guía del paso a paso sobre cómo se concreta una cita para poner a rechinar los resortes del Spring Air. Para usarla basta que imagines que el cliente eres tú. Así, con la magia de la lectura, supón que lo que aquí se narra lo estás viviendo tú y nadie más que tú.
 
Imagina que tienes ganas de echar pata y las hormonas impetuosas por el inicio de la primavera. Buscas en tu computadora mi nombre, entras a mi sitio de internet. Encuentras mis fotos y mi teléfono. Entonces llamas.
 
-¿Bueno?- Te respondo coqueta.
-Hola- me dices –Llamo para pedir información sobre tu servicio.
-Claro, mira, mi servicio es por una hora, cuesta tanto, podemos tener sexo oral y vaginal, besitos, caricias y las demás cosas cachondas que hacen los novios. Nos podemos ver en alguno de los moteles que están por la zona de Patriotismo y Revolución.
-¿Puedes venir a mi casa?
-No sólo en los moteles que te dije.
-Y ¿Cómo es? ¿Tomo una habitación y desde allí te llamo?
-No, me avisas media hora antes de que quieras que nos veamos para confirmar que estaré desocupada, después te instalas en el hotel y llamas para decirme el número de habitación que te dieron.
-Ok, entonces te busco en un rato.
 
Ves de nuevo mis fotos y te preguntas si vale la pena regalarte la experiencia. Después de todo, la vida nomás es una y no hay que quedarse con ganas ¿Por qué no darse el gusto? Una mujer joven, de cuerpo esbelto, senos redondos, apetecibles, bonita figura, divertida y disponible para comértela solito. Esas ideas dan vueltas en tu cabeza un rato, incluso sientes venir una erección cuando lo piensas. Haces cuentas y decides que te vas a aventar el tiro, igual amaneciste cachondo. Me vuelves a llamar para confirmar.
 
-Ok, nos vemos en el Villas, llámame cuando estés en la habitación- Te digo.
 
Te subes a tu coche y agarras camino. El tráfico, como siempre está pesado, pero ahí vas escuchando las noticias en el radio y pensando en los placeres que vas a probar. Escuchas que los normalistas de Tiripetío harán un nuevo relajo no sabes dónde, mientras piensas en la foto donde tengo la mano apuntando al ombliguito. Sientes unas ganas tremendas de poner tu lengua en ese ombligo, de probar la piel ¿Será salada? ¿Será dulce? ¿A qué olerá?
 
Veintiocho minutos después llegas al motel acordado, bajas al estacionamiento y colocas tu coche entre un jetta y un jeep cuyos dueños, seguramente, están ya en alguna de las habitaciones echando pata. Te recibe un señor de camisa blanca con pantalón y chaleco negros.
 
-¿Va a querer una habitación?- Te pregunta “No güey, nomás me gusta estacionar mi coche en moteles para ver quién pregunta” piensas.
-Sí
-Son 400 pesos por favor.
 
Le das al caballero dos Sor Juanas y él te entrega una tarjeta con banda magnética y el número 207, impreso bajo el nombre del motel. Caminas hacia el elevador pensando en lo que vas a merendarte.
 
El elevador se abre en el segundo piso. Frente a ti, las puertas de varias habitaciones. A la derecha, muy cerca del elevador, está la 207. Metes la tarjeta en la ranura y cambia la luz de rojo a verde como diciendo “pase usted a lo barrido”. Huele a motel. Quién sabe qué madres usen para trapear, pero todos los moteles tienen el mismo olorcito que aloca las hormonas, que zarandea las ganas de ponchar. Entonces me llamas.
 
-Hola Lulú, estoy en la habitación 207 del motel que quedamos.
-Ok baby, voy para allá. Besitos.
 
Revisas la habitación. Se ve limpia. En la televisión hay una película de hueva, presionas botones hasta dar con el canal porno. Una rubia muy guapa se la está chupando alegremente a un señor con cara de camionero y miembro tamaño caballo. Al cabo de un rato apagas la tele.
 
Te metes a bañar. Recuerdas que tratándose de sexo de paga, la chica se va a soltar más si encuentra a un hombre que huele rico, recién bañado y con la boca sabor colgate. Se te para de nuevo nada más de imaginar cómo me vas a coger, las posiciones en las que vas a ponerme, lo rico que se verá tu sexo entrando al mío, despacito.
 
Te estás lavando los dientes, con una toalla ceñida a la cintura y tus pensamientos en cómo acariciarás mis pezones, cuando escuchas que llaman a la puerta.
 
Toc, toc, toc
 
Pasaron veintitrés minutos desde que me llamaste. Te acercas a la puerta, te asomas por la mirilla y me ves, esperando a que abras. Entonces giras la manija y me recibes con una sonrisa y un beso en los labios.

sábado, 8 de diciembre de 2012

De a perrito por Lulú Petite

De veras, cuando estoy muy, pero muy caliente, me encanta que me pongan en cuatro y me cojan de a perrito. Supongo que es mi posición favorita. No sé por qué, pero cuando más siento que el cuerpo está gozando, que cada milímetro en mi piel se eriza, que se me perlan los labios, que la serenidad agoniza y las piernas me tiemblan, siento un apetito inmenso por poner manos y rodillas en una superficie razonablemente plana, y sentir como entra un hombre a atizar mis emociones. Realmente me encanta recibir en tan cómoda posición un sexo duro y apremiante que haga mis delicias.
 
