martes, 7 de mayo de 2013

Descubrí que soy... Por Lulú Petite

Siempre he sido caliente ¿Por qué negarlo? Si después de tanto leer mis travesuras ya sabes de qué pie cojeo, cuándo la marrana torció el rabo, en qué congal me bajaron primero los calzones, cuánto y por qué tan caro, qué motel me late más, en qué posiciones la siento más rico y que el sexo me gusta un día sí y otro también.

Puede estar mal que lo diga, pero soy una mujer atractiva, visto bien, soy educada, estoy en forma, huelo rico, soy joven y dicen que me veo sabrosísima cuando estoy teniendo un orgasmo. Si tengo estos atributos y destrezas no veo por qué no gozarlas y, faltaba más, sacarles provecho. De algo hay que vivir, qué mejor si es de algo que disfruto. Y no pongas tu cara de inquisidor, lo mío no es cinismo, simplemente soy sincera o realista. Ultimadamente, llámale cómo quieras. Mientras no falte pan en mi mesa y calor en mi cama, muy mi pedo la manera en que los consigo.

No sé si siempre fui así, si es algo que traiga por naturaleza o simplemente fui haciendo callo, ya sabes, por la práctica. Cuando tu chamba es recibir el amor carnal de señores de todas las edades, gustos, hábitos y complexiones, quieras o no, a la larga te acostumbras (Y francamente a mí la larga me encanta y estoy muy acostumbrada a ella).

A decir verdad, prácticamente toda mi vida sexual ha estado asociada al mundo de la prostitución. Tal vez por eso no puedo decirte si esta calentura es algo que traigo de fábrica o que se me formó en el oficio. El caso es que necesito hombre. No novio. No te vayas a confundir. El noviazgo tiende a la monotonía y a mí me gusta variarle. No ocupo promesas ni títulos, me basta con tener una espalda masculina de dónde abrazarme cuando siento que me vuelan en las venas las maripositas del orgasmo.

Te digo. Debe ser la fuerza de la costumbre. Ya sabes que empecé en esto muy chavita. Antes de acostarme por dinero con mi primer cliente, sólo había tenido una pareja sexual. El chavo a quien entregué mi virginidad y que durante los primeros años fue algo así como entre novio y padrotito. No es que me mandara a talonear ni mucho menos que me obligara a hacerlo, pero sabía a qué me dedicaba y bien que disfrutaba lo comprado con el sudor de mis nachas.

Antes de él era casta y pura. Claro, no voy a negar que me diera mis buenos besotes y uno que otro faje con un par de noviecitos, pero sin prestar el tesorito, puro cachondeo light. A lo más que llegué, con el gerente de un restaurante en el que trabajaba y que me gustaba de a madres, fue a mamársela después de una fiesta en su casa. No me gustó. La neta es que le apestaba, sabía horrible y me atragantaba. De esas que todavía no sabía cómo meterme una cosa así a la boca sin provocarme arcadas. Entre el sabor, la pestilencia y la invasión a mis amígdalas, iba a acabar guacareándosela, así que terminé sacándoselos con la mano y no volvimos a hablar del tema.

Sencillamente, la calentura es maravillosa. Me sirve para disfrutar la vida, para sentir la adrenalina navegándome en el cuerpo, el deseo haciéndome brincar el pecho, provocando que se me ericen los cabellos, que me lubrique la entrepierna y que los pezones se me pongan duros. Desde luego coger sirve para socializar. No me has de dejar mentir. Después de hacer el amor, no hay nada que esconder, ni mejor manera de romper el hielo, que preguntar si me gusta de a perrito.

El caso es que, con tantas ganas acumuladas, ahora que no tengo alguien con quien poner a rechinar los resortes de mi colchón por el puro gusto de darle placer al cuerpo, con el profe lejos y un muro de contención impidiendo cualquier intento de que alguien se quiera instalar en mi corazón o en mi colchón, he estado de lo más condescendiente con mis clientes ¿Dije condescendiente? Corrijo: He estado de lo más caliente con mis clientes. La neta es que en cuanto me llaman, es como si me retozara una chispita entre las piernas. Inmediatamente siento curiosidad, ganas.

En los años que llevo dedicándome a esto he experimentado muchas sensaciones, desde el miedo hasta la lujuria, pero la curiosidad es cosa nueva. Siéndote franca, hace tiempo, cuando recibía una llamada principalmente pensaba en la paga. En qué cuentas me ayudaría a cubrir. La cogida de la mañana acabalaba para la renta, la de a medio día pagaba el súper y la tercera iba para la colegiatura. Quién estaba detrás de ese dinero no era lo que ponía al centro. Ya que empecé a profesionalizarme, al responder una llamada pensaba en el cliente, si le gustaré, cómo debo arreglarme, qué debo hacer para complacerlo.

Sin embargo, de un tiempo para acá, cuando recibo una llamada la primera pregunta que me hago es cómo será la persona del otro lado de la línea. Si no lo conozco, trato de imaginarlo a partir del tono de su voz. Si ya lo he visto antes, trato de recordarlo y de imaginar las cosas cachondas y divertidas que vamos a hacer. Pienso en mí y lo deseo.

Y así voy todo el camino. Desde que confirmo la cita por teléfono, me ducho, me maquillo, manejo al motel, me anuncio en la recepción, subo al elevador y toco a su puerta, cada momento voy fantaseando sobre la forma en que seré recibida, cómo me besarán, cómo agarrarán mis tetas y lamerán mis pezones, cómo hurgarán entre mi ropa, vencerán mis defensas, acariciarán donde quieran, me cogerán sin importarles tal vez quién soy ni lo que siento, sino en un simple y adulto intercambio de tiempo, de caricias, de sensaciones, de orgasmos, de emociones, de ternura. Ni modo, he descubierto que últimamente soy otra, una muy caliente, muy mimosa. Descubrí que soy muy zorrita.