domingo, 30 de junio de 2013

PERRITO POR LULÙ PETITE

En este negocio, las mejores conversaciones siempre llegan después de la primera cogida. En ese rato de calma entre el primer orgasmo y el segundo round, cuando el cliente se acurruca quietecito a un lado tuyo para cargar pila y asimilar la experiencia. Como que tiene un efecto desinhibidor; respiran tranquilos y casi nobles, con una sonrisa medio boba y la mirada perdida (como viendo para adentro). En ese estado, es muy normal que se les suelte la lengüita y se pongan conversadores.

Muchos te cuentan su vida, las broncas que tienen en sus casas, los problemas de oficina, las cosas buenas, las divertidas. Te cuentan de sus amores, de sus travesuras y de sus tranzas, casi todos hablan de su trabajo y sorprende la cantidad de señores que te platican de su esposa y de sus hijos, de sus gustos, de cómo se llevan, de qué tan seguido y qué tan rico cogen con ellas, de sus fantasías, de sus frustraciones. Simplemente parece que, cuando no traen puestos los calzones, ya no hay nada que ocular y toda la sopita se va soltando solita. No sé, como que una además del brinco, les sirve de confidente.

Lo bueno es que todo secreto confiado a una profesional está siempre bien guardado. Es por todos bien sabido que médicos, abogados, confesores y putas tenemos el deber ético y la responsabilidad profesional de no soltar la sopa, de guardar absoluta discreción sobre lo que vemos, oímos y hacemos mientras estamos chambeando. Es parte del trato.

Una escucha de todo en estas conversaciones postcoitales, pero aunque no hay tema imposible, nada te prepara para responder cuando te salen con algo como lo que sigue:

-¡Ah qué rico nena!- Me dijo quedito. Acá entre nos, me zurra que me digan “nena”, no sé, no es que me ofenda, pero después de coger, me suena a frase de entre Johnny Bravo y Mauricio Garcés.
-¿Te gustó?- Le contesté sonriendo y acariciando su nuca con mis uñas.
-¿Qué si me gustó?¡Me encantó chula!- ¿Ora “chula”? No manches, mejor se hubiera quedado en lo de “nena”, eso de andar chuleando doncellas indecentes nomás así porque si, ya está más pasado de lanza. “Chula” suena, no sé, como a nombre de burrita testaruda o a galantería soltada desde un folklórico festejo del día de la Santa Cruz, pero ¿Qué le vamos a hacer?
-Ah pues qué bueno que te gustó , de eso se trataba- le dije dándole un beso en la espalda. Él se volteó y me devolvió el beso en los labios. La verdad es que no me molesta cómo me digan, no voy sabotearme el rato, nomás porque un cliente me diga nena, chula, chiquita o cómo sea, mientras no me suene a insulto, lo acepto gustosa como un piropo. Eso sí, hay que admitir que hay tantas formas creativas de hablarle con ternura a una mujer, que usar palabras tan gastadas es casi un desperdicio.
Nos estuvimos besando y toqueteando un buen rato bajo las sábanas, hasta que sentí que al galante caballero le empezaba a crecer de nuevo aquello que le descansaba entre las piernas. Se me acercó, me lo pegó al vientre, me dio otro beso, más cachondo y más largo que los anteriores y se me quedó mirando, con una sonrisa pícara, como si me fuera a confesar alguna travesura. Entonces se acercó a mi oído y, entonces sí, me dijo quedito algo que de plano me puso los pelos de punta:
-¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?
-¿Qué?
-Que tienes “perrito”
No, no, no ¡Eso ya era demasiado! Que me digan “nena”, va, no hay mala intención y basta con hacerte la que no oíste. Que me salga con que “chula”, ya cala pero también puedes hacerte la sorda y no pasa nada… ¡Ah! pero que el muy degenerado se meta con mi mascota a la hora de coger, eso sí no puedo entenderlo ni aceptarlo. La neta… ¿Qué fregados tiene que ver mi perrito con mi trabajo? Me quedé de a seis:
-¿O sea cómo?
-Cómo ¿Qué?
-¿Cómo de qué “tengo perrito”? ¿Qué tiene que ver mi perro con que te haya gustado cómo cojo?
-No… chula….-(Y dale con lo de “chula”)- no me refiero a tu perro… quise decir que tienes perrito allí…
-¿Allí dónde?
-Pues allí… en tu cosita…
-¿En mi vagina?- pregunté furiosa, no manches, pues ¿Qué le ladró mientras ponchábamos?, estaba a punto de perder la compostura, cuando me explicó.
-Sí, ahí mero, dicen que una mujer tiene perrito, cuando aprieta al coger
-¿Cuándo aprieta qué?
-Cuando con los músculos de la vagina comprimes el pene…
-¡Ah! Quieres decir que soy muy estrecha…
-Pues eso… ¿Qué a poco no has visto que a veces los perros cuando cogen se atoran? Lo que pasa es que la perrita les aprieta aquello, por eso de las chicas que aprietan, se dice que tienen perrito.
-¡Ah bueno!- solté aliviada- ya me habías asustado.
Me habían dicho antes que soy estrecha o que estoy apretadita, pero “que tengo perrito”, eso sí saca de onda, pero ya sabiendo y quitando a mi cachorro de todo este desmadre, abracé al caballero, le di un besito y le dije pícara al oído:
-Ven pues, que mi perrito ya quiere otra vez sus croquetitas…