No sé si tenga que ver con que así entra mejor o alcanza mayor profundidad. No sé si sea porque se siente rico cuando va entrando, como se separan mis pliegues húmedos y reciben lujuriosos al intruso. No sé si sea sólo porque me gusta que me agarren de la cintura y me ayuden a llevar el ritmo, no sé si sea porque en esa posición los dos podemos movernos entre el control y la casualidad, no sé si simplemente sea un fetiche, el caso es que lo disfruto y que doblada así alcanzo más y mejores orgasmos.
 
Hace unos días, mi amigo Mat me llamó por teléfono. Yo iba rumbo al motel, a atender a un cliente. El tráfico estaba, como de costumbre, pa’l carajo y me puse a platicar con él. Una cosa llevó a la otra, de modo que terminamos entablando una conversación tres equis, onda hot line, en la que describimos la forma en que haríamos el amor si en ese momento hubiéramos estado juntos. Pero como el hubiera no existe y yo tenía un trabajo por realizar, aproveché que Mat ya me había puesto a tono para echarme, en su honor, un entusiasta servicio.
 
Afortunadamente, me tocó un cliente que me cayó bien desde que me recibió. Hay veces que así pasa, las cosas se dan, la química trabaja, los cuerpos se entienden. Desde el primer beso supe que iba a ser una cogida memorable. Él caliente. Yo ganosa. Él fuego y yo estopa. Él con unas tremendas ganas de coger, yo con el apetito desafiado, traía el deseo como un panal de abejas al que acababan de zangolotear. Mat dejó el boiler prendido y alguien debía meterse a bañar. No me importaba quién me la hizo, sino con quién cobrarme.
 
No perdimos demasiado tiempo en presentaciones. Prácticamente de inmediato me colgué de sus labios. Él puso su mano en mi cintura y me acercó bruscamente a su cuerpo. Sentí la erección dura bajo sus pantalones y seguí besando, probando sus labios gruesos, su piel áspera y masculina. Puse mi mano en su nuca y apreté mi cuerpo contra el suyo.
 
Me gustan los hombres como él: varoniles, seguros de sí mismos. No necesariamente guapos, no al menos el tipo de guapos -carita de niña- que vuelven locas a muchas adolescentes. A mí siempre me han gustado más los hombres con gesto viril, no necesariamente mamados. Claro que cuando me cae algún galán con musculatura de gimnasio, no le hago el desaire y me despacho gustosa, pero así para que me emocione, para que un hombre me llene la pupila, no necesariamente debe tener cuerpo de Terminator, basta con un rostro simétrico, de gesto duro y figura estándar tirándole a delgada. Si físicamente tuviera que ponerle nombre a mi hombre perfecto, vendría siendo algo entre Jeremy Irons y el Vasco, Javier Aguirre.
 
Él era de ese estilo. Arriba de cincuenta años, esbelto, brazos sólidos y tupidos de vellos, cara de gendarme mal cogido. Todavía por encima del pantalón comencé a masajearle el sexo. Sentí muchísimas ganas de chupársela, de ver cómo reaccionaba, de que me hiciera suya. Neta que la conversación telefónica previa me había puesto cachonda y el estar con un desconocido tan atractivo me tenía con unas ganas locas de sentirme mujer.
 
Saqué un condón y me arrodillé. Le acaricié un poco los muslos sobre el pantalón, antes de bajarle el cierre, desabrochar su cinturón y sacarle el sexo que se levantaba enorme frente a mí. Después del oral, que fue breve, me pidió que fuéramos a la cama. Nos desnudamos en el camino.
 
Comencé montándolo. Con mis manos en su pecho y mis muslos en su coxis, comencé a moverme frenéticamente. Sentía ya muchas ganas de tenerlo dentro y francamente se sentía delicioso. Me encorvé sobre él, para acercarme a sus labios y ofrecerle los míos. Nos besamos y él me abrazó, acariciándome la espalda, las nalgas, los muslos, todo sin dejar de moverme, de sentir como aquello me pulsaba dentro y me hacía sentir repleta, alegre, casi satisfecha. Sólo faltaba una cosa y se la pedí al oído:
 
-Házmelo de a perrito.
 
