viernes, 4 de enero de 2013

Cachonda por Lulú Petite

Ya lo sabes, te lo he dicho varias veces: Hay días en que amanezco especialmente cachonda. No sé si será la luna (Que aparece especialmente redonda), no sé si será hormonal o es simplemente el llamado de la naturaleza, la ley de la selva que de pronto demanda hombre y tengo que encontrar con quién calmar ese apetito. 
   No te miento si digo que, aunque no es algo que me quite el sueño, a veces me preocupa estar tan acostumbrada al sexo. Es decir, el día que me retire, que cuelgue los ligueros, jubile mi dotación de condones texturizados, baje mis fotos de internet y deje el oficio, temo que he de extrañar tener dos o tres relaciones diarias.
 
Habrá momentos en que me costará trabajo controlar el deseo, administrar mis instintos, calmar las ganas de acariciar otro cuerpo, de sentir unas manos tibias y deseosas que exploran el mío, de besar unos labios, de gozar el sexo de un hombre que me penetre y descargue entre mis piernas su deseo, su urgencia, su vehemencia.
 
Incluso teniendo novio, amante o lo que sea, cuando me imagino retirada, temo que no habrá galán que me aguante el ritmo. Igual al principio estará encantado, pero después, cuando yo quiera más y él no. No lo puedo obligar ni estaré de ánimo de andar con varios al mismo tiempo haciendo gratis lo que hoy me genera ingresos.
 
También, a veces, pienso en el otro lado de la moneda. Imagino que un día de estos me hartaré. Que habiendo tenido tanto sexo, el día menos pensado no querré volver a sentir el tacto de un hombre. Que no sólo dejaré el oficio sino que cerraré el changarro, le pondré candado y tiraré la llave, como el torero aquel que en un arranque de conciencia votó el capote y se volvió vegetariano o la mecanógrafa que, al jubilarse, no quiso volver a ver una máquina de escribir o una hoja de papel ni en fotografía.
 
Por lo pronto, vivo mi sexualidad alegremente y cuando, como hoy, amanezco cachonda, no puedo aplacarme hasta encontrar quien me calme los nervios. Mi primera ilusión al abrir mis ojitos -no he de mentir- fue encamarme con Romeo. Apenas desperté e imaginé su pene en mi boca, sus manos grandes acariciando mi cuello y las mías colgadas de sus antebrazos sólidos, varoniles. Me excita mucho escucharlo gemir cuando devoro su sexo, sentir cómo su cuerpo se entiende con el mío, como me le entrego y él sabe disfrutarme y hacerme disfrutar. Sé que fuera de la cama no tenemos tanto en común, pero cuando cogemos parece que nacimos para estar juntos, para perdernos entre caricias, incursiones y secreciones.
 
Odio cuando quiero ponchar y el muy cabezón no puede. A pesar de que le hablé temprano, él ya iba rumbo a su oficina y no había modo de hacerlo regresar por un palito. Él no lo sabe, pero a menos que me desagravie o mi calentura sea más fuerte que mi decisión, el desaire le costará unas dos semanas de abstinencia (al menos conmigo, no soy tan ingenua como para esperar que me sea completamente fiel).
 
Me puse a hacer tarea para pensar en otra cosa. No quería desperdiciar mis ganas masturbándome, pero eran tantas que tenía endurecidos los pezones y me acalambraba el roce de mi propia lencería. Estaba a punto de echar mano de “Manotas”, mi dildo preferido, cuando recibí un mensaje de texto preguntando por el servicio. Tres mensajes más y nos pusimos de acuerdo.
 
Me arreglé lo más rápido que pude. Lencería negra con bordes violetas y liguero, zapatillas de tacón, vestido negro de falda corta y escote pronunciado. Me trepé a mi coche y salí rumbo al motel.
 
Era un cuarentón muy moreno, guapo, no muy alto y con una sonrisa socarrona. Cabello corto, canas en las sienes y muy bien vestido. De por sí yo excitada y este canijo me recibe con un Armani que le quedaba como hecho a la medida. Cuando entré me dio un beso que sabía a menta. Como yo iba ganosa, ni tarda ni perezosa me le colgué del cuello y le puse una atascadota marca romance exprés.
 
Para no hacérselas larga (la historia, claro), en menos de lo que canta un gallo madrugador, ya estábamos en pelotas, acomodados en un espléndido sesenta y nueve. Sus manos en mis glúteos, su boca, suave y experta comiéndome el deseo. Me encantaba disfrutar de su lengua estremeciéndome, mientras sentía el calor de su glande en mi paladar, inundando mi boca y mis labios, humedecidos, sintiéndolo palpitar con una avidez incontenible ¡Ah! Me vine deliciosamente en su cara. Literalmente, en su cara.
 
Fue de esos orgasmos largos y consistentes, en los que las sacudidas te recorren como ráfagas de metralla, como si el placer te acribillara y te dejara muda, plena, inmóvil. Fue un orgasmo tan pleno que, de no ser porque estaba yo trabajando, me abría quedado allí el resto de la hora, tumbada respirando para regresar despacito al planeta.
 
Cuando en la noche vi a Romeo, él venía con ganas de reponer el desaire de la mañana. Lás-ti-ma-Mar-ga-ri-to… Ya para esa hora me encontró muy cansada y satisfecha. Si se llamara Pancho, esa noche, no cenó.