martes, 25 de junio de 2013

CACHONDA POR LULU PETITE

Ya lo sabes, te lo he dicho varias veces: Hay días en que amanezco especialmente cachonda. No sé si será la luna (Que aparece especialmente redonda), no sé si será hormonal o es simplemente el llamado de la naturaleza, la ley de la selva que de pronto demanda hombre y tengo que encontrar con quién calmar ese apetito.

No te miento si digo que, aunque no es algo que me quite el sueño, a veces me preocupa estar tan acostumbrada al sexo. Es decir, el día que me retire, que cuelgue los ligueros, jubile mi dotación de condones texturizados, baje mis fotos de internet y deje el oficio, temo que he de extrañar tener dos o tres relaciones diarias.

Habrá momentos en que me costará trabajo controlar el deseo, administrar mis instintos, calmar las ganas de acariciar otro cuerpo, de sentir unas manos tibias y deseosas que exploran el mío, de besar unos labios, de gozar el sexo de un hombre que me penetre y descargue entre mis piernas su deseo, su urgencia, su vehemencia.

Incluso teniendo novio, amante o lo que sea, cuando me imagino retirada, temo que no habrá galán que me aguante el ritmo. Igual al principio estará encantado, pero después, cuando yo quiera más y él no. No lo puedo obligar ni estaré de ánimo de andar con varios al mismo tiempo haciendo gratis lo que hoy me genera ingresos.

También, a veces, pienso en el otro lado de la moneda. Imagino que un día de estos me hartaré. Que habiendo tenido tanto sexo, el día menos pensado no querré volver a sentir el tacto de un hombre. Que no sólo dejaré el oficio sino que cerraré el changarro, le pondré candado y tiraré la llave, como el torero aquel que en un arranque de conciencia votó el capote y se volvió vegetariano o la mecanógrafa que, al jubilarse, no quiso volver a ver una máquina de escribir o una hoja de papel ni en fotografía.

Por lo pronto, vivo mi sexualidad alegremente y cuando, como hoy, amanezco cachonda, no puedo aplacarme hasta encontrar quien me calme los nervios. Mi primera ilusión al abrir mis ojitos -no he de mentir- fue encamarme con Romeo. Apenas desperté e imaginé su pene en mi boca, sus manos grandes acariciando mi cuello y las mías colgadas de sus antebrazos sólidos, varoniles. Me excita mucho escucharlo gemir cuando devoro su sexo, sentir cómo su cuerpo se entiende con el mío, como me le entrego y él sabe disfrutarme y hacerme disfrutar. Sé que fuera de la cama no tenemos tanto en común, pero cuando cogemos parece que nacimos para estar juntos, para perdernos entre caricias, incursiones y secreciones.

