sábado, 10 de noviembre de 2012

Quiero verte por Lulú Petite


Querido Diario: 
 
“Quiero verte”. Me escribió en un mensaje de texto con una frialdad casi alevosa. El número no era de la Ciudad de México. No preguntaba el costo de mis servicios ni los detalles de cómo, cuándo, dónde y por dónde con los que generalmente me interrogan quienes piensan contratarme. No respondí, pero llamó más tarde.
 
- Hola- Dijo con voz temblorosa.
-Hola.
-Quiero verte…- Repitió, con la misma parquedad de su mensaje de texto.
-¿Estás en el Distrito Federal corazón?
-No, en Morelia.
 
Me desconcierta como no tienes idea que me llamen de ciudades donde no estoy para decir que quieren verme. Mi negocio no es McDonalds, como para tener sucursales o franquicias. De todos modos respiré profundamente y, haciendo uso de mi entrenamiento budista, respondí con calma:
 
-Cuando estés aquí, llámame y con gusto te veo.
-Es que…- dijo de prisa, como intuyendo (atinadamente) que estaba por colgarle -voy al D.F. el sábado, dentro de dos semanas, y quería ver si estás libre. Hacer cita-
 
Una cita conmigo puede hacerse con media hora de anticipación, si estoy libre, nos ponemos de acuerdo, voy a donde el cliente esté hospedado y listo. Citas con días de anticipación, sólo hago con clientes que conozco y sé que no me van a dejar plantada. El caso es que era lunes, para "el sábado ¡dentro de dos semanas!" faltaba mucho, así que le respondí con franqueza:
 
-Está bien ¿Qué te parece si me llamas ese día una media hora antes de que quieras verme y nos ponemos de acuerdo entonces?
-¿Puede ser a las cinco de la tarde?
-Sí, pero llámame a las cuatro y media y confirmamos ¿Sale?-
-Ok, pero es segurísimo ¡eh!… no te vayas a ocupar
-Está bien, llámame, besitos.
 
Pasaron las dos semanas. La neta, ese sábado se me había olvidado el compromiso que hice con el chavo de Morelia. La tarde estaba tranquila, había acordado una cita en la noche con un cliente de Toluca, pero el resto del día pensaba dedicarlo a tumbarme en el sillón a ver la tele. Justo a las cuatro y media sonó mi teléfono de trabajo.
 
-Hola… Soy yo
 
“Soy yo” es una de esas frases absurdas que se oyen por teléfono. Obviamente si tú hablas, eres tú, pero además quién puede adivinar cual de todos los “yos” con quienes has hablado está al otro lado de la línea.
 
-¿Cuál yo?- pregunté con voz amorosa
-Te hablé hace dos semanas… para ponerme de acuerdo contigo de vernos hoy a las cinco… Me dijiste que te llamara antes- Me recordó haciendo pausas durante sus frases.
-Ah, claro, de Morelia ¿Verdad?
 
Nos pusimos de acuerdo. El chavo quería estar conmigo dos horas y estaba cerca del motel donde generalmente atiendo. Como estaba recién bañada, me di una retocadita, me puse uno de mis putivestiditos favoritos y salí a buscar al galán.
 
Llegué rápido. Los sábados a las cinco de la tarde el tráfico es tolerable. El moreliano resultó ser buena onda. Un hombre bajito y un poquito pasado de peso, de unos veintitantos años, de piel muy blanca, enormes ojos azules, muchísimas pecas y el cabello cortito y parado. Se veía travieso, un poco rancherón, de esos que se emocionan con música de banda y traen en la troca la última de Espinoza Paz o la Arrolladora Banda el Limón. Me sacó de onda ver que, cuando entré, el cuate ya tenía aquello bien parado. Bajo sus jeans se levantaba indiscreta una entusiasta erección.
 
-¡Caramba!- Le dije -¡Estás contento!
 
El cuate se sonrojó. Los muy blancos se ven chistosos cuando se apenan, su rostro parecía comercial de jitomates. Traté de calmarlo:
 
-No te apures, a eso vine. Tú tranquilo, qué esto se va a poner bueno- le dije rodeándole el cuello y plantándole un buen beso en los labios. Durante el beso, que se prolongó de manera natural, desabotoné su pantalón y le pedí que se lo terminara de quitar, en lo que yo me sacaba el vestido.
 
Su erección seguía tremenda. Su pene largo y colorado. La puntita parecía la cabecita de uno de esos hongos rojos que hacen poderoso a Mario Bros. Nos acostamos entre besos y caricias, completamente desnudos. Sus manos, inquietas, hurgaban por mi cuerpo, yo besaba sus labios, su pecho, y comenzaba a bajar trazando una ruta de besos para encontrarme con el champiñón carmesí.
 
Apenas tomé con mi mano su pene, lista para ponerle el condón con los labios, el cuate pegó un grito y, apretando la nachas, disparó un chorro blanco a toda potencia, que levantó al menos un metro de altura y le cayó justo en la barriga, apenas alcancé a librarlo. Otra vez debí usar mi control budista para no soltar la carcajada. Voltee a verlo y, de nuevo, el pobre el pobre estaba más colorado que una nalga de mandril. Ya no pude contenerme y me reí.
 
Me explicó después, cuando todo era calma, que desde que me habló dos semanas antes, decidió mantener un ayuno hasta conocerme. No sólo nada de sexo, el cuate se prohibió hasta las Manuelas. El caso es que para cuando llegué, después dos semanas de estar cargando el fusil, el hombre estaba listo para disparar a la menor provocación y sucedió lo narrado.
 
Al poco rato se recuperó y volvimos a intentarlo con mejores resultados. Eso sucedió hace meses. Justo hoy, que sale publicada esta columna, estaré en Morelia y me llamó diciendo que quería verme, eso sí, prometió esperarme menos jarioso. Habrá que ver.