martes, 30 de abril de 2013

"El guante" Por Lulú Petite

¿Alguna vez te he contado del congal móvil? ¿De plano no? Fue una época en que dejé de trabajar un rato con el hada y conocí a otras personas que presentaban clientes. Nada del otro mundo. En esa época llegué a trabajar desde prostíbulos de lujo en las Lomas y Polanco, hasta ese peculiar lupanar motorizado.


Trabajé allí menos de un mes, recuerdo que era invierno, porque hacía un frío de los mil demonios. Cuatro chavas nos trepábamos a un coche con chofer y andábamos dando vueltas en la zona de los moteles hasta que entraba la llamada de la jefa, que nos decía el lugar y número de habitación donde nos esperaban. El uniforme para chambear era un abrigo hasta las rodillas y abajo lencería y tacones. Párale de contar. Obvio, con cinco personas apretadas en un carro, si teníamos las ventanas cerradas, era un calor de los mil demonios, pero si las abríamos entraba el invierno con todo y Chilly Willy. Estaba del nabo.

Obvio nos la pasábamos en el güiri-güiri dando el rol como ruleteras por las mismas calles. El chofer calladito y nosotras hablando hasta por los codos. Algo tiene este negocio, que la solidaridad de gremio radica en comentar el tamaño, habilidades, carencias, hábitos, mañas y manías de nuestra adorable clientela. Siempre lo hacíamos con sentido del humor y no para reírnos del cliente, sino para hacer llevadera la noche, fabricar sonrisas.

Ciertamente fuera de las conversaciones, es un gremio competitivo. La que coge cobra, la que no, no. Así que haces lo posible por ser elegida. En el carrito nos tocaba por turno, pero había clientes que pedían a una chava en específico o con características determinadas. En esos casos, solicitud del cliente mataba turno. A mí, por ejemplo, me tocaba cuando la pedían lo más chavita posible, pero me saltaban cuando solicitaban una rubia. En algunos casos nos bajábamos del coche más de una chava, por si el cliente quería elegir. Literalmente, parecíamos un puto mercado sobre “ruedas”.

Claro, todas queríamos que nos eligieran. No sólo porque así cobrábamos, sino para salir del carro, estirar las piernas, acostarnos un rato, cambiar de escenario. Por eso, cuando nos quedábamos con el cliente, lo disfrutábamos. No necesariamente el sexo, aunque he de admitir que no era desagradable, pero disfrutábamos más el cambio de rutina, el estar con alguien, el dinerito que haría que valiera la noche. Y nos portábamos lindísimas, para quedarle bien al cliente y que llamara de nuevo. Claro, si tocaba un tipo sangrón, con malos hábitos, sucio o mala leche, igual lo atendíamos (así es el negocio), pero lo hacíamos con desgano, nada más para cobrar y asegurarnos que no tendríamos que volver a verlo. Que no llamaría de nuevo. Es la forma más cortés de reservarnos el derecho de admisión.

En el carro se trabajaba más o menos bien, pero era muy cansado y había que estar dándole vueltas a las mismas calles toda la condenada noche. La mitad de lo que cobrábamos iba a parar a manos de la dueña del changarro y al final de la semana había que hacer cuentas con el chofer para darle una lana.

Era un tipo amable. Tendría entre cuarenta y cincuenta años, su cara era arrugada, como de bulldog, con los cachetes caídos y el ceño fruncido, pero era súper respetuoso y de buen corazón. Medía casi dos metros y pesaba más de cien kilos, sus manos parecían guantes de baseball y su cráneo era grande como atlante de Tula. El tipo era una montaña y, aunque a mí nunca me tocó ver algo así, si había un problema con algún cliente, él se bajaba a arreglar el asunto. Supongo que, a menos que Mike Tyson estuviera en la habitación, no había nadie que se le pusiera al brinco.

Cobraba bien. Al final de la semana, con lo que le dábamos todas, no salía mal pagado, pero la verdad no me pesaba darle su parte, después de todo era derecho con nosotras y aunque nadie se lo cogía se metía las jodas parejo con nosotras. Tampoco me pesaba pagarle a la señora que nos manejaba la mitad de nuestro ingreso, aunque ciertamente ella no jalaba parejo, sólo contestaba llamadas y distribuía turnos.

Qué bueno que un día descubrí internet. Ciertamente saber que tu trabajo es independiente y que no vas a repartir lo que ganas con alguien que no lo suda, es reconfortante.

