domingo, 27 de octubre de 2013

Receta para un buen beso por Lulù Petite

Comencé con Axel el curso aquel de sexo, diez por ciento, teoría; noventa por ciento, práctica. Vamos bien, al menos de la primera sesión, además de acabar exhaustos y satisfechos, sacamos buenos resultados. También me permitió escribir, como la tía Chonita, una humilde receta para un buen beso que, ya que no a todos puedo darles el curso presencial, espero sea de utilidad.


Ingredientes:
Dos pares de labios
Dos lenguas
Cuatro hileras de dientes previamente lavados
Dos cuerpos calientes
Tres cucharadas de hormonas y
Seis tazas de imaginación

Instrucciones:
Busca a una persona que quiera ser besada. Puedes encontrarla en cualquier lado. Respetando los parámetros que la ley establece, no importa la edad, sexo, raza, religión, preferencia sexual, condición social, idioma, nacionalidad, filiación política o que le vaya al América. Con que te guste y le gustes es más que suficiente.

Tómala de la mano. Puedes tomarle una o las dos al mismo tiempo. Después de la vista, el tacto es nuestra principal herramienta para conocer el mundo.

Mírala a los ojos. No te voy a salir con la cursilería de que son los espejos del alma, ni de todas las cosas que puede inspirar una mirada. No, ver a los ojos a quien vas a besar es un acto de cortesía. Un beso es de esos pocos sucesos en que al mismo tiempo das y recibes. Generalmente, cuando los labios se encuentran, es necesario cerrar los ojos para concentrar todos tus sentidos en el acto besatorio (y para evitar que lo que veas parezca un cuadro de Picasso). Por eso justo antes de besar, debes poner una mirada en los ojos de quien te va a permitir compartir su intimidad.

Ahora sí, conforme acercas tus labios a los suyos, cierra los ojos. No lo hagas antes si quieres evitar un posible coscorrón o terminar besando la punta su nariz. Recuerda: Un beso debe saber a beso, nada más. Cuando mucho puede tener un toque mentolado o fresco, pero jamás intentes darlo beso si te apesta el buche. Un beso está condenado al fracaso si viene con la marca de los tacos del paisa. Si te desayunaste dos de tripa con todo, no le hagas a nadie la majadería de querer darle un besito mordelón. Pasta, cepillo y enjuague bucal deben estar en la primera página de cualquier manual de civilidad y buenos modales, si de plano no hay, al menos ten siempre un chicle o una pastilla a la mano.

Es primordial una buena postura. La cercanía que te permita tener todo a mano, que las cabezas embonen, que los cuerpos se acoplen, que las hormonas fluyan. Busca siempre una posición en la que uno quede ligeramente más alto que el otro, así los labios se ajustan con más facilidad.

Respira por la nariz. Un beso no es un ejercicio de resucitación con respiración de boca a boca. Nadie tiene que ponerse morado. Relájate. Sigue el paso de tu pareja. Como al bailar, un beso es un acto de comunicación, ritmo y sincronización, en el que alguien lleva y otro se deja llevar.

Hazlo siempre de menos a más. A nadie le gusta un beso con los labios apretados, pero nada puede ser más desastroso que un beso invasivo, de esos que de inmediato parecen querer sacarte las amígdalas con la lengua. Un buen beso comienza con movimientos suaves y poco a poco va cobrando cadencia hasta volverse pasional. Empezar por lo apasionado sólo es válido en casos de emergencia, cuando los dos están tan calientes que no hay tiempo para modales.

Supongamos que tienes cerrados los ojos ¿sabes que es lo más importante de tenerlos así? Hace que el beso deje de tratarse sólo de dos bocas encontrándose y se convierta en la más tierna forma de comunicación entre dos seres humanos. Al cerrar los ojos estás besando con todo tu cuerpo. La proximidad de los labios lo hace posible todo. Los cuerpos se acercan, se rozan, se frotan, las manos son versátiles y pueden ser el mejor de los complementos, nunca las dejes quietas.

