sábado, 22 de diciembre de 2012

Manual para principiantes II por Lulú Petite

Se trata simplemente de que imagines que el protagonista de esta historia eres tú y que cada cosa que sucede la estás viviendo tú, como una forma de aprender cómo se juega este deporte.
 
¿En qué nos quedamos? Ah sí: Te estás lavando los dientes con una toalla ceñida a la cintura, cuando escuchas que llamo a la puerta. Miras tu reloj, llevas exactamente veintitrés minutos esperando, imaginando la sensación de tus manos en mi piel y el sabor de nuestros besos. Si cuando me llamaste estabas ganoso, ahora tus hormonas están vueltas locas, tanto que tu cerebro no da para otra cosa que pensar en coger, en hacerme tuya.
 
Por eso el “toc, toc, toc” en la puerta te sobresalta. Habías oído que generalmente anuncian a la chica desde la recepción. Esperabas que te llamaran para preguntar si esperabas a alguien y te anunciaran que venía para acá, pero como llegué directo al elevador, no pasé por la aduana de la recepción y te sorprendí cepillándote los dientes.
 
Me recibes con un beso. Mi boca sabe a pastilla mentolada, mis labios son suaves y reciben con agrado la caricia de los tuyos, todavía con la frescura de la pasta dental. Me observas mientras paso a la habitación. Traigo un vestido blanco con estampado negro, estrapless, muy ceñido al cuerpo hasta la cintura y después una caída en dos aguas hasta arriba de las rodillas. Traigo zapatillas negras de tacón de aguja. Volteo a verte y mi cabello descubre mi espalda y hombros. Sonrío cuando veo que no quitas tus ojos de mi trasero.
 
Mi pago lo tienes listo en el tocador y me pides que lo tome. Te agradezco con una sonrisa y lo pongo en mi bolso. Me acerco de nuevo a ti, pongo mis manos en tu pecho desnudo y te doy un beso. Sientes mis labios asaltar los tuyos. Mido un metro sesenta centímetros, los tacones me ayudan a ganar un poco de estatura, pero sigo siendo bajita y manejable. Tus manos me acarician la espalda y tu lengua, traviesa, roza el filo de mis dientes. Tu pene se endurece de nuevo y la toalla cae al piso.
 
Sin dejar de besarme, bajas el cierre de mi vestido como una arañita que camina por mi espalda. Nuestras lenguas se baten en un beso atornillado mientras tus manos resbalan de mi espalda hasta mis nalgas. Doy un paso para atrás y te ayudo a quitarme la ropa. La acomodo en un sillón y regreso a donde estás, sólo en tacones y panti, mis senos están desnudos, disponibles y apetecibles. Me acerco a ti, pego mi cuerpo contra el tuyo, sientes mi piel rozando la tuya, mis pezones duros surcando la piel de tu pecho, mi vientre plano, mi cintura breve. Pones tu mano en mi espalda, justo donde comienzan las nalgas y me das otro beso. Entonces te jalo poniendo mi mano en tu nuca y te digo al oído:
 
-Cógeme.
 
Te tomo de la mano y te conduzco hasta la cama. Quito las cobijas y te pido que te recuestes sobre las sábanas. Me obedeces con una sonrisa y te acuestas boca arriba, con una mano detrás de tu nuca y la otra acariciando tu erección. Se ve bien, y notas cómo se me antoja. Yo me subo a la cama, sobre ti, con mis rodas a tus costados y te doy un beso en los labios. Despacito, voy trazando un camino de besos por tu cuerpo, en tu cuello, en tus hombros, en tu pecho, rozándote al mismo tiempo con mi cabello que cae sobre tu piel. Con mi mano acaricio tu sexo, te lo arrebato. Sientes mi mano tomar tu hombría y jalarla un poco, con suavidad. Tocas mis muslos, los acaricias, los sientes tensos, duros, femeninos.
 
Me ves abrir el preservativo y ponérmelo en la boca, entonces sientes como mis labios rodean tu pene y éste se va clavando, sientes la caricia de mi lengua, siente como va hacia mi garganta, me retiras el cabello que cae sobre mi cara, para ver como devoro tu hombría. Sientes rico. Te dejas llevar, dejas que te la chupe.
 
-Súbete- me pides de pronto. No quieres terminar sin probarme toda. Me pides que te monte y me ofreces tu erección. De frente te doy un beso y, con las rodillas sobre el colchón y el cuerpo echado un poco hacia atrás, me comienzo a clavar tu sexo. Lo hago despacito, para sentirlo y para que sientas. Soy estrecha y tú lo notas, las paredes de mi vulva se ajustan perfectamente a tu deseo. Exhalo. Sientes cómo disfruto teniéndote dentro.
 
Pones tu mano en mi abdomen cuando empiezo a moverme, te gusta tocar un vientre plano, sentir unos senos redondos, buscar mis nalgas que se mueven, acariciar mis pezones firmes, sentir el resorteo de mis muslos, cómo tu cuerpo se clava en el mío, como estamos sintiendo esa gravedad maravillosa, esos cuerpos que se atraen, ese pedacito de cielo. Entonces ves mi ombligo y recuerdas: Sientes unas ganas tremendas de poner tu lengua en ese ombligo, de probar la piel ¿Será salada? ¿Será dulce? ¿A qué olerá?
 
Me pides que cambiemos de posición, ahora quieres que yo me recueste boca arriba. Y me besas, tocas mis pechos y, casi de inmediato, bebes de mi ombligo. El olor es suave como a perfume floral, el tacto es exquisito y el sabor, dulzón con ese toque salado que regala la actividad sexual. Me la metes de un tirón, de frente, con tus manos en mis hombros y tus labios en un beso. Bombeas varias veces antes de escuchar mis gemidos, mi grito ahogado, el perlado sobre mis labios. Sientes que mis manos aprietan más tus hombros cuando me vengo y eso te excita tanto que igual terminas llenando el condón con tu simiente.
 
Después de una larga plática nos despedimos, hasta la próxima, claro.
 
Un beso