El caso es que hace una semana, saliendo de un motel me encontré con que el señor aquel, el tipo amable y grandulón que nos paseaba en abrigos y lencería, ahora maneja un taxi. Ya no está en el negocio de antes, pero lleva y trae a chavas del ambiente que se mueven sin coche propio. Nos reconocimos y nos saludamos.

martes, 23 de abril de 2013

SOY PROSTITUTA ? POR "LULU PETITE"

Supongo que soy exhibicionista. Me gusta esta sensación de sentirme observada, leída, que algunos me acepten y se calienten con mis relatos, que a otros probablemente los incomoden. Admito que en eso radica para mí el placer de escribir. La idea de ir construyendo en letras, imágenes más o menos fieles de lo que pasa en mi cama, bajo mi ropa, con mis amantes. Desnudarme no ante uno, sino ante cientos o miles; hacerlo frente a ti, que lees ahora estas palabras y sabes que la mujer de la foto que ilustra el texto que estás leyendo, soy yo. Que sepas que estoy al alcance de tu mano, a una llamada de distancia. Que eso que sucede con cualquiera cuando me besa, cuando me quita la ropa, cuando me separa los muslos y me la mete, puede suceder contigo o con cualquier otro.

Probablemente eres mi cliente y ya hemos hecho el amor o alguien que conoces lo ha hecho conmigo. También es posible que no, que no hayamos estado juntos antes y que, tal vez, nunca lo estemos en la vida real, pero me estás prestando tu tiempo y sabes que soy prostituta. Sabes que todos los días enciendo mi teléfono para esperar llamadas, quizá un día la tuya, para encontrarme con hombres en moteles, desnudarme frente a ellos, llevarme su sexo a los labios, besar sus bocas, hacerles el amor.

Sabes que en este preciso instante, mientras lees esta línea, puedo estar recibiendo la llamada del próximo cliente o manejando rumbo al motel donde me espera un hombre con ganas de sacarse las presiones del día con una espléndida terapia de besos, caricias y amor. Podría ser ¿Por qué no? Que estés leyendo esto justo en la habitación de un motel y yo esté en la recepción, anunciando que voy a pasar a tu cuarto para hacerte vivir un momento inolvidable. Para cogerte como mereces y tratarte como una novia tierna, cariñosa, pero sobre todo cachonda y con ganas de gozar con tu hombría.

Por eso a veces, cuando estoy con un cliente, pienso en ti. Sí, en ti apreciable lector. Debes saber que pienso en ti muy seguido. Imagino cómo serás y te pienso leyendo, trato de suponer con qué puedo hacerte reír y con qué puedo estimular tu imaginación, provocarte una erección o, ¿por qué no?, inspirarte una chaqueta. Por eso cuando digo que pienso en ti cuando estoy trabajando, quiero decir, que pienso en cómo voy a describirte lo que me está pasando, cómo voy a narrar las cosas que veo, lo que siento, las caricias, los besos, la penetración, el orgasmo.

Cuando un desconocido entra en mí y comienza a moverse, a veces me abrazo de él y pienso en cómo lo estoy gozando, lo sabroso que se siente, lo bien que lo hace y decido contarte cada detalle, compartirlo contigo y cubrir así mi dosis de exhibicionismo.

Desde ese momento comienzo a pensar, cómo ir convirtiendo en palabras las emociones, los calores, la lubricación, los fluidos. Cómo describir de una manera que no termine pareciendo repetitiva, lo que se siente cuando el cuerpo te regala un orgasmo: la taquicardia, la luz cegadora, la descarga de dopamina que te hace sentir un disparo de caricias deliciosas por cada vaso de tu torrente sanguíneo. Decirte cómo se me ponen coloradas las mejillas, y mis ojos se resisten a abrirse, de cómo aprieto la pelvis y voy perdiendo fuerza en el resto de mi cuerpo mientras libero un suspiro a veces sereno, otras convertido en grito.

He de admitir que me encanta pensar en lo que harás cuando me leas. Si estarás frente a otras personas y te ruborizarás porque se te antoja y no puedes demostrarlo, si estarás en pareja y te inspirará para intentar cosas nuevas, si te entrarán ganas y pensarás en llamarme o buscar a alguien más, una profesional, una amiga, una amante, una novia o a tu esposa, a alguien con quién sentir vivo tu cuerpo, listo para darse, sentir joven tu espíritu y delicioso tu orgasmo. También me encanta pensar que me lees y vas imaginado cada cosa, y cuando te cuento de los besos sientes que el sexo te palpita, y cuando hablo de la penetración, de los movimientos, del ritmo, comienzas a masturbarte. Que mientras me lees tocas tus genitales y te provocas un orgasmo, logrando que el placer que le trabajé a un cliente se multiplique en muchos, muchísimos más orgasmos.

