sábado, 28 de septiembre de 2013

El hombre nuevo por Lulù Petite

Conocí a un hombre nuevo. No lo conocí hoy, sino hace más de un año. Después de hacerme el amor, me contó su historia. Esa mañana, como todas, salió en bata y pantuflas a sacar la basura de su casa. Como se le había hecho un poco tarde y el camión había pasado ya frente a su puerta, corrió para alcanzarlo. En la carrera, una pantufla salió volando y el buen hombre dio el resbalón. Su cuerpo golpeó contra el piso y escuchó, a un par de metros, un bip-bip, que anunciaba al enorme camión avanzando en reversa hacia su cuerpo tendido.


Afortunadamente, el grito oportuno de uno de los que vacían los botes en el camión, permitió que el asunto pasara de tragedia a anécdota e hizo que el chofer se detuviera a unos centímetros de dejar al hombre despanchurrado a media calle. Se puso de pie con apenas un raspón en la rodilla. Cuando levantó la vista, varios vecinos estaban de curiosos felicitándolo por haber salvado el pellejo.

Él acomodó su pijama, se sacudió el polvo, cerró su bata, recogió la pantufla que había perdido y se metió a su casa agradeciendo a los vecinos y salvando su dignidad, casi pisoteada (literalmente) por toneladas de basura.

Según me dijo, sentirse tan cerquita de chupar faros, le hizo replantearse de sopetón sus prioridades. A sus sesenta y cuatro años ha hecho muchas cosas, pero se ha quedado con ganas de muchas otras. Su pensión es buena y su vida, razonablemente estable. Es viudo y sus hijos viven sin problemas. No tiene ganas de hacer viajes, de comprarse un deportivo convertible ni de tener una casa en la playa, como muchos de su generación, pero sí de tener una aventura lo más cachonda posible con una mujer joven y bonita, que tuviera la piel firme, el vientre tenso, los senos macizos, las formas redondas y tiernas como la piel de un durazno. Que oliera a nueva, a perfume caro, que sus labios tuvieran todavía la sal y el azúcar de la primavera, pero la experiencia del sexo vivo, de la sangre ardiente, del deseo.

Desde luego, frente a la revelación incuestionable del milagro con el camión de la basura, aquel hombre no iba a andar escatimando para atender sus pendientes. Ya alguna vez había leído mis colaboraciones en El Gráfico y como tratándose de segundas oportunidades, no se pone uno a pensar en que amores de sesenta y veinte se dan así nomás buscando romance, decidió ahorrarse esfuerzos e ir a lo seguro. Le dio un pellizco a su cuenta bancaria y me llamó.

Cogimos riquísimo. De esas veces que el cliente viene tan motivado que todo sale de maravilla. Me recostó boca abajo, completamente desnuda y despacito, fue recorriendo con besos y dedos, cada rinconcito de mi cuerpo. Me besó detrás de la oreja, la nuca, el cuello, los hombros, recorrió mi espalda con besos suaves y pacientes hasta llegar a los huequitos que se me hacen entre la cintura y la cadera. Acarició entonces mi trasero y lo cubrió también de besos, separó un poco mis muslos y besó su parte interna, se siguió hacia las corvas, a las pantorrillas y terminó en los talones. Entonces pidió que me volteara y emprendió el camino de regreso hasta mis labios.

Cuando al fin me penetró también lo hizo entre la pasión y la ternura, sentí rico. Una erección potente para haber alcanzado la sexta década. Una virilidad distinta, experimentada, pero tan firme y brava como la de un muchacho. Se vino sabrosísimo, dándome un beso y apretando su cuerpo contra el mío. Después me enseño el raspón de su rodilla, me contó la historia de cómo había vuelto a nacer y me explicó que había tomado la decisión de ser un hombre nuevo, de no quedarse con ganas de nada. Nos despedimos como grandes amigos y el hombre nuevo se fue a su casa.

