domingo, 25 de agosto de 2013

Estos días fríos y lluviosos por Lulù Petite

Estos días fríos y lluviosos resultan traicioneros. Después de los estrepitosos fiascos de 2011 con David y con Goliat, decidí que 2012 sería un año distinto. No he de decir que sin hombres o sin sexo, porque para calmar esas cosquillitas siempre está mi adorable clientela, pero si un año libre de romances. Estaba decidido: en 2012 nada que distrajera la cabeza ni que estrujara el corazón. Nada de desayunar besitos, nada de planes acaramelados, nada de “quédate a dormir” y nada de caminar por ningún lado tomada de alguna mano. Este año, uno de mis inquebrantables propósitos fue concentrarme en sacar adelante mis proyectos, sin noviazgos de esos que agobien ni pasiones que apen… tonten.


Desde luego, los propósitos que suscribes entre las uvas y campanadas de año nuevo, corren el riesgo de ser vencidos por las tentaciones de febrero. Un par de llamadas y las amigas nos pusimos de acuerdo para salir de antro. Era una noche de mujeres: Copas, chisme, risas, conversación y, claro, un poquito de coqueteo. Sin más plan que pasar un rato divertido y regresar a casa lo suficientemente pedas como para tener de qué reírnos y lo bastante sobrias como para no acabar en el torito.

Naturalmente, cuando un grupo de mujeres solas y guapas se divierte en un antro, no falta el grupo de chavos, solos y guapos, que les hace conversación. Allí lo conocí. Digamos que se llama Romeo. Se portó lindo, bailamos, cotorreamos y, a media madrugada, él y sus amigos nos invitaron a cenar los infaltables tacos trasnochados. Nada comprometedor, más allá del amable y bien intencionado intercambio de teléfonos, besitos en la mejilla, nos vemos, nunca cambies, vales mil y arrivederci.

Al día siguiente comenzó el intercambio de mensajes. Nada importante según yo, primero un saludo, después algún comentario gracioso; ese coqueteo discreto que se va tejiendo mensajito a mensajito, construyendo gradualmente una complicidad divertida. El chavo está guapo, al menos así lo recordaba, a veces en la peda una ve las cosas mejor de lo que son. De pronto descubrí que me emocionaba leer mensajes suyos, pero mantenía instalado, como muralla china, mi propósito de año nuevo.

A la semana llegó el mensaje obvio: “Hay que vernos”. Y nos vimos. Comimos en un restaurante que él propuso y nos la pasamos bien. A plena luz del día y sin tequilas nublándome la mirada, seguía viéndose guapo y la complicidad del celular comenzaba a hacerse más humana. De pronto me descubrí pensando en él, mandándole mensajes desde Puebla, Morelia, Veracruz, Toluca y demás ciudades que visité y, muy a mi pesar aunque para mi placer, el corazón me sonreía en cada bip del celular.

Anoche hacía un frío de los mil demonios y la lluvia no paraba de golpetear contra la calle y los cristales. Mis piecitos me dolían de tan helados y sólo podía calentar mis manos metiéndolas entre las piernas. Entonces recibí un mensaje suyo, después otro y otro más. Así estuvimos hasta que propuso que fuéramos a cenar. El frío no estaba como para sacarme de mi casa, pero me emocionó la idea de verlo, así que lo invité a venir. Lo sé, así perdió el Diablo.

Al principio, la idea (o el pretexto) era ver una película. Él pasó al videoclub y llevó la de Amigos con beneficios. Nos acurrucamos en mi sillón y pusimos la tele. Naturalmente el putísimo frío era el mejor pretexto para llevar a la sala una cobija y acurrucarme sobre sus piernas. Le pusimos play a la película.

No llegamos a la escena donde Mila y Justin se conocen, antes de eso sus manos ya acariciaban mi rostro y sus labios estaban en los míos. Primero besos suaves, bien dados, de los que me hacen ir sintiendo poco a poco esas emociones a las que no quería darles permiso.