Un beso sabe distinto cuando una mano te está acariciando detrás de la oreja, cuando te toma de la cintura o te da un pícaro apretón de nalga.

La lengua es en el beso, como la actriz estelar en una obra de teatro. Si ella lo hace mal, no importa que lo demás haya estado de maravilla, todo se arruina. Debes ser muy cuidadoso con ella. Primero, ten en cuenta que un beso con baba es como ponerte a lamer nopales. No es lindo, no es sexy ni divertido. Utiliza tu lengua con reserva y conforme vayas viendo sus reacciones, modera las tuyas. Insisto, un buen beso es como un buen baile, no necesitas que te lo digan, sabes cuándo lo estás haciendo bien.

Un beso, insisto, es la más tierna forma de comunicación. Es simple, barato, quema calorías, elimina estrés, estimula el sistema inmunológico, incentiva la imaginación, aviva el romanticismo, ayuda a disfrutar la vida, está libre de colesterol, no tiene fecha de caducidad y es bueno para el corazón.

Por eso besa todo lo que puedas, recuerda que el beso como el pan, hay que llevarlo a la boca… Ultimadamente, ¿A quién le dan pan que llore? Y, lo más importante: cada beso dalo como si fuera el primero y disfrútalo como si fuera el último.

viernes, 18 de octubre de 2013

De una manera distinta por Lulù Petite

Hoy recibí el correo de una chavita que quiere iniciarse en esto. Me pedía recomendaciones sobre cómo empezar, qué hacer, a dónde ir. La única recomendación sincera que pude darle fue que no lo hiciera, que buscara otras opciones. Eso respondí.


Hoy también me encontré a Bárbara. La conocí en tiempos del hada. Una chavita delgada, alta, de piel blanca, cabello castaño y ojos color miel. En general era una mujer bonita sin llegar a espectacular, pero le apenaba mostrar su vientre, pues un par de pésimas cesáreas le habían dejado el abdomen como crucigrama.

En esa época tendría unos veinte años y, aunque no llamaba mucho la atención, se defendía porque tenía muy buen humor, sabía granjearse a los clientes y se llevaba muy bien con las demás chavas. Cuando había poco trabajo, nos quedábamos horas sentadas esperando clientes y contándonos nuestras vidas. Es curioso, pero cuando no hay clientes, la sala de estar de un congal suele ser una especie de terapia de grupo. Algo hay en el ambiente, tal vez tedio, que a la mayoría les suelta la lengua y las lleva a compartir con las demás su increíble y triste historia.

Bárbara tenía dos hijos, era una buena persona, alegre y sentimental, cuyos problemas no eran sino la consecuencia de tener que hacerse cargo de sí misma y de sus hijos desde muy niña.

Quedó embarazada por primera vez a los quince. Su familia, con siete hermanos y una madre soltera no tenía tiempo ni ánimo para apoyar a una jovencita que se comió la torta antes del recreo. Con la secundaria a medias, una mano atrás y otra adelante y la panza creciendo, no le quedó más que irse a vivir con sus suegros. Los papás de otro chamaco, también de quince, que soñaba con ser delantero del América mientras, entre juego y juego, le daba bajín al expendio de cervezas que tenía su mamá. Aquí es donde la señorita Laura, tendría que llamar al garañón al set: ¡Qué pase el desgraciado!

Ya con el primogénito en brazos, la vida de Bárbara pasó de Guatemala a Guatepeor. El maridito, además de pedo le salió golpeador y en la casa de los suegros, la trataban de chacha pa’bajo. A cambio de cama, comida y madrizas, la familia del pambolerito tenía criada gratis.

Una noche, cuando el astro futbolero quiso pegarle a su chavito de apenas un año, Bárbara entró en razón, metió en una bolsa los pocos trapos que tenía y escapó de aquella locura y ¡Qué pase el siguiente desgraciado!

