martes, 30 de abril de 2013

"El guante" Por Lulú Petite

¿Alguna vez te he contado del congal móvil? ¿De plano no? Fue una época en que dejé de trabajar un rato con el hada y conocí a otras personas que presentaban clientes. Nada del otro mundo. En esa época llegué a trabajar desde prostíbulos de lujo en las Lomas y Polanco, hasta ese peculiar lupanar motorizado.


Trabajé allí menos de un mes, recuerdo que era invierno, porque hacía un frío de los mil demonios. Cuatro chavas nos trepábamos a un coche con chofer y andábamos dando vueltas en la zona de los moteles hasta que entraba la llamada de la jefa, que nos decía el lugar y número de habitación donde nos esperaban. El uniforme para chambear era un abrigo hasta las rodillas y abajo lencería y tacones. Párale de contar. Obvio, con cinco personas apretadas en un carro, si teníamos las ventanas cerradas, era un calor de los mil demonios, pero si las abríamos entraba el invierno con todo y Chilly Willy. Estaba del nabo.

Obvio nos la pasábamos en el güiri-güiri dando el rol como ruleteras por las mismas calles. El chofer calladito y nosotras hablando hasta por los codos. Algo tiene este negocio, que la solidaridad de gremio radica en comentar el tamaño, habilidades, carencias, hábitos, mañas y manías de nuestra adorable clientela. Siempre lo hacíamos con sentido del humor y no para reírnos del cliente, sino para hacer llevadera la noche, fabricar sonrisas.

Ciertamente fuera de las conversaciones, es un gremio competitivo. La que coge cobra, la que no, no. Así que haces lo posible por ser elegida. En el carrito nos tocaba por turno, pero había clientes que pedían a una chava en específico o con características determinadas. En esos casos, solicitud del cliente mataba turno. A mí, por ejemplo, me tocaba cuando la pedían lo más chavita posible, pero me saltaban cuando solicitaban una rubia. En algunos casos nos bajábamos del coche más de una chava, por si el cliente quería elegir. Literalmente, parecíamos un puto mercado sobre “ruedas”.

Claro, todas queríamos que nos eligieran. No sólo porque así cobrábamos, sino para salir del carro, estirar las piernas, acostarnos un rato, cambiar de escenario. Por eso, cuando nos quedábamos con el cliente, lo disfrutábamos. No necesariamente el sexo, aunque he de admitir que no era desagradable, pero disfrutábamos más el cambio de rutina, el estar con alguien, el dinerito que haría que valiera la noche. Y nos portábamos lindísimas, para quedarle bien al cliente y que llamara de nuevo. Claro, si tocaba un tipo sangrón, con malos hábitos, sucio o mala leche, igual lo atendíamos (así es el negocio), pero lo hacíamos con desgano, nada más para cobrar y asegurarnos que no tendríamos que volver a verlo. Que no llamaría de nuevo. Es la forma más cortés de reservarnos el derecho de admisión.

En el carro se trabajaba más o menos bien, pero era muy cansado y había que estar dándole vueltas a las mismas calles toda la condenada noche. La mitad de lo que cobrábamos iba a parar a manos de la dueña del changarro y al final de la semana había que hacer cuentas con el chofer para darle una lana.

Era un tipo amable. Tendría entre cuarenta y cincuenta años, su cara era arrugada, como de bulldog, con los cachetes caídos y el ceño fruncido, pero era súper respetuoso y de buen corazón. Medía casi dos metros y pesaba más de cien kilos, sus manos parecían guantes de baseball y su cráneo era grande como atlante de Tula. El tipo era una montaña y, aunque a mí nunca me tocó ver algo así, si había un problema con algún cliente, él se bajaba a arreglar el asunto. Supongo que, a menos que Mike Tyson estuviera en la habitación, no había nadie que se le pusiera al brinco.

Cobraba bien. Al final de la semana, con lo que le dábamos todas, no salía mal pagado, pero la verdad no me pesaba darle su parte, después de todo era derecho con nosotras y aunque nadie se lo cogía se metía las jodas parejo con nosotras. Tampoco me pesaba pagarle a la señora que nos manejaba la mitad de nuestro ingreso, aunque ciertamente ella no jalaba parejo, sólo contestaba llamadas y distribuía turnos.

Qué bueno que un día descubrí internet. Ciertamente saber que tu trabajo es independiente y que no vas a repartir lo que ganas con alguien que no lo suda, es reconfortante.

El caso es que hace una semana, saliendo de un motel me encontré con que el señor aquel, el tipo amable y grandulón que nos paseaba en abrigos y lencería, ahora maneja un taxi. Ya no está en el negocio de antes, pero lleva y trae a chavas del ambiente que se mueven sin coche propio. Nos reconocimos y nos saludamos.