viernes, 28 de diciembre de 2012

Mátame suavemente por Lulú Petite

Estaba comiendo con compañeros de la escuela, cuando recibí la llamada del "conferencista", un cliente guapetón, del que ya he hablado acá, y que me llama de vez en cuando. Me levanté para contestarle y, después de los saludos, me preguntó si podíamos vernos en una hora. Yo estaba relativamente cerca del hotel donde siempre nos encontramos y la comida con los de la escuela estaba a punto de terminar, así que acepté gustosa la invitación.

Pedimos la cuenta, nos despedimos y decidí hacer tiempo por el rumbo en lo que recibía la llamada del conferencista confirmando el número de habitación. Es un hombre maduro, pero interesante, con un atractivo de esos difíciles de definir, tipo Kevin Spacey. Además coge precioso.

Mientras esperaba, me metí a una librería que quedaba cerca del lugar donde comimos. Estuve hojeando novedades, pero no me animé por ninguna. Husmeando en los anaqueles de películas, me topé con "Mátame suavemente", un triller súper erótico que me fascina, con el bombón de Joseph Fiennes. Estaba pagándola cuando recibí la llamada esperada.

Me dijo el número de habitación y le ofrecí estar ahí en no más de 20 minutos. Para ser sincera, no iba especialmente arreglada, sino con la ropa con que fui a la universidad. Jeans ajustados, una blusa verde y unos botines muy monos. Eso sí, muy bien maquillada, con el cabello recién arreglado y -bueno- siempre uso lencería bonita (nunca sabes cuándo habrá que lucirla). A muchos hombres les gusta que llegues a atenderlos con ese look casual, más en la onda de una niña fresa normal que otra que llega presumiendo el oficio hasta en los trapos.

Después de que me anunciaron, caminé a la villa donde me esperaba el conferencista, abrí la puerta eléctrica y subí las escaleras. Cuando llegué a la puerta, él me estaba esperando con una sonrisa.

Pasé, dejé mi bolso en el tocador y regresé a él, que seguía sonriendo. Se me acercó y, sin decir palabra, se me quedó viendo a los ojos con una mirada entre tierna y lujuriosa. Me acarició la mejilla con el dorso de su mano y se acercó a darme un beso. Cerré los ojos y me dejé consentir: correspondí a los besos, regresé las caricias. Desabroché su pantalón cuando él desabrochó el mío. Desabotoné su camisa cuando él metió sus manos bajo mi blusa.

Lo que seguía, tendía a llevarnos a la cama, así que era buen momento para sacar los condones de mi bolsa. Como los hulitos estaban hasta abajo, saqué la película que recién había comprado. Él se me acercó por detrás, abrazándome y poniendo su cabeza sobre mi hombro, como para ver lo que había salido de mi bolsa. Al ver mi película se emocionó.

-Es una de mis favoritas- me dijo.

¿Qué haces cuando estás a punto de coger, tienes una buena película erótica y la habitación tiene reproductor de DVD? ¡Exacto! Lo pusimos.
La adelantamos hasta la escena en la que Alice (Heather Graham) llega con Adam (Joseph Fiennes) al departamento y, con la emoción urgente de la lujuria pura, entran pujando y resoplando, buscándose los labios, arrancándose la ropa. Adam le levanta con prisa el suéter a Alice, baja su sostén y expone sus senos blancos, lechosos, tremendos, que él besa y estruja, mientras se va poniendo de rodillas y vuelve a subir, para cargar a la hermosa rubia que abre la boca para morderle un beso. La ropa vuela y en la siguiente escena están de pié, casi desnudos, él la lleva en brazos y se arrodilla, acoplado el cuerpo de Alice que se deja penetrar extasiada. Se abandona al sexo de aquel hombre hermoso, viril, seductor.

Apenas comenzó la escena, imitamos a sus protagonistas. No haciendo las cosas iguales, pero sí disfrutando de la clandestinidad de nuestros cuerpos. Nos abrazamos, nos besamos, sentí sus manos acariciar mis glúteos, lo sentí recorriendo la piel de mis muslos, acariciar mi espalda, lamer mis pechos, besar mis labios. Esos besos tibios y amables con que me sedujo desde la primera vez que nos vimos.

Sentí su mano hurgar entre mis muslos, hacer que la piel se me encendiera. De inmediato, separó mis piernas y me besó entre ellas, con su lengua recogía mi deseo y sentía mis pulsos y contorciones. Yo, con los ojos entrecerrados, gemía, acariciaba mis senos, mi abdomen, mordía mis labios. Mi piel se erizaba, un temblor frío recorrió mi cuerpo cuando él aceleró el trabajo de su lengua sobre la cumbre de mi sexo. Apreté las nalgas para meterme más en sus labios, acaricié su nuca, lo jalé hacia mí cuando un estremecimiento me regaló un esplendido orgasmo.

Seguimos haciendo el amor por un buen rato, luego, vimos la película completa, recostados, con mi cabeza en su hombro, mi mano en su pecho y su brazo rodeándome la espalda. Fue casi romántico.