El papá de su segundo hijo la puso a trabajar en un table. Desde que la conoció, vio en ella una mujer joven, bonita y pen… inocente, en otras palabras: manejable, a cuyas costillas podía vivir cómodamente. Naturalmente, fue otra película de terror. Los golpes con él eran profesionales y las jodas ya no eran haciendo las camas de los suegros, sino metiéndose en las de desconocidos. En esa época agarró un particular gusto por el chupe.

Cuando dejó al marido se fue a trabajar con el hada. Según ella, nunca volvería a caer en los brazos de un zoquete que le viera la cara. Según ella ya estaba curtida, curada de espanto, inmunizada. Dejé de verla cuando colgó las tangas para dar a luz a su tercer retoño, que concibió con un mesero de quien se enamoró desde que trabajaba en el table y con quien tenía un romance del que no nos contaba a nadie.

Durante el tiempo que estuvo embarazada, yo dejé de trabajar con el hada, comencé a anunciarme en internet y le perdí la pista a Bárbara, hasta hoy, que me encontré con ella en un centro comercial.

Al principio no la reconocí, fue ella quien se acercó a mí y me saludó. Era otra mujer. Le habían hecho la abdominoplastía para dejarle el vientre planito, se había puesto silicón en las boobies y lucia un escote 38B, se había puesto pompis, tenía los músculos de piernas y brazos bien definidos y el cabello precioso, largo y rubio platinado. Parecía una Barbie de carne y hueso.

Nos tomamos un rato para ponernos al día. Según me dijo, el mesero resultó tan bolsón como los dos anteriores, pero al menos no acostumbraba pegarle. En cuanto ella volvió a trabajar, él dejó de hacerlo. Vivían bien de lo que ella ganaba. Poco a poco se fue haciendo operaciones. Él se encargaba de los niños y aparentemente, llevaban una vida en paz. Igual seguiría con él, a no ser por el día en que encontró a su maridito en la cama cogiendo con otro cabrón. Recogió su dignidad del piso y mandó a su tercer strike a la fregada. Ahora trabaja en un table y ha pasado del alcohol a las drogas. Una trampa de la que es difícil escaparse.

Estuvimos platicando cerca de dos horas. Antes de despedirnos, me tomó la mano con mucho cariño, de ese que es mitad nostalgia, y me dijo mirándome a los ojos que daría todo por haber hecho las cosas de una manera distinta.

La neta, cuando alguien me escribe pidiendo ayuda o consejo para iniciarse en este negocio, mi respuesta siempre es negativa. No me niego por egoísmo, sino porque no es un peso que quiera llevar en la conciencia. No espero que todas me hagan caso cuando recomiendo no hacerlo. Quien ya lo tiene decidido, aunque le ruegues, pero con una que lo reconsidere, siento que algo bueno hice en el día.

Este trabajo parece fácil y tiene su lado divertido, pero no todo es miel sobre hojuelas, la prostitución deja cicatrices hondas, se ejerce sobre arenas movedizas y siempre hay un momento en que darías todo por haber hecho las cosas de una manera distinta.

martes, 8 de octubre de 2013

Tómala barbón por Lulù Petite

El jueves fui a cenar con unos amigos del Profe. Estaban celebrando el cumpleaños de un señor ya grande que, según me dijo, hace muchos años tenía un puesto importantísimo en no sé dónde. Un hombre amable, casi dulce y con unas anécdotas encantadoras.

Salimos como a la una de la madrugada. Los amigos del profe se portaron a todo dar, había poca gente de mi edad y, tal vez, desentonaba acompañando a un señor mucho mayor que yo. A él no le incomodaba. Al contrario, cuando me presentaba, prácticamente presumía que yo había sido su alumna, pero que no habíamos comenzado a salir sino hasta que dejé de serlo. No sé si me quería lucir como un trofeo de su mediana edad o simplemente le parecía correcto dar explicaciones. De cualquier modo, me la pasé bien y creo que él también.