Y así, debajo de la cobija y quitándonos el frío con el calor del deseo, nos fuimos desnudando mutuamente, liberando la piel necesaria, acariciándola, saboreándola, sintiéndola, todo despacito y gustoso, como si fuera en cámara lenta, con la tele brillando al fondo, apenas iluminando su piel y la mía. Mis manos acariciando sus hombros o colgándose de su cuello, sus labios jugando en mis pezones, sus dedos acariciando mi cadera, sus piernas desnudas, mis uñas rozando se espalda. Cada paso con delicadeza, con lentitud, sin estropear el deseo con las prisas de la calentura.

Lo llevé a mi cama. Ahí terminamos de quitarnos la ropa. Me doblé para comer su sexo y él hizo lo mismo para probar el mío. Después del sesenta y nueve me cogió, cogimos o cómo fuera, el caso es que sentí una química que me voló todita.

Aclaro: el propósito de año nuevo aún no lo doy por fracasado, falta mucho para que pueda declararme enamorada, pero de que lo sucedido anoche no lo tenía planeado y me gustó, no puedo negarlo. Estoy empezando romance y sí, por si se lo preguntan, no sabe a qué me dedico.

sábado, 17 de agosto de 2013

FLOJITA Y COOPERANDO POR LULU PETITE

Siempre he sido caliente ¿Por qué negarlo? Si después de tanto leer mis travesuras ya sabes de qué pie cojeo, cuándo la marrana torció el rabo, en qué congal me bajaron primero los calzones, cuánto y por qué tan caro, qué motel me late más, en qué posiciones la siento más rico y que el sexo me gusta un día sí y otro también.

Puede estar mal que lo diga, pero soy una mujer atractiva, visto bien, soy educada, estoy en forma, huelo rico, soy joven y dicen que me veo sabrosísima cuando estoy teniendo un orgasmo. Si tengo estos atributos y destrezas no veo por qué no gozarlas y, faltaba más, sacarles provecho. De algo hay que vivir, qué mejor si es de algo que disfruto. Y no pongas tu cara de inquisidor, lo mío no es cinismo, simplemente soy sincera o realista. Ultimadamente, llámale cómo quieras. Mientras no falte pan en mi mesa y calor en mi cama, muy mi pedo la manera en que los consigo.


No sé si siempre fui así, si es algo que traiga por naturaleza o simplemente fui haciendo callo, ya sabes, por la práctica. Cuando tu chamba es recibir el amor carnal de señores de todas las edades, gustos, hábitos y complexiones, quieras o no, a la larga te acostumbras (Y francamente a mí la larga me encanta y estoy muy acostumbrada a ella).

A decir verdad, prácticamente toda mi vida sexual ha estado asociada al mundo de la prostitución. Tal vez por eso no puedo decirte si esta calentura es algo que traigo de fábrica o que se me formó en el oficio. El caso es que necesito hombre. No novio. No te vayas a confundir. El noviazgo tiende a la monotonía y a mí me gusta variarle. No ocupo promesas ni títulos, me basta con tener una espalda masculina de dónde abrazarme cuando siento que me vuelan en las venas las maripositas del orgasmo.

Te digo. Debe ser la fuerza de la costumbre. Ya sabes que empecé en esto muy chavita. Antes de acostarme por dinero con mi primer cliente, sólo había tenido una pareja sexual. El chavo a quien entregué mi virginidad y que durante los primeros años fue algo así como entre novio y padrotito. No es que me mandara a talonear ni mucho menos que me obligara a hacerlo, pero sabía a qué me dedicaba y bien que disfrutaba lo comprado con el sudor de mis nachas.

Antes de él era casta y pura. Claro, no voy a negar que me diera mis buenos besotes y uno que otro faje con un par de noviecitos, pero sin prestar el tesorito, puro cachondeo light. A lo más que llegué, con el gerente de un restaurante en el que trabajaba y que me gustaba de a madres, fue a mamársela después de una fiesta en su casa. No me gustó. La neta es que le apestaba, sabía horrible y me atragantaba. De esas que todavía no sabía cómo meterme una cosa así a la boca sin provocarme arcadas. Entre el sabor, la pestilencia y la invasión a mis amígdalas, iba a acabar guacareándosela, así que terminé sacándoselos con la mano y no volvimos a hablar del tema.

