domingo, 20 de enero de 2013

Dormir conmigo con Lulú Petite

El viernes iba rumbo a Puebla cuando recibí una llamada de David. Como no contesté, insistió. Como seguí sin tomar la llamada, me envió un mensaje de texto diciendo que le urgía hablar conmigo, así que le marqué.

A David le choca que trabaje fuera de la ciudad. Cuando empezamos a andar (con la intención de construirme una coartada para mi doble vida) inventé el choro de que tenía otro novio, un galán de hace varios años, de quien poco le he contado, pero a quien no estoy dispuesta a cortar. Esa mentirita me permite hacerme la misteriosa cuando contesto llamadas de trabajo o escapármele cuando un cliente me llama.
Le dan celos y se pone serio, pero luego apechuga. Después de todo, comprende que él es "el otro" y que si se pone sus moños o me pide más de lo que estoy dispuesta a dar, corre el riesgo de que decida terminar con mi aventura. Digamos que es un "Sancho" comprensivo.

Sé que suena cruel, pero tener un primer frente falso, hace que David sea permisivo, como todo buen segundo frente. Que piense que él es mi secreto, es la mejor manera para evitar preguntas. Además, como esta mentirilla hace posible que David tenga derecho a ponchar gratis conmigo, el asunto deja de ser un acto de crueldad.

El caso es que, si le choca cuando salgo a trabajar aquí en el Distrito Federal, de plano se enfurece cuando viajo a otra ciudad. Tiene la idea de que esas saliditas son pretextos para irme de viaje con mi novio imaginario, entonces se hace sus chaquetotas mentales pensando que me la paso ponchando con su falso rival. Lo cierto es que si voy de trabajo y, aunque ciertamente me la pase ponchando como conejita en primavera, no es con quien él imagina ni por pura calentura.

De todos modos, se pone celosísimo y haría lo posible por evitar mis viajes, por eso no quería contestarle. Cuando le devolví la llamada, estaba lista para exigirle, con la sutileza de un examen proctológico, que le bajara tres rayitas al acoso, pero antes de que alcanzará yo a disparar mi primer reclamo, me explicó la urgencia:

Resulta que una de mis maestras, la que me advirtió que, siendo tan vulgar, nunca escribiré en un periódico, de plano llegó el viernes muy de jeta a dar su clase. Había dejado una tarea que, por coincidencia, casi todos decidimos no hacer. La mujer, según me contaron, se puso como Chucky en exorcismo, gritó e insultó parejo, pronosticó el fracaso de nuestro insignificante futuro laboral y, en represalia, dijo que aquellos que no entregaran esa tarea, a más tardar a las dos de la tarde, podíamos darnos por tronados.
Frente a esa sentencia, avisé por twitter que pospondría mi viaje a Puebla, di vuelta en uvas y regresé a mi casa. David había entregado en la mañana su tarea, así que fue de los pocos que se salvaron de la cajetiza, de todos modos, en lo que yo volvía, se lanzó a mi casa, me esperó con la computadora en las rodillas y adelantando mi tarea. Cuando llegué ya iba súper avanzado. Pasó conmigo y juntos hicimos, en unas horas, un trabajo que era para un par de días.

Afortunadamente, alcancé a entregarle al ogro mi tarea a tiempo. Apenas la revisó por encimita y me la regresó diciendo que aunque me había salvado de reprobar en automático, el trabajo estaba tan jod... que debía repetirlo y enviárselo por correo.
Me fui arrastrando el ánimo, pero agradecida con David. Lo invité a comer e hicimos corajes cuando le conté que me habían retachado la tarea. Como era de esperarse, insistió en acompañarme para rehacerlo juntos.

Terminamos más o menos tarde y muy cansados, David quería quedarse un rato más, pero yo había apagado el teléfono casi todo el día y tenía que trabajar, así que le inventé que quería descansar. Después de lo bien que se había portado, me sentí culpable cuando se fue, pero como en cuanto encendí el teléfono entró la llamada de un cliente, me tragué la culpa y me lancé a atenderlo.

Era un hombre flaco, alto, casi calvo y de ojos verdes, de esos feos con personalidad. Aunque el tipo era atractivo, yo estaba cansada, con culpa y poco ánimo para tirarme a un desconocido, así que para ayudarme y hacerlo bien, tragué saliva, cerré los ojos e imaginé que era David el que me besaba, el que me desnudaba y acariciaba mis senos, que era él quien me tomaba de la cintura y lengüeteaba mi ombligo, que besaba mi carne y humedecía mi sexo con su saliva. Que era a él a quien le ponía el condón y sentía como me lo hacía, se movía, gemía y terminaba dentro de mí. Me la pasé bien.

Saliendo del compromiso no pude contenerme, llamé a David y le dije las cinco palabras mágicas con las que lo pongo a brincar de gusto: "¿Quieres venir a dormir conmigo?"
Regresé muy contenta, sabiendo que estaría esperándome en mi depa.