Seguimos viéndonos para festejar el milagro de la vida. Al principio una vez al mes, luego cada quince días, después más seguido. Siempre nos la pasábamos de maravilla. Es muy consentidor y, además de hablar largo y tendido, siempre se toma su tiempo para acariciarme suavecito en la espalda, de una manera que pocos saben y que mucho me gusta, que me pone dócil y ligera. Eso sí, antes de esa paz, siempre lo encuentro caliente, como fiera brava, con unas ganas de cogerme que me estremece. Me recibe con besos de adolescente y me hace el amor con una lujuria y entusiasmo que en verdad me hacen sentirlo como un hombre nuevo.

Ayer nos vimos. Como siempre, hicimos el amor y después vinieron las caricias. De pronto se detuvo. Me dio un beso en el hombro y, pidiéndome que volteara a verlo, me dijo, mirándome a los ojos con ternura -Te amo, cásate conmigo-. Me habría encantado quererlo y no tener que decirle que no, pero ni modo, en el corazón no se manda y, con toda cortesía y la mayor jilocaína que pude poner en mis palabras, tuve que mandarlo a la burguer. Nos despedimos con un poco de tristeza, él se quedó en la cama, como si lo hubiera aplastado el camión de la basura. Por primera vez, no parecía un hombre nuevo.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Desquintando un caramelo por Lulù Petite

Hace unos días atendí a un chavito de 21 años. Más rosita que blanco, con ojos grises muy profundos, cabello negro medio despeinado, barriguita, pecas en la nariz, sonrisa inocentona (como de calabaza en Halloween) y un hermoso par de cachetes, redondos y colorados, muy besuqueables.

Si hubiera estado vestido de boy scout, habría jurado que me iba a tirar al monito de la película “Up” (esa donde un gordito viaja con un viejito en una casa con globos). La neta es que me dio un chorro de ternura. Platicamos padrísimo, nos reímos y, claro, como yo a lo que iba era a chambear, tuvimos relaciones.


Fue su primera vez y estaba muy nervioso, sus manitas sudaban tanto que parecían mojarritas escurridizas y noté que le temblaban los labios cuando me acerqué a besárselos. Algunos primerizos son fascinantes, son tan dulces que te esfuerzas más para que disfruten. Él, además de encantador tenía una timidez de venadito que dan ganas de apapacharlo.

Cuando entré a la habitación se quedó helado, no sabía si besarme, abrazarme, o de plano darme un apretón de nachas. Nomás se quedó paradito junto a la puerta, viéndome entrar y ponerme cómoda. En estos casos, lo más importante es hacer que se calmen (hacerlo con miedo es casi perverso).

Fue entonces cuando me acerqué, lo tomé de las manos, le arrimé los pechos y besé sus labios despacito, dejándole saborear las caricias de mi lengua. Cuando el beso terminó, los nervios se iban convirtiendo en deseo y confianza.

Nos fuimos a la cama. Seguimos besándonos y nos pusimos a platicar. Resulta que está estudiando administración de herencias, le encanta leer y va al cine una vez por semana, tiene un hermano más chico y nunca ha tenido novia. Le fascinan los videojuegos, las series gringas y está enamorado (en silencio) de una chavita a quien según él me parezco.

Resulta que ésta no era sólo la primera vez que lo hacía ¡el nuestro había sido su primer beso! (Me pareció muy tierno que me lo confesara). Para cuando terminamos de platicar, ya había vencido de plano sus miedos y estaba listo para desquintarse.

Nos desnudamos. Él, como si le hubieran soltado las riendas frente a los regalos de Santa Claus, se fue derechito a mis pechos. Me los agarró como si quisiera calar melones y se los llevó a los labios ¡Parecía chivito en lechería! no sabía si acariciarlo o pasarle un bolillito pa’ que acompañara su lactancia.

Para calmarle el apetito, le pedí que me diera otro beso. Mientras lo hacía, tomé su mano y la llevé despacito por diferentes partes de mi cuerpo, luego le pedí que me besara el cuello y que dibujara corazoncitos con sus dedos en mi espalda, lo hizo bien. Terminamos comiéndonos mutuamente a besos.