El viernes, muy temprano, me despertó con un beso. Él estaba desnudo y recién bañado, pero se metió de nuevo bajo las cobijas para hacerme el amor. Se puso encima de mí, sin dejar caer su cuerpo y, mientras me robaba un beso, metió la mano por debajo de la camisa que me prestó para dormir. Acarició mi vientre, apretó mis senos, rodeó con sus dedos el contorno de mis pezones que lo recibían ya endurecidos. Ese hombre puede hacer que me caliente de volada. Me quitó el calzón con brusquedad, lo aventó al piso y me penetró. Yo me colgué de su nuca y, entre besos y embestidas, me dejé poseer ¡Me encantó!

-Sería bueno que tuvieras aquí pijama y ropa- me dijo mientras se hacía el nudo de la corbata frente al espejo de su habitación. No respondí, pero ciertamente, sería bueno. Desayunamos en la cocina unos huevos a la mexicana que preparó Doña Anita, la señora que le ayuda a hacer la limpieza. Creo que le caigo bien.

Después del desayuno me llevó a mi depa y se fue a trabajar. Me di un baño rápido, me puse unos pants y fui al gimnasio. Me recibió mi instructor con cara de reproche. En las últimas dos semanas he faltado varias veces. Igual hice mi rutina como no dándome por enterada.

El teléfono de trabajo lo dejé en casa desde que me fui a la cena del jueves. Es mejor así, estando con el profe no puedo contestar llamadas laborales. Sería increíblemente incómodo tener que esconderme para explicarle a mi adorable clientela cómo cojo y cuánto cobro.

Cuando llegué a mi casa, pasado el medio día, tenía casi ciento cincuenta llamadas perdidas. Iba a revisar, cuando entró una más. Era un cubano. Su forma de hablar casi musical se identifica de inmediato. Quería contratarme por dos horas y preguntaba si podría ser en ese momento. Me acababa de bañar y venía arregladita como para ponerme a trabajar en cuanto algo saliera, así que le dije que sí, retoqué peinado y maquillaje, me puse un vestidito coquetón y, en cuanto recibí la llamada de confirmación con el número de habitación, salí rumbo al motel.

El cubano era, como la mayoría los isleños, un hombre alegre. Guapo, alto, fuerte y con la piel más oscura que una noche sin luna. Un negrote tipo actor porno que nomás al verlo, provocaba al mismo tiempo turbación y deseo. Tenía, también como la mayoría de los cubanos, una potencia sexual envidiable.

Apenas entré, me recibió con la lujuria propia de quien ha guardado un largo ayuno. Apenas me pagó, de inmediato se sacó la ropa y comenzó a ayudarme a quitar la mía. Desnudos ambos, puso sus grandes manos en mi cintura, me levantó y me llevó a la cama.

Hace varios años dejó Cuba sin otra cosa que ganas de salir adelante. Hoy tiene casa en México y en Estados Unidos, le ha ido bien. Tiene esposa e hijos, pero a veces se le calienta la sangre y busca chicas con quienes sacarse los malos pensamientos. Coge riquísimo, con la energía de la música cubana y la bravura del mar abierto. Tenía además entre las piernas un tremendo garrote que apenas me entraba.

Estuvimos en la cama unos sesenta minutos entre sexo y conversación. Él pagó dos horas, así que en determinado momento era tiempo de volver a encender el romance.

Antes de comenzar de nuevo, pasé al baño, vi entonces que en mi teléfono privado parpadeaba la notificación de un mensaje de texto. Por pura curiosidad lo leí ¡Tómala barbón! Era Mat. Olvidé por completo que había quedado de desayunar con él ese viernes y lo dejé más plantado que una palmera de Reforma. Me dio mucha pena y quise hablarle de inmediato, pero estaba a mitad de una chamba y debía regresar con el cubano. Guardé el teléfono y me volví a recostar con aquel hombre enorme y hermoso. Me lo cogí pensando cómo explicarle a mi amigo por qué lo había dejado esperando.