De veras, cuando estoy muy, pero muy caliente, me encanta que me pongan en cuatro y me cojan de a perrito. Tal vez si, es un fetiche, pero de veras que lo disfruto y que doblada así ¡Uf! Alcanzo más y mejores orgasmos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Esta noche cena Pancho con Lulú Petite


Querido Diario:
-¿Quieres ser mi novia?- Dijo. Me tenía en la cama, desnuda, boca abajo y estaba a punto de hacérmelo
-¡No!- respondí terminante, con la boca contra la almohada
-Entonces se mi amante

-Tampoco
-Ya sé, cásate conmigo- insistió besando mi espalda y acariciando mis hombros, con su sexo apuntando al mío, sin entrar, apenas rozando las comisuras.
-Eso menos conejito- dije moviendo la cadera un poco hacia él. Sentí apenas su puntita, que separaba las paredes de mis labios sin entrar más. Me estremecí.
-Anda, cásate conmigo- Respondió como si no hubiera sentido que ya estaba prácticamente dentro. Me sacan de onda los que hablan cuando te hacen el amor ¿En qué te concentras? ¿Picas o platicas?
-Pues entonces habría que preguntarle primero a tu esposa qué le parece si tu y yo nos casamos- agregué.
-¡Caramba! Tú a todo le pones peros...
-No es un pero corazón, es que no veo porqué dejar de ser tan buenos amigos para hacernos pésimos bígamos.
-¡Hum!- Refunfuñó, y hasta entonces se deslizó todito dentro de mí. Resbaló rico, como si se hubiera untado mantequilla.
A Francisco lo conozco desde hace meses. Tiene una fábrica de ropa y le va bien. Es culto y muy inteligente, bajito, de piel blanca y ojos grises. De esos feos con tanta personalidad, que a segunda vista descubres que más bien son guapos camuflados. Varonil, risueño, seguro de sí mismo.
Me la dejó ir y empezó a moverse dentro con cadencia. Yo seguía boca abajo, él se puso de rodillas, rodeando mi cadera con sus muslos, sin sacármela y, recargándose ligeramente en mis glúteos siguió clavando su pelvis con entusiasmo. Arqueó su espalda hacia el frente, se recargó en mí y me besó los hombros cuando terminó. Gimió, arrastrando la vocal lo más que su aliento le permitió -¡Aaaaah!
Nos recostamos un rato. Él se tendió en la cama, viendo al techo. Yo puse mi cabeza en su pecho y la mano en su abdomen. Me abrazó.
-Estuvo rico ¿Verdad?
-Muy rico- respondí
-Me gustó lo que escribiste de ese señor, Daniel, el que ahorró para estar contigo...- se quedó en silencio un rato, meditando, luego continuó -¿Sabes? Yo era muy tímido en la escuela y con esta cara, que no me ayudaba, yo creo que de no ser por las puñetas, habría llegado a la edad adulta sin siquiera sacarme el veneno. En ese entonces, estaba enamorado de una chavita. La más guapa de la escuela. Éramos cuates, pero yo la quería para mí. No me atreví ni a pedirle un beso y me quedé con esa espinita. Después de la prepa, no la volví a ver. Un día, conocí en un teibol a una chavita que se le parecía muchísimo. Pagué su salida e hicimos el amor. Me sentí aliviado y fue el dinero mejor usado de mi vida.
-Pero eso no sólo me pasa a mí- continuó -Todos tenemos ese sueño. Acostarnos, al menos una vez en la vida, con la chava más bonita. Hacerle el amor a la más guapa, la que todos quieren, la popular en la escuela, la rompecorazones en la oficina, la que baila bien, la que está en el póster o en la portada de la revista, la de las piernas torneadas y la falda sexy, la de los labios carnosos, la que huele rico, la de los  glúteos redondos y paraditos, la del escote increíble, la que ha de besar riquísimo, la que ha de moverse como diosa.
Por eso, aunque cobres caro, siempre habremos quienes estemos dispuestos a pagarlo. Porque lo tuyo no se trata de sexo, sino de saldar cuentas con nuestras propias fantasías, de recibir los besos de la niña bonita, dejarse consentir, de hacérselo, sentir que puedes, que sus piernas se abren, que estás dentro, que lo lograste. Cuando pagamos por hacerle el amor a una mujer bonita, el sexo es lo de menos, lo que vale es el ¡Sí se pudo!- Se volvió a quedar callado.
No sé si tenga la razón y no es un asunto en el que quiera pensar, pero me pareció interesante la idea de Francisco, por eso la comparto. Después de un ratito callados, volvió a besarme, nos recostamos de ladito y, de nuevo entre besos, volvió a poner su sexo apuntando al mío, sin hacérmelo. Pasó su lengua por mi oreja, puso su mano en mi vientre y, todavía sin entrar, volvió a preguntarme:
-Entonces qué ¿Quieres ser mi novia?
-Bueno, pero sólo por sesenta minutos y ya llevas cuarenta
-¿De plano?
-Pues sí mi querido Pancho, es lo más conveniente
-Está bien, entonces vamos a ponerle otra vez, porque esta noche...
-¿Esta noche qué?
-Esta noche, cena Pancho.
Posdata. La rifa de una cita gratis conmigo sigue en pie para el 15 de febrero. Participar es completamente gratis, las bases están en mi blog (http://midiariosexy.blogspot.com) y cada día quedan menos lugares, el que no se apure se va a quedar como el chinito. Participar es fácil, entérate.
Un beso