Me encanta imaginar esto así, aunque no suceda, que mi exhibicionismo de escritorio, ponga muchos ojos sobre mí. Sentirme observada, leída, que algunos me acepten y se calienten con mis relatos, que a otros probablemente los incomoden. Me apasiona ir dejando en capítulos breves, esas provocaciones que nos hacen sentir deseo. Querer penetrar o ser penetrada, compartir besos, imaginar, darle rienda suelta a nuestros deseos y perdernos en ellos. Total, me cae que no es cierto eso de que salen pelos en las manos.

sábado, 13 de abril de 2013

¿Me preguntas por qué viajo? por Lulù Petite

¿Me preguntas por qué viajo corazón? ¿Prefieres la respuesta ruda o la técnica? La ruda vendría siendo porque quiero y porque puedo. Ultimadamente, si me llaman de diferentes lugares invitándome a que los visite, pues yo agarro caminito ¿no?

Ahora que si es de cuates y no me estás pidiendo cuentas de lo que hago, he de admitir que cuando siento ganas de tomar distancia y ponerme a pensar, agarro una maleta, meto mi maquillaje, zapatos, un par de putivestidos, lubricante, una pijama calientita, mi cobijita de viaje y muchos condones, subo mi itinerario a internet y me voy a buscar la chuleta por los caminos de México. Después de todo, igual se coge en el Distrito Federal que en cualquier otra parte de la república, sin embargo, francamente es más una manera de darme un respiro que una estrategia de mercadeo.

Viajar en camión tiene su encanto. Son horas de soledad muy productiva. Principalmente porque no tengo a dónde escapar ni nada que me distraiga. Una vez que el autobús está andando sólo puedo hacer cinco cosas, todas de provecho: dormir, ver una película en la pantallita del camión, pensar, escribir o masturbarme.

Ya te he contado que siempre me subo al camión con una cobijita. La llevo para el frío, pero francamente, cuando quiero conciliar el sueño, con mucha discreción pongo los deditos entre mis piernas y me toco hasta provocar los temblores me ayuden a tener un viaje y un sueño placentero.
Ahora voy escribiendo en un tramo precioso de la carretera Veracruz-México. Regresando a casa después de una gira larga y divertida. Estuve en Guadalajara, Monterrey, Tuxtla Gutiérrez, Coatzacoalcos y Veracruz. Fue una de esas giras maratónicas y regresé cansada, pero me ha servido mucho para pensar las cosas.

En Guadalajara vi a Canceriano ¿Ya te he contado de él? Es uno de los chavos que participan en el foro del que te he hablado. Nos conocimos hace tiempo y, ahora que fui a Guadalajara coincidió que él estaba allí. Ya sabes cómo dice el dicho: Él era fuego, yo estopa, llega el diablo y sopla.

Nos vimos en la noche, en un motel muy cómodo y bien ubicado. Había sido un día cansado. Guadalajara es una ciudad hermosa, pero laberíntica y como el servicio de taxis es caro, si vas a andar todo el día del tingo al tango sale mejor rentar un coche. Eso sí, como no conozco, con el tráfico pesado debo ser muy cuidadosa para no perderme. El caso es que fui a comer, cerca de la Minerva, unas deliciosas quesadillas de camarón, pero al regresar di vuelta en la calle equivocada y volver a agarrar el rumbo fue toda una odisea. Llegué tarde a una cita y perdí otra por tener que recorrer toda mi agenda.

