martes, 29 de enero de 2013

¡Que venga la policía! por Lulú Petite

¿Qué te cuento? Hoy desperté ganosa y, como si el destino quisiera consentirme, me llamó un cliente impresionantemente guapo. O sea, un auténtico metrosexual: traje Armani, zapatos Gucci, reloj Tag, carita preciosa y escrupulosamente afeitada, cada cabello en su lugar, ojos profundos, pestañas largas, labios carnosos, bíceps de esos que se antojan para almohada o pa' collar, un vientre de cantera fina, muslos gruesos, glúteos que parecían duraznos maduros y, para acabarla de amolar, uno de los penes más hermosos que me ha tocado atender.

Nomás te digo que en cuanto lo vi, casi me voy de nachas. Hasta nerviosa me puse, y eso que a estas alturas, una agarra tanto callo que está canijo que alguien te impresione, sea por guapo o por feo.
Y es que la neta, si me lo hubiera encontrado en cualquier otro lado, habría bastado que me sonriera, para que lo acompañara gustosa a ponerle Jorge al niño (Ni modo, queridísimo diario, hay que admitir que, por encima del deber profesional, una no deja de tener su corazoncito y sus calenturas).

El caso es que no podía creer mi buena suerte. Besaba muy bien y se sentían riquísimas sus manos auscultando mis intimidades, estaba realmente entusiasmada cuando al fin iba a recibirlo entre mis piernas. Cerré los ojos, entreabrí los labios, apreté las sábanas, comprimí el vientre, lo sentí entrar, ahhh... suspiré... uno... dos... tres... ¡Aggggh!... tan, tan.

Apenas la metió, dio tres o cuatro pujidos acompañados de empujones más bien torpes y, señoras y señores: Elvis abandonaba el edificio ¡Ya decía yo que mi suerte no podía ser tan perfecta! No es que me queje, en todo caso, una va a trabajar y la idea es que sea el cliente quien se desahogue y se vaya contento. Como profesional vas a chambear buscando lana, no orgasmos, pero... ¡Caramba! Me había hecho ilusiones.
Nos quedamos platicando y resultó que además de guapo era buena onda. Le pregunté si quería que lo intentáramos de nuevo, pero prefirió dejar correr el tiempo con un buen masaje de piedras calientes. No he de negar que, aunque me fui bien pagada, la decepción por lo mal cogida me frustraba, además, yo seguía igual o más ganosa que como amanecí.

Pasé a la escuela a hacer un trámite aprovechando las vacaciones. Estando allí recibí la llamada de un señor con quien había quedado de verme:
-¿Lulú?
-Si...
-Estoy llegando al hotel, me dieron la habitación 115
-Claro corazón, voy para allá
-¿Cuánto tardas?
-Unos veinte minutos mi niño...
-Ok, acá te espero
Entre el tráfico y el desafane de los cuates de la escuela, treinta y cinco minutos después llegué a la habitación. Toc, toc, toc ¡No juegues! Me abre un señor con una cara de pocos amigos, que pensé ¡En la mother, éste si se enojó! O sea, tenía un gesto tan encolerizado que un toro de lidia habría parecido una niña exploradora junto a él. Sí pensé a éste lo calmo o de plano me pega.
-¿Qué, estás enojado?- le dije con voz melosa y como haciéndome la chistosa.
-¿Por qué?
-Ya, quita esa cara, vamos a pasárnosla bien...
-¿Qué cara?
¡Tierra trágame! O sea, el hombre no estaba de jeta, así era su cara. Resulta que, desde niño siempre fue muy pedero y en una de esas, a la hora de repartir fregadazos en la secundaria, un desconsiderado lo agarró a la rudo, rudísimo Rivera y le asestó un porrazo marca no me olvides entre ojo y ojo con la paleta de un pupitre. Fue tan profundo el trancazo que le quedó entre las cejas una cicatriz que hace parecer que trae siempre el seño fruncido.

Tras ese rostro de pocos amigos, me encontré a un ser humano noble y maravilloso. Cálido, acogedor, divertido. Es policía federal, de esos que andan todo el día en friega, con chalecos antibalas y el alma en un hilo. Me contó muchas anécdotas de su chamba, de esas que van entre el narco corrido y una película de Mario Almada. De veras que hay trabajos en los que se necesita tener los blanquillos bien grandotes y la cabeza en su lugar.

Ya cuando nos pusimos cachondos resultó que el comandante era todo un semental. Nada que ver con el clon de Ken (el de las Barbies), bajo la ropa había un cuerpo de hombre, curtido con las cicatrices de una vida intensa y el rigor de una rutina ruda, trabajado sin gimnasios ni esteroides, pero de esos que están duritos de donde los toques. Complaciente, armónico, generoso, al primer beso, me sentía en los brazos del chavo más guapo de la ciudad. Yo ganosa y él caliente, nos dimos una cogida de esas que te dejan más sonriente que una bolsa de sabritas.

Salí contenta. Bien pagada, mejor atendida y con muchas ganas de que me vuelva a llamar mi querido poli, pocas cosas se agradecen tanto como un hombre que sabe tratar a una mujer. Como dice Nancy Campos, mi amiga de Facebook: ¡claro que a mí no me da igual! A mí me da de lado, de perrito, por arriba, de chivito y así...