Sencillamente, la calentura es maravillosa. Me sirve para disfrutar la vida, para sentir la adrenalina navegándome en el cuerpo, el deseo haciéndome brincar el pecho, provocando que se me ericen los cabellos, que me lubrique la entrepierna y que los pezones se me pongan duros. Desde luego coger sirve para socializar. No me has de dejar mentir. Después de hacer el amor, no hay nada que esconder, ni mejor manera de romper el hielo, que preguntar si me gusta de a perrito.

El caso es que, con tantas ganas acumuladas, ahora que no tengo alguien con quien poner a rechinar los resortes de mi colchón por el puro gusto de darle placer al cuerpo, con el profe lejos y un muro de contención impidiendo cualquier intento de que alguien se quiera instalar en mi corazón o en mi colchón, he estado de lo más condescendiente con mis clientes ¿Dije condescendiente? Corrijo: He estado de lo más caliente con mis clientes. La neta es que en cuanto me llaman, es como si me retozara una chispita entre las piernas. Inmediatamente siento curiosidad, ganas.

En los años que llevo dedicándome a esto he experimentado muchas sensaciones, desde el miedo hasta la lujuria, pero la curiosidad es cosa nueva. Siéndote franca, hace tiempo, cuando recibía una llamada principalmente pensaba en la paga. En qué cuentas me ayudaría a cubrir. La cogida de la mañana acabalaba para la renta, la de a medio día pagaba el súper y la tercera iba para la colegiatura. Quién estaba detrás de ese dinero no era lo que ponía al centro. Ya que empecé a profesionalizarme, al responder una llamada pensaba en el cliente, si le gustaré, cómo debo arreglarme, qué debo hacer para complacerlo.

Sin embargo, de un tiempo para acá, cuando recibo una llamada la primera pregunta que me hago es cómo será la persona del otro lado de la línea. Si no lo conozco, trato de imaginarlo a partir del tono de su voz. Si ya lo he visto antes, trato de recordarlo y de imaginar las cosas cachondas y divertidas que vamos a hacer. Pienso en mí y lo deseo.

Y así voy todo el camino. Desde que confirmo la cita por teléfono, me ducho, me maquillo, manejo al motel, me anuncio en la recepción, subo al elevador y toco a su puerta, cada momento voy fantaseando sobre la forma en que seré recibida, cómo me besarán, cómo agarrarán mis tetas y lamerán mis pezones, cómo hurgarán entre mi ropa, vencerán mis defensas, acariciarán donde quieran, me cogerán sin importarles tal vez quién soy ni lo que siento, sino en un simple y adulto intercambio de tiempo, de caricias, de sensaciones, de orgasmos, de emociones, de ternura. Ni modo, he descubierto que últimamente soy otra, una muy caliente, muy mimosa. Descubrí que soy muy zorrita.

sábado, 10 de agosto de 2013

PROPUESTA INDECOROSA POR "LULU PETITE"

Lunes por la noche: fui a atender a un cliente. No fue en un motel de los de pisa y corre porque vino de Oaxaca por asuntos de trabajo, así que aprovechó la habitación en la que se hospedó para recibirme.
Es delgado, más bajito que yo, de casi sesenta años, cabello entrecano y el rostro arrugado (rugosidades prematuras, porque no es que se vea viejo, sino acanalado). Eso sí, tiene una sonrisa muy expresiva, que hace que sus arruguitas chocarreras le dibujen un mapa de surcos en la cara, que le dan un aspecto cordial. Es chilango, pero con treinta años viviendo en la tierra de Benito Juárez, ya se siente más oaxaqueño que una tlayuda.

Trabaja para una empresa importante, tiene sus propios negocios y sabe gozar la vida. Me llamó, según él, porque tenía curiosidad conmigo, dizque ver si era cierto lo que escribo. Me cayó bien, es buen conversador y con gracia para contar chistes, me tenía de una carcajada a otra.
A media plática se acercó, me jaló suavemente de los jeans y llevó sus labios a los míos. Eran besos apasionados, expertos, de alguien que ha besado muchas bocas y sabe encontrar y aprovechar las diferencias. Sus manos resbalaron hasta mi trasero y me jaló de nuevo hacia él, para que sintiera crecer su erección bajo el pantalón. Estuvimos un rato, entre faje y besos, hasta que nos fuimos a la cama y ponchamos como es debido. Terminando, volvimos a la plática y nos despedimos, con la promesa (casi siempre mentirosa), de volver a vernos.