Como a las ocho de la noche vi a Canceriano. Se hospedó en una villa. Les dicen villas a las habitaciones con garaje. Ese tipo de villas tienen su emoción. Parte del ritual del sexo de paga sucede entre el momento en que el cliente llama a la chava y el segundo en el que ella toca a su puerta. En las villas ese momento sucede cuando oprimo el botoncito con el que se abre el garaje: “Crush… crush… crush…” La maquinaria de la puerta hace un ruido que alerta el ánimo del cliente para que sepa que la diversión está por comenzar. Yo rodeo el coche y escucho los pasos de él sobre mí, acercándose a la puerta para recibirme. Es inevitable que en las escaleras, los tacones anuncien que voy subiendo.
-Hola ¿Puedo pasar?- Le pregunté cuando me recibió. Es un hombre atractivo, de mirada pícara y modales caballerosos. Acaba de ducharse. Siempre es más rico hacerle el amor a un hombre recién salido de la regadera. Según yo soy buena fisonomista y él ya me había dicho que nos conocíamos, pero no sé, era como si lo viera por primera vez. De todos modos, fue una magnífica “segunda” primera impresión.

-Claro guapa, pasa.

Dejé mis cosas y volví a él para acercarme a su cuerpo. Nos abrazamos. Sentí sus manos tibias y gentiles, hacerme caricias. Me rodeó con sus brazos y comenzó a besarme. Eran besos cachondos y pacientes en mi cuello, en mis hombros, en mi cara. Le di le espalda para agarrarme el cabello con una liga y él se me acercó por detrás dejándome sentirlo. Me encanta percibir la emoción de un hombre que me va a coger. Volvió a besar mi cuello y mi nuca, apretó mis senos con sus manos. Lo hacía bien.
Canceriano es uno de los integrantes del foro donde a veces participo. No te creas, es difícil escribir en el foro. Principalmente porque hay personalidades muy encontradas y lo mismo te pueden tratar maravillosamente que hacerte pedazos. Hay que saber manejarse con precaución y tomar con buen humor cuando alguien trata de molestarte. He de admitir que en el foro he encontrado más amigos que clientes, de allí he conocido a chavos a toda madre. Le tengo cariño.

-Ayúdame con el vestido- Le pedí y él bajó el cierre de mi espalda, para irme desnudando conforme la tela llegaba al piso. Liberó mi sostén y comenzó a acariciar mis pezones duros y entusiastas. Volteé de nuevo y lo miré fijamente. Algo en su expresión me pareció de lo más atractivo. Me sentía cachonda y con ganas de hacerlo gozar. Le sostuve la mirada, me colgué de su cuello y levantando un poco la cara le robé un beso nada inocente.

viernes, 5 de abril de 2013

"Adormilada" Por Lulú Petite

Me acosté a un lado suyo como siempre que ando cansada, me acomodé de lado en posición fetal, mientras él me rodeaba con sus brazos calientitos y me decía cosas cachondas al oído. Estaba completamente desnuda.

Había sido un día pesado. En la mañana, muy temprano, fui al gimnasio. Para mantenerme en forma. Más tarde estuve haciendo trámites para la titulación. La gira de las semanas anteriores fue verdaderamente agotadora y me provocó retrasos en otros proyectos en los que estoy trabajando. A mediodía, después de atender a un cliente que se puso medio pesado porque no lograba mantener la erección, estuve revisando detalles del libro que voy a publicar. Después comí con Mat. Se ha portado súper buena onda.

En la tarde atendí a otros dos clientes. El primero, un viejo amigo al que llevo mucho tiempo viendo y con quien siempre me la paso maravillosamente. El otro un cliente nuevo, muy joven e inexperto. Buena onda. Se veía que hizo un esfuerzo para darse el gusto y, francamente, cogimos muy rico y platicamos a todo dar. Me quedé con él casi dos horas, platicando se me pasó el tiempo. Después anduve como hormiguita, haciendo cosas de un lado para otro, sin parar.
Cuando lo vi a él ya era noche y, francamente, estaba cansadísima. Como te decía, me recosté a un lado suyo, desnuda, en posición fetal y él, haciéndome cucharita me abrazó y comenzó a hablarme al oído. Me quedé dormida.

Desperté como a los quince minutos, cuando sentí sus manos acariciando mis nalgas. Lo sentí tocarme, pero no pude reaccionar. Estaba consciente, pero el cansancio mantenía mi cuerpo quieto, como esperando a que la fuerza regresara para poder abrir los ojitos y acabar de despertar. Me estiré un poco para recuperar bríos, respiré tan hondo que aquello se convirtió en bostezo. Me volteé y me le quedé mirando de frente, su media sonrisa, sus ojos verdes y diminutos, sus cabellos delgados y alborotados. Sentí de inmediato su aliento en mi cara. Era fresco, a pasta de dientes. Intentó besarme, pero yo seguía muy adormilada para responderle. Poco a poco el beso terminó por devolverme el alma al cuerpo, sentir primero sus labios tibios paseando sobre los míos y, después, rendirme a la calentura, corresponder a los mimos, abrir los labios, probar su boca, sentir su lengua. Fue un despertar sabroso, intenso, como de cuento de hadas. Claro, que si a Blancanieves o a la bella durmiente las hubieran despertado como a mí, no habría sido clasificación propia para niños, pues además de estar desnuda, sentía su erección creciendo y rozándome el muslo. Eso me excitó muchísimo.