Odio cuando quiero ponchar y el muy cabezón no puede. A pesar de que le hablé temprano, él ya iba rumbo a su oficina y no había modo de hacerlo regresar por un palito. Él no lo sabe, pero a menos que me desagravie o mi calentura sea más fuerte que mi decisión, el desaire le costará unas dos semanas de abstinencia (al menos conmigo, no soy tan ingenua como para esperar que me sea completamente fiel).
Me puse a hacer tarea para pensar en otra cosa. No quería desperdiciar mis ganas masturbándome, pero eran tantas que tenía endurecidos los pezones y me acalambraba el roce de mi propia lencería. Estaba a punto de echar mano de “Manotas”, mi dildo preferido, cuando recibí un mensaje de texto preguntando por el servicio. Tres mensajes más y nos pusimos de acuerdo.

Me arreglé lo más rápido que pude. Lencería negra con bordes violetas y liguero, zapatillas de tacón, vestido negro de falda corta y escote pronunciado. Me trepé a mi coche y salí rumbo al motel.

Era un cuarentón muy moreno, guapo, no muy alto y con una sonrisa socarrona. Cabello corto, canas en las sienes y muy bien vestido. De por sí yo excitada y este canijo me recibe con un Armani que le quedaba como hecho a la medida. Cuando entré me dio un beso que sabía a menta. Como yo iba ganosa, ni tarda ni perezosa me le colgué del cuello y le puse una atascadota marca romance exprés.

Para no hacérselas larga (la historia, claro), en menos de lo que canta un gallo madrugador, ya estábamos en pelotas, acomodados en un espléndido sesenta y nueve. Sus manos en mis glúteos, su boca, suave y experta comiéndome el deseo. Me encantaba disfrutar de su lengua estremeciéndome, mientras sentía el calor de su glande en mi paladar, inundando mi boca y mis labios, humedecidos, sintiéndolo palpitar con una avidez incontenible ¡Ah! Me vine deliciosamente en su cara. Literalmente, en su cara.

Fue de esos orgasmos largos y consistentes, en los que las sacudidas te recorren como ráfagas de metralla, como si el placer te acribillara y te dejara muda, plena, inmóvil. Fue un orgasmo tan pleno que, de no ser porque estaba yo trabajando, me abría quedado allí el resto de la hora, tumbada respirando para regresar despacito al planeta.

Cuando en la noche vi a Romeo, él venía con ganas de reponer el desaire de la mañana. Lás-ti-ma-Mar-ga-ri-to… Ya para esa hora me encontró muy cansada y satisfecha. Si se llamara Pancho, esa noche, no cenó.

lunes, 17 de junio de 2013

Soy prostituta por Lulù Petite

Soy prostituta. Una muy buena, por cierto. Perdona la falta de modestia, pero hoy amanecí muy consciente de mis cualidades en el oficio.

Soy prostituta porque tengo relaciones sexuales a cambio de dinero. Esa es la definición del diccionario y, aunque la Real Academia Española de la Lengua no se distinga por la profundidad de sus descripciones, hemos de reconocer que sus retratos hablados se acercan mucho a lo que lo que la mayoría de la gente pensamos al escuchar una palabra.

Digo que soy una buena prostituta porque además de mantener relaciones sexuales (y cobrar por ello), en los servicios que ofrezco siempre hay un trato especial. Un bono extra que viene incluido en el precio de la encamada. Y es que coger es un acto muy simple, puede bastar con bajarte los calzones, subirte la falda y dejar que un hombre te penetre. Eso, en términos generales, meramente mecánicos y fisiológicos, es cosa fácil. Millones de colegas, por razones muy respetables, ofrecen así sus servicios.
Una vez leí un reportaje triste sobre una mujer en una zona marginada de no recuerdo qué país, que contaba la historia de los años que trabajó como prostituta, siendo una jovencita. Sus jornadas eran de más de ocho horas diarias, en las que uno tras otro, entraban hombres, tan marginales como la zona, a desahogar su deseo sexual, a satisfacer los instintos. Se trataba de sexo automático. Un cliente tras otro, a precios bajísimos. La chica no tenía tiempo entre cada servicio de, al menos, limpiarse o respirar profundo para tratar de sanar un poco las heridas del alma. Su experiencia fue traumática e, incluso hoy, a años de distancia de aquellos tiempos, este oficio la hirió, dislocándole la alegría. Hablar con ella de un tipo de prostitución en que el trabajo se hace con cierto gusto y la prostituta no se asume como víctima es poco más que ofenderla. Para ella, nada bueno hay en este mundo envenenado.

