viernes, 2 de noviembre de 2012

EN EL CAMINO POR "LULU PETITE"

Querido Diario:

En cuanto terminé con el último cliente, arreglé mis cosas y me fui a la terminal de autobuses. Iban a dar las doce de la noche y a esas putas horas se me acaba el encanto, el entusiasmo se me convierte en calabaza y una de dos: me duermo para salir temprano al día siguiente o de plano emprendo el camino de regreso. Como era un recorrido largo, preferí aprovechar la noche para dormir en el mullido silloncito de un cómodo camión. Había sido un día agradable, conocí a personas interesantes y me trataron muy bien. Viajar tiene su encanto, salir de la rutina, conocer lugares, costumbres y estilos distintos. Además si por algo se caracteriza México, es porque de Mérida a Ensenada, la gente te trata bien, es buena onda y hospitalaria.

En la fila para subir al autobús me coqueteó un güero muy grandote, con chamarra de mezclilla y cara de extra en película de Mario Almada (con sombrero texano y toda la cosa). Me hizo plática, pero a esas horas nomás platican los murciélagos, así que le contesté a medias y me escabullí del cowboy a guardarme en mi lugar.

Me acurruqué en el asiento de hasta atrás del camión, jugué un rato picándole a la pantallita que ponen en el respaldo del pasajero de enfrente, pero me dio mucha flojera ver una película a esas horas. Con las yemas de mis dedos acaricié mis muslos tratando de calentarlos. Hacía un frío de los mil demonios y era largo el camino de regreso a casa. Saque de mi equipaje de mano una colchita que siempre llevo para esos viajes, eché el asiento para atrás, cerré los ojos y puse a trabajar los recuerdos. Comencé a repasar el día en mi cabeza.

Llegué el día anterior a media madrugada. Hacía tanto frío que mis pezoncitos se pusieron duros como rocas. Hasta eso que en el hotel se portaron de maravilla. Me dieron una bonita habitación con una cama muy cómoda y, sobre todo, calefacción. Fue como pasar de Alaska a Cancún nomás cruzando una puerta. Apenas puse mi cabecita en la almohada y caí en un sueño profundo.

Desperté como a las nueve y media, con más ganas de seguir debajo de las cobijas que de prepararme para trabajar. Todavía a medio bostezo levanté el teléfono y pedí el desayuno. Fruta, unas enchiladitas potosinas y un buen vaso de jugo de naranja. Vi la tele hasta las diez y media, debía bañarme y comenzar a arreglarme, pues a las doce había programado mi primer compromiso del día.

Tuve suerte, para abrir el día laboral me ponche dos muñecos. Uno enorme, como ropero y el otro muñequito de pastel (azucarado y toda la cosa) Pero qué pastelito más sabroso, tipo gansito congelado, sabes que no es caviar ni un buen corte argentino, pero ah qué rico sabe.

El primero, el ropero, muy buena onda. Moreno tipo costeñito, primero con cara seria, pero en cuanto entramos en confianza, le salió lo risueño. Eso sí, parecía el pulpo manotas, sentía sus manitas hurgando por donde quiera. Estaba guapo a su modo y tenía una personalidad que hacía juego con su estatura. Eso sí, grandote de todos lados, me salió chile poblano. Me cogió muy sabroso.

El segundo, el muñequito de pastel, un verdadero machito, onda vaquerito de Toy Story. Carita linda, súper picarona, pero muy varonil, barbilla partida y con barba rasposita de esas tipo lija de los anuncios de Marlboro. Sus brazos bien macizos, pero la piel de la cara un poco maltratada (por el sol y porque se ve de esos machos que ¿cremas? ¡Ni que juera joto!) Eso sí, el canijo traía un olorcito a testosterona, de esos de pura hormona mezclados por la madre naturaleza. Por si fuera poco, cogía riquísimo. Supongo que, a no ser por su esposa, sería un partidazo. Ni modo, no todo puede ser perfecto.

Después de la comida se me juntaron dos a la misma pinche hora ¡Ay no! Uno que había apartado desde en la mañana, pero no llamó a la hora que dijo para confirmar. Otro llamó ya instalado y, justo cuando acepté atenderlo ¡Zaz! Me llamó el que había apartado. Ni modo, atendí con el que ya estaba instalado, no puedo partir mis nalguitas en dos, para que cada una se vaya a atender a un calenturiento ¿Verdad?

Al último lo atendí como a las diez y media de la noche. Un chavo, de unos treinta y tantos años, guapo, pero con una carita de tristeza que era difícil adivinar si iba a coger o a un velorio (digo, el entierro estaba programado, pero no íbamos justamente a velar al tieso). Resulta que no quería sexo, simplemente me preguntó si podíamos recostarnos desnudos y abrazados durante la hora del servicio, sin hacer nada. La propuesta era rara, pero aceptable. Me contó que acababa de darse cuenta de que la mujer que ama nunca será suya y, para asimilar la decepción, sólo quería estar con alguien, abrazar el cuerpo de una mujer. Me dio mucha ternura su tristeza atravesada.

Me subí al camión con todo eso en la cabeza y, como era muy noche, más tardé en cerrar mis ojitos que en caer en los brazos de Morfeo.