domingo, 18 de noviembre de 2012

Voyeur por Lulu Petite

Querido Diario:

Iba saliendo de clase y me llamaron por teléfono.

-Si ¿bueno?
-¿Lulú? Hola, me llamo Alex. Me gustaría conocerte, bla, bla, bla...

Llegué a casa, comí, me di una ducha calientita y empecé a prepararme. Quedé de conocer a Alex a las cinco en el Villas, eran las tres y media. Salí del baño envuelta en una toalla, secándome el cabello. Me quedé mirando al ventanal de mi departamento, que va de pared a pared y da a una terracita. La calle se oía tranquila, apenas unos cuantos coches circulando. En el edificio de enfrente, casi todas las cortinas estaban cerradas, excepto la de un vecino. Allí estaba él, haciendo ejercicio en su caminadora, con audífonos y la mirada hacia abajo. Se veía guapo. Siempre me lo ha parecido cuando coincidimos en la calle, es un tipo delgado, con el cuerpo bien marcado, cara seria, siempre con la sombra de un rasurado subversivo. A veces me lo topo en la calle, pero no nos saludamos, especialmente porque siempre se aparece con su novia, una chava más o menos buenona, pero con cara de sope mal pellizcado. Me le quedé viendo desde mi depa. Sudando en su aparatito, corriendo, haciendo el justo esfuerzo por mantener esa figura que lo hace tan deseable.

Me metí a mi recámara y abrí el clóset. Lo primero que apareció fue un vestido blanco de tirantes, falda corta, buen escote y con la espalda al aire. Me lo compré hace unos días y se me antojó estrenarlo. Supongo que ver al vecino ponerse en forma me entusiasmó para también verme atractiva, aunque fuera para cogerme a un cuate que ni conozco.

Estaba sacando el vestido cuando sonó de nuevo el teléfono. Estaba en la sala, así que aún envuelta en la toalla, fui a contestar.

- Hola cariño- Me dijo alguien en el celular -¿Me podrías dar informes?

No me gusta mucho que me digan cariño, cosita, nena, ni demás adjetivos tipo Don Juan en tiempos de hambre, pero tampoco es motivo para ponerme mamila, así que le di la información usual, el preguntón agradeció y colgó. Era uno de esos curiosos con poca intención de convertirse en clientes.

A media llamada me di cuenta de que el vecino me estaba mirando. Evité que nuestras miradas se encontraran, pero vi con toda claridad que ya no estaba corriendo, que seguía en la caminadora muy despacito y sin quitarme los ojos de encima. Luego, luego ese condenado diablito lujurioso que me da los mejores consejos, hizo que me palpitara el erotismo.

Sabía que ya tenía su atención, podía coquetearle impunemente, enseñarle lo que podía encontrarse apenas cruzando la calle, sin parecer que me le estaba ofreciendo. Comencé por peinarme en la sala, casi frente a la ventana, dejando que la toalla revelara todo sin dejar ver nada. De esas veces que un pliegue deja ver un poco más del muslo, por otro se asoma un pezón, pero ninguno deja ver completa la mercancía.

Con la misma maña me maquillé, sentadita en el comedor, dejando que la ventana y la toalla deleitaran de a cuenta gotas a mi gentil y conocedor público. Tardé un rato en todo eso, tanto que corría el riesgo de caer en la monotonía y perder a la atenta audiencia. Era momento de la entrada triunfal de mis cremas corporales.

Abrí el pomo, unté en mis dedos índice y cordial un poco de crema para el cuerpo y dejé caer la toalla. Completamente desnuda comencé por masajear mis senos, mi abdomen, me abracé para poner crema en mis brazos y después untarla con delicadeza y muy despacito por mis piernas. Después me levanté, de espaldas al ventanal, unté un poco de crema en la parte trasera de mis muslos, me froté las manos y me metí a mi habitación.

Salí unos minutos después, ya con mi vestido blanco y los tacones. Me arreglé el cabello fingiendo que miraba mi reflejo en el cristal y, haciendo como que no lo veía, comprobé que ahí seguía con los ojos clavados a mi ventana. Luego me salí.

Llegué a la cita con Alex más caliente que un pollo en rosticería. Todo el camino fui pensando en el vecino, en lo mucho que me excitó darle aquel espectáculo gratuito, dejarme ver, dejarme desear. Pensé en su erección desde la ventana, imaginé que en cuanto salí de mi depa, él fue a masturbarse pensando en mí. Cuando Alex me abrió estaba tan cachonda que me le fui a los labios.

Me armé mi juego, fantaseando que Alex, mi cliente, era el vecino. Imaginé que llegaba a su departamento a entregármele con el vestido blanco que él me vio ponerme. Cuando entré, él cerró la puerta. Me guió por el vestíbulo, la habitación estaba semioscura, apenas iluminada por las luces de la cabecera. Lo sentí acercarse detrás de mí, su aliento en mi nuca, su lengua en mi oreja, sus manos bajando los tirantes de mi vestido, su sexo erecto rozando mis nalgas y su voz prometiéndome al oído una cogida inolvidable.