Martes, a medio día: Recibí un mensaje de texto felicitándome por la columna de aquel día y diciéndome que se la había pasado muy bien. Firmaba: “Arruguitas”
Miércoles, en la tarde: Misma habitación. Esa vez no hubo plática previa, lo encontré más ganoso que a un puberto a media chaira. Estaba súper excitado, con el pene ya durísimo y apurado por escapar de la bragueta. No sé si simplemente el estar fantaseando lo había puesto más caliente que un comal de tortillera o de plano el muy canijo se había aventado un coctel de viagra, el caso es que no me dejó ni terminar de entrar, cuando cerró la puerta, me detuvo y me dio un beso ansioso mientras me acariciaba el rostro.

Me llevó de regreso a la entrada, acorralando mi cuerpo entre el suyo y la puerta, puso sus manos a mis muslos y, metiéndolas bajo mi falda, quiso sacarme el vestido.
-¡Momentito corazón!- le dije empujándolo suavemente -Con brusquedades me desarmas, no ves que soy frágil y chiquita, vámonos despacito- El hombre soltó una carcajada y me siguió mansito hasta la cama.

Volvió a besarme, pero ya no con urgencia adolescente, sino con la prudencia y experiencia del lunes previo. Mientras me besaba, toqué su bulto y desabroché el pantalón, metí la mano por sus boxers y sentí ardiendo la piel de su sexo, y cuando digo ardiendo es ardiendo, realmente entendí la frase de “caliente como cautín”. Es decir, el hombre estaba al rojo vivo, con el pene a una temperatura que quemaba.

-Oye baby ¿Es normal?- Le pregunté
-Es que traigo muchas ganas… así me pongo…
-Bueno mijo, mientras no me vayas a quemar por donde despacho.
Desde luego, no era para tanto, me puse en cuclillas, abrí los labios, le calcé un preservativo y comenzamos. Lo bueno de que estuviera tan ardiente, es que más tardó en entrar que en venirse. El resto de la hora, prefirió que conversáramos mientras le daba un masajito con piedras calientes.

Jueves en la noche: Me volvió a llamar, pero esa vez quiso un servicio de dos horas. Nos vimos en la misma habitación. Venía de una reunión de trabajo y se veía cansado, me dio unos cuantos besos y me pidió que por esa ocasión comenzáramos por el masaje. Me estuvo contando cosas de su vida, de su trabajo, de sus planes. Me dijo que es viudo, que tiene dos hijos, una hija y tres nietos. Cuando terminé el masaje, me pidió que me montara. Luego me puso boca abajo y, separando un poco mis piernas, me hizo el amor mientras masajeaba mis hombros y cuello con sus pulgares. Estuvo rico. Esa noche lo hicimos tres veces y nos despedimos de veras, pues al día siguiente volaba de regreso a Oaxaca.
Viernes, a medio día: Me preguntó si me podía ver rápido en su hotel, quedaba tiempo antes de que su avión saliera. Llegué lo más pronto que pude e hicimos el amor de prisa.

Estábamos en la despedida, cuando me tomó de la mano y, mirándome a los ojos disparó la propuesta:
-Oye… Cásate conmigo…

Nunca sé que contestar cuando me hacen esos planteamientos, así que lo abracé, le di un beso dos-tres atrevido y le dije:
-No mijo, así estamos bien, si el sol es uno y nos calienta a todos ¿Quiénes somos para pensar que nosotros sólo podemos calentar a uno?

sábado, 3 de agosto de 2013

CHAVITO PRECOZ POR LULU PETITE

Hoy atendí a un chavito encantador. Diecinueve años cumplidos hace apenas unos meses. Bajito, muy delgado, cara afilada, piel blanca, sus ojos grandes y tristones, su pelo largo, con un corte estilo pastor inglés que está tan de moda entre los teenagers. Su expresión dulce, casi melancólica, el típico chavito bonito, tirándole a nerd, que tiene un encanto raro, al que aún no aprende a sacarle provecho.