Él se metió bajo las cobijas, conmigo recostada boca arriba, fue bajando por mi cuerpo alternando caricias con sus manos y sus labios. Experimenté sensaciones exquisitas, de esas cosquillitas que se cuelan entre mis piernas y me hacen lubricar. Lamía, olía y acariciaba con paciencia distintas partes de mi cuerpo. Naturalmente se detuvo en mis tetas. Se quedó un rato mirándolas, luego las acarició delicadamente, siguiendo su contorno, haciendo círculos en ellas con sus manos, apretándolas un poco y lamiendo mis pezones tremendamente endurecidos.

Bajó a mi ombligo y luego a mi sexo. Con sus manos acariciándome el vientre, pude sentir su nariz abrirse paso por mi pubis y aspirar profundamente. Un calor intenso me recorrió en ese momento, sentí sus manos apretar mis muslos y separarlos suavemente, su cabeza hundirse entre mis piernas y su aliento cálido soplar sobre mi vulva que ya sentía anhelante, hinchada y deseosa. Lo dejé hacerme lo que quiso. Puse mis manos en su cráneo y apreté su cabello con mis uñas. Él recorrió con su lengua los pliegues de mi vagina recogiendo la humedad de mi deseo, luego sopló hacia mi clítoris provocándome un estremecimiento maravilloso, cerré los ojos y sentí como si las venas de todo mi cuerpo recibieran la caricia de cientos de hormiguitas caminando. Fue un orgasmo fulminante, rápido, inesperado. Maravilloso.

Hicimos el amor un buen rato. Lo hizo despacio y bien, como siempre. Es un buen cliente, atractivo, inteligente y de una seriedad que intimida. No es del Distrito Federal, pero cuando viene llama y me contrata por dos o tres horas, eso sí, siempre tardísimo. Sé que en su estado es una persona importante, con mucha gente a su cargo y una apretada agenda de trabajo. Hace el amor espléndidamente y, a pesar de su seriedad, en la cama tiene muy buen sentido del humor. Estuvimos platicando un rato, desnudos y abrazados. Generalmente hablamos sobre él, pero esta vez prefirió preguntarme de mis cosas, de mis proyectos. Le alegró saber que terminé la escuela y estoy por titularme. No sé cuánto tiempo platicamos, pero volví a quedarme dormida.

Desperté a mitad de la madrugada, me duché, me vestí y me fui. En la mañana desayuné con Mat. Quedamos de vernos porque según dice, me consiguió chamba. Me propuso que en unas semanas puedo comenzar a trabajar en la empresa donde él está. No iría de manda más, al contrario, habrá que entrar de abajo a picar piedra, no me haría rica, pero si podría comenzar a poner en práctica lo aprendido en la escuela. Quedé en pensarlo.


martes, 2 de abril de 2013

¿Broncillo? Por Lulú Petite

Estábamos conversando a la orilla de la cama. La plática era interesante y nos la estábamos pasando bien, pero a un motel no te metes a charlar ¿Cierto? Íbamos por el enésimo tema cuando sentí sus manos abrazarme y después jalarme hacia atrás dándome un beso. Con suavidad me recostó sobre sus piernas y tiernamente siguió besándome. Sus manos traviesas acariciaron mis muslos, mi vientre y mi cuello hasta enredar dócilmente sus dedos en mi cabello. Abrí los labios y sentí su lengua jugar con la mía.


Me tomó entonces de la mano y me pidió con la mirada que me recostara en su cama. Me tendí mirando al techo, con las manos en los costados y permitiendo que él se sirviera de mi cuerpo. Dibujando un caminito de besos por las partes de piel que él mismo iba desnudando, comenzó a quitarme la ropa más con erotismo que paciencia. Sentí sus manos tibias caminarme por la piel, su aliento soplar, su nariz respirarme y sus dedos, deliciosos, obsequiarme caricias precisas y agradables. Cuando alcanzó mis muslos sentí un escalofrío. Se metió entre mis piernas y con su boca atendió mi sexo. Fue exquisito.