Para cuando llegué a su miembro ya estábamos perfectamente acomodados para un espléndido sesenta y nueve. Lo tenía lindo, ni grande ni chico, muy limpio, rosita desde la base y con la cabecita de punta redonda, como fresa madura. Nuestras lenguas tuvieron en qué entretenerse.

Hicimos el amor despacito, cuando él se atrabancaba, lo regresaba a un ritmo que le permitiera disfrutar su debut. Cuando entró, le di un beso en los labios, lo abracé y lo dejé moverse. Lo hicimos de misionero, de perrito y de cucharita.

Me la pasé muy bien, fuimos como dos amigos descubriéndose y ayudándose, uno con mucha más experiencia que el otro, pero gozando al mismo tiempo de los hallazgos, de los aprendizajes. Cuando terminamos, el se acostó boca arriba y yo puse mi cabeza sobre su pecho. Me abrazó.

-¿Quieres ser mi novia?- me dijo mirando al techo.
-Claro corazón, toda la hora y todas las veces que quieras reincidir.
-Ja, ja, yo digo mi novia de veras.
-¡Ay chiquito! para qué te miento, tu y yo acabaríamos muy mal.
-Pero me gustas mucho.
-Por eso niño, deja que una con menos problemas existenciales sea la primera que te rompa el corazón, a mí nomás me tocó quitarte lo quintito- Nos reímos.

Le empecé a dar besitos en el cuello, mientras él acariciaba riquísimo mi espalda. Cerró los ojos y, resignado, me contó de la niña que lo trae de nalgas.

A decir verdad, creo que no ha tenido pegue con las chavas porque es muy tímido. No es guapo ni feo, pero es tan lindo y tierno que, acá entre nos querido diario, si mi vida no estuviera tan liada y este muchacho tuviera al menos nueve añitos más, igual hasta le daba chance. De todos modos estoy segura de que cuando se despabile, ese camaroncito que yo me despaché, va a estar haciendo las delicias de más de un coctelito.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Puro y mundano sexo por Lulù Petite

Goliat llamó de nuevo. A veces me pregunto si, al menos con él, no está mal esto de estar contando con lujo de detalles cuándo me hace el amor, lo mucho que lo disfruto y hasta qué punto me gusta cómo poncha. El asunto es que estoy consciente de que lee lo que escribo, de que se mete a mi blog, de que compra El Gráfico, de que le encanta que hable maravillas de sus dotes amatorios, lo curioso es que cuando estamos juntos no se lo digo. Cuando lo veo, simplemente me le voy a los labios, me pongo flojita y me dejo hacer lo que a él se le va ocurriendo. Sin amor, eso sí, puro y mundano sexo.


Cuando platicamos siempre es de otras cosas, yo le cuento de la escuela, de los amigos. Él habla del trabajo, de su ex o de sus chipayates. En realidad hablamos de cualquier cosa, excepto de la química que tenemos. La palabra “nosotros” no la usamos.

Al parecer yo se lo digo todo a través del periódico y él me responde volviéndome a llamar y pagando de nuevo por poncharme riquísimo. Y es que con él siempre he tenido orgasmos, nunca quedo insatisfecha. Como negocio, es una maravilla, pero no deja de intrigarme.

Me pidió que nos viéramos de nuevo primero para desayunar y después para irnos al motel. Me pareció buena idea. Nos encontramos a la misma hora y en el mismo lugar de la vez pasada, de nuevo, el Don con aires de mayordomo de la reina de Inglaterra me llevó hasta la mesa donde me esperaba mi galán y me ofreció un juguito y un plato de fruta fresca. Desayunamos riquísimo y la conversación estuvo inmejorable. Después pedimos la cuenta. Su idea era que nuevamente nos fuéramos juntos en su carro y después él me regresaría a recoger el mío, pero como para esa mañana yo tenía otros compromisos, preferí que cada quien nos fuéramos en el propio, así que nos seguimos hasta el motel.

