viernes, 11 de enero de 2013

Con que tú me quieras, basta por Lulú Petite

Anoche atendí a un cliente, un hombre de sesenta y siete años. De piel y cabello blancos, sonrisa tierna, actitud amable y buen sentido del humor. Además muy elegante. Me recibió de traje, instalado en la habitación, con un vaso de agua mineral y escribiendo sabrá qué cosas en una computadora portátil.
 
Es curioso, pero muchos clientes se instalan en el hotel con su computadora. Todos dicen que es para aprovechar el tiempo mientras llega la chica que citaron. En estos tiempos, cuando todo sucede de prisa, excepto trasladarse de un lugar a otro, hay que aprovechar cualquier momento para adelantar tu trabajo, antes de ser atrapada en un embotellamiento. Yo misma cargo con mi laptop y, en tiempos muertos, avanzo en mis tareas, atiendo el blog, twitter, facebook o escribo mi colaboración para El Gráfico. Me he convertido en toda una geek, permanentemente en línea.
 
El caso es que, como con aquel hombre, es más o menos común encontrarme a clientes con su laptop. En cuanto pasé a la habitación, el señor cerró la pantalla de su computadora y se acercó a mí educadamente, con ese estilo caballeroso de los hombres que peinan canas.
 
-Nena- me dijo -qué gusto me da al fin conocerte “en persona”.
 
Ese tipo de frases siempre me chivean. No sé, se siente bonito saber que alguien siente que te conoce porque ha visto tus fotos o leído lo que escribes, pero no deja de ser raro. Como cuido mucho mi imagen y privacidad, de modo que puedo pasar frente a personas que cada martes y jueves les gusta leer esta columna sin que sepan que soy yo. Tengo un cuate que todos los días compra El Gráfico y no tiene ni la más remota idea que es amigo de quien escribe estas historias, incluso en este momento, puedo estar frente a alguien que esté leyendo estas palabras, sin que sepa que me tiene enfrente, así que las únicas personas que pueden decirme “qué gusto me da al fin conocerte en persona”, son aquellas que están a punto de coger conmigo. De todos modos me divierte y me chivea sentirme “casi famosa” por esa décima de segundo.
 
Platicamos un rato sobre la columna. Me hizo recomendaciones y me felicitó por lo que él consideraba aciertos. Si algo tienen los señores de más de sesenta es que la mayoría son paternales, se sienten obligados a reconocer los méritos y, sobre todo, a dar consejos. Lo escuché con atención y tomé nota mental de varios buenos tips que me dio para mi blog. A pesar de la edad, sabe de tecnologías y de redes sociales.
 
Estábamos platicando cuando sonó mi teléfono, me levanté a ponerlo en vibrador. Generalmente lo hago antes de entrar a la habitación, en este caso fue un descuido. Él se levantó detrás de mí, esperó a que desactivara el sonido de mi celular, me tomó de las caderas y me acercó su cuerpo. Sentí su erección.
 
-Eres más linda de lo que imaginaba- me dijo dándome un beso en el hombro y poniendo la mano en mi muslo. Me acarició despacito, como para abrir apetito, después llevó su manita a mis pompis e hizo que me volteara. Me besó.
 
Empezamos con el faje. Bien, algunos hombres de cierta edad saben acariciar de manera más experimentada. Tocaba mis senos sin lastimarlos, con cuidado, casi con ternura. Metía mano por todos lados, pero lo hacía bien, sin prisas ni brusquedades, más bien como preparando el terreno. Nos fuimos a la cama. Comencé a hacerle un oral que acabó en sesenta y nueve. Después pasamos a la de misionero y terminamos de a perrito. El clavándose entusiasta entre mis piernas, con las manos en mi cintura y su respiración agitada soplándome en la espalda. Soltó un chillido dulce cuando se vino.
 
Estuvo sabroso y, para la edad, el hombre tenía más bríos y seguridad que muchos con menos de cuarenta, además su boca sabía fresca y su cuerpo olía a jabón. Pocas cosas en este oficio se agradecen tanto como un cliente que cuida su higiene personal.
 
Estuvimos platicando un rato. Él es casado, tiene tres hijos y cuarto nietos, da clases en una universidad y, aunque hace rato que tiene la edad para retirarse, dice que mantenerse activo es lo que le da energía. Todo habría estado maravilloso de no ser, porque a la hora de contarme los detalles de su vida y ocupaciones, resulta que trabaja en la misma empresa que Mat. No en el mismo lugar, ni atiendo los mismos temas, pero son el tipo de coincidencias que, al cruzar mi vida privada con la "pública", me repatean.
 
Cuando me despedí, le marqué a Mat y, risueña, le conté lo sucedido. Me dijo que no lo conoce ni le parece familiar la descripción. La empresa es grande y, aunque ambos trabajen allí, es muy probable que jamás coincidan.
 
-Además- me dijo –cuando tú y yo nos casemos, me importa un rábano quién te conozca y quién no, con que tú me quieras, basta.
 
Mat siempre juega con la promesa de que algún día me convencerá de casarme con él, yo entro a su juego y sonrío o le pongo condiciones. No lo quiero de ese modo y no creo que suceda, pero siempre es una caricia para el ego saber que hay alguien que me quiere tanto.