Conocí a “K-broncillo” hace como dos años, la primera vez que visité Tuxtla. Es un hombre a todo dar, en sus treintas, bajito, guapo, divertido, de conversación interesante y un modo de ser adorable. A menudo tenemos contacto por internet, pero vive tan lejos que apenas podemos vernos de vez en cuando. Un tiempo me distancié de él porque me dejó plantada y, estarás de acuerdo, no vas a Chiapas para que te dejen sin desvestirte ni alborotarte ¿verdad? De todos modos es lindo y terminamos por recuperar nuestra amistad virtual. Tengo muchos clientes así, con quienes tengo más contacto en internet que en la cama. Supongo que es parte de esta modalidad para ofrecer nuestros servicios.

Te decía el jueves que comencé a anunciarme en internet prácticamente porque ese era el paso siguiente. Ya llevaba mucho tiempo trabajando en agencias y, aunque me iba bien, se hablaba de internet como una manera más de hacer lo mismo sin tener que compartir con intermediarios lo que ganaba con el sudor de mi… bueno, digamos que no es la frente lo que me suda.

Claro, siempre que aparece algo nuevo, de entrada dudas. Los primeros en hablarme de esas páginas fueron clientes. De esas cosas que el primer comentario lo escuchas sin darle importancia, pero cuando te lo dice uno, otro y después algunos más insisten, la duda se convierte en curiosidad y terminas por investigar.

Me comentaban mucho sobre dos temas, el primero, los portales donde las chicas subían sus fotos y número telefónico para que los clientes llamaran. El segundo, la existencia de foros en los que los clientes, usando seudónimos, intercambiaban opiniones y relatos sobre sus experiencias con las chicas que se anuncian en internet.

Recuerdo mis primeras fotos. Llamé al teléfono de la página, pregunté, me tomé las fotos y las mandé. Iba comenzando en internet y no sabía cómo funcionaba. Estaba nerviosa, pero al poco rato de que vi mi imagen y mi número en esa página, el teléfono comenzó a sonar. Y así ha seguido.

En internet trabajamos al mismo tiempo muchas chavas que prácticamente no nos conocemos ni interactuamos. Nos cruzamos en elevadores y pasillos de los moteles, seguramente atendemos a la misma clientela, pero en realidad, juntas sólo estamos en las fotos de la página. Jamás en la vida real. En los hechos, cada quien es dueña de su propia agenda.

Obvio así, no había otra manera de averiguar los vericuetos de anunciarse por internet que escuchando a los propios clientes. La primera forma que encontré de saber de otra fuente, cuando estaba empezando, cómo funciona el negocio, fue acercándome a los foros. Como te decía, al principio eran puros hombres contando cómo les fue con las chavas. Poco a poco, algunas de nosotras comenzamos a participar en ellos y a hacer buenos amigos y, desde luego, clientes. Conversamos con algunas colegas y fuimos abriéndonos paso.

Con el tiempo los foros han cambiado mucho, ahora participan mucho más las chicas, algunas tenemos blog, twitter, facebook, páginas propias. Internet ha cambiado la fisonomía de este negocio como no tienes idea.

Así conocí a K-broncillo, uno de estos foristas-tuiteros de los que te contaba con seudónimos graciosos. Nos encontramos hace un par de semanas, cuando viajé a Chiapas. Desnudos los dos, él se tendió sobre la cama y fue mi turno para llevarme a la boca su erección. De rodillas a un lado suyo, me arqueé hacia su miembro y me puse a chuparlo. Él acarició mis muslos, paseó sus dedos por los pliegues de mi vagina y sus caricias, mientras tenía aquella cosa dura y deliciosa en los labios, me provocaron un subidón tremendo. Qué te puedo decir cuando sentí su lengua jugando entre mis piernas y atrapándome en un sabroso sesenta y nueve.

-¿Me subo?- Le pregunté cuando estaba a punto de venirme, para aplazar un poco más mi orgasmo. Él sonrió diciendo que sí y lo monté, cabalgando hasta allá, donde se siente la muerte chiquita.

Él es una de las razones por las que me gusta ir a Chiapas, es divertido, interesante, buen amigo y me atiende bien cuando lo visito, pero he de admitirlo, por más que le guste su seudónimo picarón, cuando me coje no es K-broncillo, es K-bronazo. ¡Ay qué rico!