Por eso cuando pienso que con estos textos hago parecer que ser trabajadora sexual es pan comido, me dan ganas de aclarar que he corrido con suerte, que las más de las veces se viven cosas que no le recomendaría a ninguna chava en condiciones de tomar otra opción. Decir que yo misma he vivido días terribles. En este oficio hay una línea muy delgada entre lo correcto y lo incorrecto. Creo que el punto de quiebre es si se ejerce de manera voluntaria o si la trabajadora (o trabajador) sexual es obligado a prostituirse.

Sobre la primera opción hay mucho qué decir y mucho qué hacer. Creo que entre más conozcamos sobre el trabajo sexual independiente y más solidarias seamos quienes a esto nos dedicamos, mejor puede ser para todos. La segunda opción es un delito que hay que perseguir y castigar.

Ayer en la mañana recibí el correo de una señora que fue prostituta en los noventa. Me decía que le gustaba leerme, pero que quisiera leer también de vez en cuando sobre las cosas duras que pasan en este ambiente, de que hay gente que se aprovecha, de que suceden cosas feas: violencia, adicciones, abusos, excesos, explotación, trata. Siendo franca, a mí me gusta hablar de lo que me consta. Sé que todo eso existe, que le arranca la felicidad del pecho a cientos de miles de mujeres y hombres de todas las edades; afortunadamente para mí, me ha tocado verlo de lejecitos. Sufrirlo como espectadora, no como actora. Intercambiamos varios correos y creo que nos hicimos amigas. Prometí que, al menos, compartiría aquí sus opiniones.

Ya más tarde y pensando en cómo escribir sobre ese tema, atendí a un cliente. Es un chavo de treinta y ocho años, ingeniero, muy inteligente y con una voz tierna y varonil. Lo conocí hace tres años, con un problema de obesidad mórbida, el muchachito pesaba 145 kilogramos ¡Tres veces y media lo que yo peso! Su sobrepeso, me dijo, le había provocado mucha inseguridad, por lo que nunca había tenido una novia y, hasta el día en que nos conocimos, nunca había estado en la intimidad con una mujer. Era virgen.

Nos hicimos amigos. Yo fui su primera mujer y una de sus primeras amigas. Nos veíamos más o menos seguido y, además del sexo, teníamos largas y amenas conversaciones. Entre besos, caricias, contacto, calor y cariño verdadero, construimos juntos una complicidad sexual-afectiva de esas que sólo pueden hacerse entre cliente y prostituta. Algo así como una terapia de cariño, mitad prestarle oídos, mitad prestarle las nachas.

Nuestra amistad, en cierto modo, fue reforzando su autoestima. Poco a poco comenzó a bajar de peso, hoy pesa poco menos de cien kilos y se ve muy distinto a cuando nos conocimos.
Ayer me llamó y nos vimos cómo cada vez, sólo que esta ocasión no quiso tener sexo.
-Hoy te llamé sólo para platicar- Me dijo -Te tengo una buena noticia, ya tengo novia y me voy a casar. Te lo quería agradecer porque, aunque no pueda explicarte cómo, tuviste mucho que ver.
Nos abrazamos y estuvimos platicando casi tres horas. Prometió invitarme a la boda.

Soy prostituta. Una muy buena, por cierto. Perdona la falta de modestia, pero cuando te despides de un cliente y sabes que le has ayudado en algo a mejorar su vida, no te queda menos que revalorar tus cualidades en el oficio.

sábado, 8 de junio de 2013

Todo tiene que ver con sexo por Lulù Petite

A veces parece que todo en la vida tiene que ver con sexo. Estoy acostumbrada, de eso he vivido toda mi edad adulta. Hace unas horas atendí a un señor. No era especialmente guapo, de hecho, era más feo que insultar a los símbolos patrios, pero cogía riquísimo. Simplemente me tocaba y se movía de maneras que me hicieron disfrutar tremendamente su compañía sexual. Fue una grata sorpresa.