Se estacionó al fondo y yo detrás de él. Recorrimos el estacionamiento y llegando a la recepción me tomó de la mano. En el elevador me dio un beso. Ya en la habitación aproveché para cepillarme los dientes, mientras él encendió la televisión. Me pareció raro, nunca antes había prendido la tele cuando estábamos juntos. Después de mí, también pasó a lavarse la boca. Había dejado la tele, sin volumen, en uno de los canales porno. En la pantalla había una rubia muy joven a la que un narizón le daba por el fundillo.

Cuando regresó del lavabo comenzó a besarme y tocarme. Subió mi faldita y apretó mis glúteos suavemente. Entonces, para no faltar a la costumbre, me levantó y me dio un beso de aquellos. Conmigo en sus brazos, caminó unos metros y me tumbó en la cama, después sin desvestirme, me quitó la tanga, separó mis muslos y metió su cara bajo mi falda. Su lengua y labios atendieron mi clítoris con entusiasmo, mientras yo veía, en la tele muda, los gestos de placer de la rubia a quien sodomizaban. No pude evitar tener un orgasmo en su boca, pero él siguió lamiéndome hasta que tuve que empujarlo cuando el placer era ya insoportable.

Se levantó y, sin decir palabra, se desabrochó los pantalones y estiró una mano para ayudarme a sentar. Le ayudé: Bajé la bragueta, jalé un poco el resorte de sus bóxers y aquello saltó como si estuviera vivo. Sentí en mis manos la piel suave y tibia de su erección, la vi crecer, ponerse dura, sentí como se inflaba para mí. Se la jalé un poquito y le pedí que me besara echando un poco la cabeza hacia atrás y ofreciéndole los labios. Entendió. Con una mano en su sexo, la otra apretándole los muslos y mi boca besándole la suya, me puse tan cachonda que el corazón me empezó a brincar como tambor de guerra.

Como siempre, el sexo estuvo formidable y extenuante. Después del segundo brinco, nos quedamos un ratito acurrucados la una en los brazos del otro. Entonces llegó la hora de despedirnos. Me levanté y fui a ducharme. Él me miraba a ratos, con sus manos en la nuca y su cuerpo perfecto tendido sobre las sábanas. Después volteaba y se quedaba viendo el televisor silenciado, donde ahora un par de negros con unos enormes pitos atendían por todos lados a una morenita de cabello chino. Me terminé de vestir y le lancé un beso.

-Me voy corazón- le dije -tengo un compromiso y se me hace tarde. Nos vemos pronto.
-Ah qué huerca ¿Cómo que ya te vas?- respondió sonriendo -¿No se te olvida algo?
-No corazón- respondí
-No te he pagado
-Has de saber que eso no se me olvida nunca baby, ésta va por mi cuenta-le dije cerrándole el ojito. Abrí la puerta, salí y me fui por mi coche.

Digamos que fue una de cal, por las que van de arena. Cortesía de la casa.

lunes, 2 de septiembre de 2013

"PRIMERIZO" POR LULU PETITE

Cerré los ojos y sentí su tacto ansioso tratar de palpar cada milímetro en mi piel. Las caricias atrabancadas, las palmas sudorosas, las manos temblorosas y la boca seca. El chavo estaba muy nervioso. Me dijo que tenía veintiocho años, pero le calculé veintiuno. Por si las moscas, le pedí que me enseñara su credencial de elector (Caras vemos, Kalimbazos no sabemos). Resultó nacido en 1990, así que tiene 22 años (casi le atino). Me parece gracioso que quiera hacerse pasar por más grande, como si con eso ganara algo. Así tuviera diecinueve o setenta, mientras tenga edad legal, me pague y no quiera pasarse de lanza, un cliente es un cliente.


Hay dos tipos de clientes nerviosos. Los que se dejan llevar (y puedes bajarles los nervios) y los que están tan ansiosos por coger, que se les nubla el entendimiento y no se dejan ayudar. Los primeros generalmente son chavos o señores que no han contratado antes los servicios de una profesional o que están emocionados porque -valga la falta de modestia- les hace ilusión conocerme.

