sábado, 8 de diciembre de 2012

De a perrito por Lulú Petite

De veras, cuando estoy muy, pero muy caliente, me encanta que me pongan en cuatro y me cojan de a perrito. Supongo que es mi posición favorita. No sé por qué, pero cuando más siento que el cuerpo está gozando, que cada milímetro en mi piel se eriza, que se me perlan los labios, que la serenidad agoniza y las piernas me tiemblan, siento un apetito inmenso por poner manos y rodillas en una superficie razonablemente plana, y sentir como entra un hombre a atizar mis emociones. Realmente me encanta recibir en tan cómoda posición un sexo duro y apremiante que haga mis delicias.
 
No sé si tenga que ver con que así entra mejor o alcanza mayor profundidad. No sé si sea porque se siente rico cuando va entrando, como se separan mis pliegues húmedos y reciben lujuriosos al intruso. No sé si sea sólo porque me gusta que me agarren de la cintura y me ayuden a llevar el ritmo, no sé si sea porque en esa posición los dos podemos movernos entre el control y la casualidad, no sé si simplemente sea un fetiche, el caso es que lo disfruto y que doblada así alcanzo más y mejores orgasmos.
 
Hace unos días, mi amigo Mat me llamó por teléfono. Yo iba rumbo al motel, a atender a un cliente. El tráfico estaba, como de costumbre, pa’l carajo y me puse a platicar con él. Una cosa llevó a la otra, de modo que terminamos entablando una conversación tres equis, onda hot line, en la que describimos la forma en que haríamos el amor si en ese momento hubiéramos estado juntos. Pero como el hubiera no existe y yo tenía un trabajo por realizar, aproveché que Mat ya me había puesto a tono para echarme, en su honor, un entusiasta servicio.
 
Afortunadamente, me tocó un cliente que me cayó bien desde que me recibió. Hay veces que así pasa, las cosas se dan, la química trabaja, los cuerpos se entienden. Desde el primer beso supe que iba a ser una cogida memorable. Él caliente. Yo ganosa. Él fuego y yo estopa. Él con unas tremendas ganas de coger, yo con el apetito desafiado, traía el deseo como un panal de abejas al que acababan de zangolotear. Mat dejó el boiler prendido y alguien debía meterse a bañar. No me importaba quién me la hizo, sino con quién cobrarme.
 
No perdimos demasiado tiempo en presentaciones. Prácticamente de inmediato me colgué de sus labios. Él puso su mano en mi cintura y me acercó bruscamente a su cuerpo. Sentí la erección dura bajo sus pantalones y seguí besando, probando sus labios gruesos, su piel áspera y masculina. Puse mi mano en su nuca y apreté mi cuerpo contra el suyo.
 
Me gustan los hombres como él: varoniles, seguros de sí mismos. No necesariamente guapos, no al menos el tipo de guapos -carita de niña- que vuelven locas a muchas adolescentes. A mí siempre me han gustado más los hombres con gesto viril, no necesariamente mamados. Claro que cuando me cae algún galán con musculatura de gimnasio, no le hago el desaire y me despacho gustosa, pero así para que me emocione, para que un hombre me llene la pupila, no necesariamente debe tener cuerpo de Terminator, basta con un rostro simétrico, de gesto duro y figura estándar tirándole a delgada. Si físicamente tuviera que ponerle nombre a mi hombre perfecto, vendría siendo algo entre Jeremy Irons y el Vasco, Javier Aguirre.
 
Él era de ese estilo. Arriba de cincuenta años, esbelto, brazos sólidos y tupidos de vellos, cara de gendarme mal cogido. Todavía por encima del pantalón comencé a masajearle el sexo. Sentí muchísimas ganas de chupársela, de ver cómo reaccionaba, de que me hiciera suya. Neta que la conversación telefónica previa me había puesto cachonda y el estar con un desconocido tan atractivo me tenía con unas ganas locas de sentirme mujer.
 
Saqué un condón y me arrodillé. Le acaricié un poco los muslos sobre el pantalón, antes de bajarle el cierre, desabrochar su cinturón y sacarle el sexo que se levantaba enorme frente a mí. Después del oral, que fue breve, me pidió que fuéramos a la cama. Nos desnudamos en el camino.
 
Comencé montándolo. Con mis manos en su pecho y mis muslos en su coxis, comencé a moverme frenéticamente. Sentía ya muchas ganas de tenerlo dentro y francamente se sentía delicioso. Me encorvé sobre él, para acercarme a sus labios y ofrecerle los míos. Nos besamos y él me abrazó, acariciándome la espalda, las nalgas, los muslos, todo sin dejar de moverme, de sentir como aquello me pulsaba dentro y me hacía sentir repleta, alegre, casi satisfecha. Sólo faltaba una cosa y se la pedí al oído:
 
-Házmelo de a perrito.
 
De veras, cuando estoy muy, pero muy caliente, me encanta que me pongan en cuatro y me cojan de a perrito. Tal vez si, es un fetiche, pero de veras que lo disfruto y que doblada así ¡Uf! Alcanzo más y mejores orgasmos.