Y es que voy a decirte una verdad incómoda: Aunque todos le echan muchísimas ganitas, no todos los hombres son buenos en la cama. A veces me pregunto por qué no enseñan estas cosas en la escuela. El sexo es tan importante para la vida. Nos la pasamos día y noche pensando en eso: Sexo, sexo, sexo, sexo. Lo vemos por todas partes, lo deseamos, lo buscamos, vivimos para conseguirlo, hay quien paga por tenerlo. A veces le da sentido a nuestras vidas y nos hace felices, entonces ¿Por qué es menos importante que aprender matemáticas, lengua o ciencias? ¿Por qué no en algún momento de la vida nos enseña cómo funciona el cuerpo femenino y cómo el masculino? ¿Cómo hacer feliz a nuestra pareja en la cama? ¿Cómo disfrutar de nuestra propia sexualidad?

Voy a olvidarme por un momento de los que me han cogido pagándome. Después de todos ellos pagan para disfrutar, no para que yo disfrute. Pensando sólo en los chavos con los que he andado por amor o calentura, sin mediar mi oficio, puedo asegurar que hay algunos que me han hecho sentir riquísimo y otros que lamentablemente han sido experiencias sexuales desastrosas.

Lo peor es que muchos no lo saben. Tuve un novio muy guapo y divertido, con quien hace poco me reencontré. Platicamos, fuimos a comer y me llevó a mi depa. Me preguntó si podía subir. Quería coger. De inmediato le dije que eso no iba a suceder. Que no haría el amor conmigo nunca más. Yo siempre he sido muy franca, lo curioso es que él no me pudo creer que la razón por la que no quería sea porque es malísimo en la cama. Tal vez el peor sexo que he tenido en mi vida. No quise ofenderlo, pero traté de no dejarlo vivir en el engaño.

Para él hacerme el amor era encuerarme, dejárseme caer encima bombeando su miembro dentro de mí como si fuera una lucha de panzazos y agarrar mis pechos como si quisiera sintonizar con mis pezones una estación de radio de Australia.

Lo curioso es que, tal vez por lo inusual de mi franqueza, se negaba a creer ser malo en la cama. Según él, después de mí ha estado con muchas y ninguna se ha quejado. Si lo ha hecho con ellas igual que conmigo, mi querido ex probablemente ha sido testigo de una cadena de orgasmos fingidos.
¿Por qué las mujeres fingimos orgasmos? Supongo que no queremos hacerlos sentir mal, provocar un trauma del que no puedan recuperarse.

Callar está mal ¿Cómo entender que el sexo es comunicación? El orgasmo es de quien lo trabaja y si una chica no dice que no lo está teniendo, seguirá así forever. Hay muchos hombres malos pa’l catre y las razones son muchas y muy variadas, en cambio, los que sí son buenos en la cama tienen dos cualidades fáciles de aprender: 1) saben comunicarse y 2) conocen el cuerpo de una mujer.

Seguramente tú eres de los buenos y sabes coger. Pero por si las moscas, te dejo tres consejos muy sencillos por los que puedes comenzar para hacerte todo un fabricante de orgasmos genuinos:

Primero: Tómate tu tiempo. El mejor sexo se cocina a fuego lento. Tócala por todo el cuerpo, una y otra vez. Deja que ella te vaya pidiendo, pero los lugares seguros, son espalda, nalgas y piernas. Se siente rico y casi nadie tiene cosquillas allí. Combina manos y labios para este juego previo. Entrenamiento: Cómprate una mascota, un perro o un gatito. Acarícialo diario hasta que se quede dormido.

Segundo: Besa. El beso es la puerta del sexo. Un mal beso y el resto es un desastre. Lo primordial es cuidar el aliento. No es lo mismo besar una sonrisa mentolada que una de alcantarilla. La higiene es fundamental (bucal y corporal). Mírala a los ojos, ciérralos antes de besar y no seas brusco. Entrenamiento: Cómprate un Danonino y cómetelo. Antes tira la cucharita. El vasito debe quedar muy limpio (Para el sexo oral este entrenamiento es maravilloso).

Tercero: Pregunta. Toda mujer es distinta y reacciona de manera diferente a cada estímulo, a cada caricia, a cada estilo de hacer el amor. A cada una nos gusta algo en particular y todas queremos decirlo, guiarte, pero no nos animamos. Pregunta. Entrenamiento: Sal con tu coche a un lugar que no conozcas y en vez de dar vueltas como loco por tres horas, baja la ventanilla de tu coche y pregunta. Verás que llegas más rápido.

No es todo, pero es algo para comenzar ¿No?