He de admitir que, aunque se ve exageradamente joven como para gustarme, está guapo. Aun así, es el niño más tímido que he conocido en mi vida. Como de costumbre, lo primero que hice cuando vi que el cliente se veía muy verde, fue pedirle que me mostrara su identificación. Siempre he sido precavida y tengo la firme convicción de que no hay nada más ruin que robarse la inocencia de un menor, de cualquier modo, desde el asunto del Kalimbazo, extremo precauciones cuando veo a un cliente con cara de que tuvo que juntar sus domingos para contratarme.

No entré al cuarto hasta que tuve en mis manos y pude comprobar que la credencial de elector era auténtica. Naturalmente se la devolví de inmediato, no iba a salvarme de la acusación de estupro ganándome una denuncia ante la FEPADE.

Comprobada la mayoría de edad y entendiendo con eso que ya tenia peluche en el tablero, pasé a la habitación. El chavito estaba hecho un manojo de nervios. El cuerpo le temblaba, las manitas le sudaban frío, tartamudeaba. No sabía qué hacer, nomás se quedó allí, paradito junto a la puerta, esperando a que yo le dijera qué seguía. Supuse que si no lo tranquilizaba corría el riesgo de que le diera un síncope o se me pusiera turulato.

-Siéntate- le dije -no estés nervioso. No muerdo (a menos que te guste)…
Le robé la primera sonrisa. Se sentó frente a mí, distante, como si en su habitación se hubiera metido un tigre, domado, pero peligroso. No sabía yo si era mucho el miedo o si de plano el chavito no sabía ni qué hacer. Me le acerqué y lo tomé de la mano.

-Cálmate- le dije acariciándole el brazo –Podemos irnos despacito, el chiste es que lo disfrutes.
No hice preguntas obvias. Aunque él no lo dijo, evidentemente era su primera vez. No es mi especialidad desquintar chavitos. No es mala onda, pero aunque me provocan ternura, en la mayoría de los casos tienen esa torpeza natural que sólo se disfruta cuando se hace como un acto de amor. De todos modos, somos arrieros y en el camino andábamos, así que ya encarrilados y una vez que se calmó un poquito, comenzamos con el juego amoroso.

Le di un beso en los labios que lo hizo estremecer.
-¿Te ayudo a denudarte?- Le pregunté

-No, yo puedo- Contestó y, como si tratara de entrar al libro Guiness de records en desnudos rápidos, se quedó en purita trusa, exhibiendo una potente erección. He de admitir que, si en todo lo demás aún se veía muy chavito, lo que tenía entre las piernas era de un hombresote. Grande y aguacatudo.

Así se recostó en la cama, sólo con su calzoncito puesto. Yo me puse a su lado y le besé nuevamente los labios. Acaricié sus muslos y sentí cómo su erección seguía palpitando tremenda, escapando ya un poco de sus chones. Seguí besándolo y, cuando puse mi manita encima de su trusa, lo oí gemir y allí sin más, disparó un chorro tibio, viniéndose copiosamente.

El pobrecito se puso más colorado que una nalga de mandril y no dejaba de pedirme disculpas. Me paré al baño y le traje un poco de papel higiénico para que limpiara el batidillo. Estaba el pobre tan caliente, que la descarga fulminante le cayó en su cara, pecho, barriga y dejó sus chones más almidonados que en tintorería de los años cincuentas. Afortunadamente yo salí ilesa. A penas se desembarró, se levantó a bañar.

La ducha y la descremada sirvieron para que se tranquilizara. Ya muy limpio se recostó de nuevo al lado mío y comenzó a platicarme su vida. Resulta que está perdidamente enamorado de una niña de su salón. Enamorado así, como lo hemos estado todos alguna vez en la vida. De esas que se duerme pensando en ella y es ella lo primero en quien piensa al despertar. De esas que los fines de semana le parecen eternos y los lunes son día de alivio, de volver a verla, de cruzar palabra, de soñarla despierto.
El caso es que su enamorada no tiene ni la más puta idea de que nuestro amigo está dando las pompis por ella.

-¿Qué me aconsejas?- Me preguntó, como si yo fuera experta en amores. Creo que platicamos bonito, pero si les parece, de eso les cuento para la próxima.