Los segundos, esos que no entienden de razones, casi siempre son primerizos, quintos, célibes, castos, puros… vírgenes, pues. No es una regla, hay novatos con tanta intuición que desde su primera vez cogen divino, escuchan consejos, reciben instrucciones y se estrenan con experiencias muy gratas. Hay, en cambio, otros que de plano, creen que si no lo tocan todo, si no aprietan, si no exprimen, no están haciendo bien las cosas, son bruscos para acariciar, torpes para besar e ineptos para coger. Así era este muchacho. No mal intencionado, pero si tosco y evidentemente falto de experiencia.

Al principio traté de llevarlo. De buscar que se relajara, que respirara profundo, calmara su temblorina y se diera chance de disfrutar el rato, pero nada, no escuchaba, sólo quería manosearlo todo, lamerlo todo. Llegó el momento en que me desnudé, le pedí que hiciera lo mismo y nos metimos a la cama. Fue entonces cuando cerré los ojos y sentí su tacto ansioso tratar de palpar cada milímetro en mi piel.

No hice gran cosa. Me dejé tocar, rezongando cuando lo hacía de manera brusca y parándolo cuando me incomodaba. Lo dejé ver, servirse, explorar el cuerpo de una mujer desnuda y deseable. El problema se agravó en cuanto se fue a mis senos.

Los pezones son una zona erótica muy sensible. Bien acariciados pueden abrir las puertas a los placeres más exquisitos, mal tocados pueden joder hasta el más entusiasta de los encuentros. Lo peor que puedes hacer con un pezón es tratarlo como si quisieras sintonizar una estación en un radio antiguo. Definitivamente ¡No! Me cae que no son giratorios. No son de hule y es completamente anti erótico torcerlos como si estuvieras haciendo una travesura de secundaria. Es como si yo le agarrara al cliente su pirrín y empezara a girarlo como tornillo, estoy segura que a la primera vuelta si no me sueltan un manazo, al menos si salen por patas.

Quité su mano de mi pecho y me paré como si me hubieran puesto resortes en las nalgas.

-¿Eres virgen?- Le pregunté, como evitando decirle que la estaba regando. Se me quedó mirando con cara de susto.
-Eh… no…- Respondió dudoso –C… cómo crees…
-Sabes que si me tuerces así me duele ¿verdad?- Le dije medio encabronada-

Como que le cayó el veinte porque a partir de allí fue otro. Un chavo que se dejaba llevar. Jugamos a que él no se movería a menos que yo se lo ordenara. Se acostó boca arriba, con las manos bajo su nuca y la promesa de que si movía las manos sin que yo se lo pidiera, el juego se terminaba. Me senté sobre él y le di un beso en la boca. Fue un beso suave, apenas rozando sus labios con los míos, no dejando que las lenguas se tocaran. Entonces comencé a bajar trazando una ruta de besos que caminó por sus mejillas, su cuello, su pecho y su vientre. Cuando llegué abajo, acaricié la parte interna de sus muslos, tomé su sexo y comencé a jalarlo, repartiendo besos en su estómago y en sus piernas. Entonces le puse un condón y me lo metí en la boca.

Engullí aquella erección humedeciéndola con la lengua. Probándola, dándole esa caricia oral que a casi todos los hombres les encanta. Luego me monté en él, con mis manos en su pecho y su sexo clavándose en el mío hasta tocar fondo. Gemí y comencé a moverme.

Entonces lo tomé de las muñecas. Besé sus manos y entrelacé mis dedos con los suyos. Luego, sin soltarlos y sin dejar de moverme, llevé nuestras manos a mi cintura, las bajé por la curva de mis muslos, las regresé por el mismo camino, pasamos por mi abdomen y llegamos a mis senos. Dirigí, sin dejar de moverme, caricias suaves, correctas, pertinentes. Luego, me doblé hacia adelante, todavía con su pene dentro mío y sin dejar de coger, puse uno de mis pezones cerca de sus labios. Sacó la lengua para alcanzarlo y lo humedeció un poco. Seguí moviéndome, cuando le di un beso en los labios ahora sí un beso más franco, más amoroso. Se vino en ese momento.

Nada mal para una primera vez ¿No?