martes, 14 de mayo de 2013

Día lluvioso por Lulù Petite

él había llegado al motel hacía más de dos horas. Según me dijo se había puesto de acuerdo con otra chica (una colega por supuesto) para verse allí. Una rubia, chaparrita, con buenas curvas y unas tetas formidables. Quedaron muy formales, él se instaló en una habitación y le llamó para darle el número. Ella no contestó.

Intentó varias veces. Durante más de una hora le hizo más de diez llamadas, todas sonaban cinco veces y después lo mandaban a buzón. Cuando admitió que lo habían plantado, hizo el intento con otras colegas. La mayoría no atendieron el teléfono, las que lo hicieron le respondieron que en ese momento no podían, pues acababa de comenzar una lluvia torrencial que hacía poco prudente salir a trabajar, especialmente al motel donde él estaba que, para acabarla de amolar, tenía un estacionamiento no techado.

No quiso darse por vencido, la habitación estaba pagada y la tormenta no podía durar toda la tarde. Bajó al bar, pidió una copa de whisky y se puso a ver un partido de futbol en la televisión. Haría el intento nuevamente cuando dejara de llover, así es la calentura, no se quita hasta que te sacas al chamuco y es muy frustrante exorcizarlo a mano. En eso estaba el gentil caballero cuando yo entré al bar. Me reconoció de inmediato.

Nos habíamos conocido hacía un año, en ese mismo motel, fue una cita divertida. Él es un tipo guapo, inteligente, exitoso y, por si fuera poco, coge de maravilla. Aquella tarde, hace un año, hicimos el amor espléndidamente. Lo cierto es que él es uno de esos clientes que no les gusta repetir con una misma chica. Visita las páginas de internet y va conociendo cada vez a una diferente, blancas, trigueñas, morenas, altas, bajitas, delgadas, gordibuenas, de todas, como el aventurero. Entra, busca, elige y llama. Así, ha podido darse el gusto con varias de las chicas de la página donde yo me anuncio.

Me reconoció de inmediato, pero yo no a él porque la primera vez que nos vimos usaba barba y bigote. En cuanto me recordó ese detalle me vino su recuerdo a la cabeza. Sus labios, su tacto, su sexo. La forma paciente y experta que tiene para hacer el amor. Acepté su invitación y, con el diluvio cayendo afuera, caminamos juntos al elevador y subimos a su habitación.

Me recibieron sus labios. Como dos novios que entran al motel a hacer travesuras, cerró tras nuestros pasos y, aprisionándome contra la puerta, sentí la madera fría en mi espalda y sus manos tibias acariciando mis muslos, levantando la falda. Abrí la boca para recibirlo. Un beso suave mordió mis labios. Cerré los ojos y lo sentí. Es increíble cómo a pesar de besar a tantos la huella de algunos se reconoce en cuanto los labios entran en contacto, es como un Déjà vu en que reconoces el sitio donde ya estuviste, las caricias que ya te profanaron, el miembro que ya se apoderó de tus secretos, los abrazos que ya diste. Es como volver a hacer un recorrido por un lugar que te gustó desde la primera visita.

Ya desnudos me llevó a la cama. Le puse el condón y le comencé a chupar su erección que se levantaba tremenda. Jugué un rato con mis labios en su sexo, hasta que me dijo que le tocaba a él.

Me puso boca abajo y besó mi espalda, desde la nuca, con bocanadas leves y paseando la punta de su lengua, fue trazando un mapa de caricias húmedas por mi anatomía. Cuello, hombros, vértebras, pelvis, muslos, nalgas. Entonces separó mis piernas y comenzó a lengüetear mi vulva, conmigo boca abajo, haciéndome experimentar sensaciones deliciosas. Entonces así, casi sin avisar, sentí la punta de su miembro tremendo abrirse paso entre mis paredes vaginales. Entró de pronto, de un solo empujón. Sentí un dolor suave y después un placer intenso. Comenzó a moverse a un buen ritmo. Un manantial nacía de entre mis piernas y mi excitación era tremenda, ardía en esas sábanas, poseída por ese hombre guapo y divertido que había levantado en el bar del motel.

Me vine de volada. Él estuvo bombeando un rato más hasta que llenó el condón con su simiente. Nos recostamos un rato sólo para recobrar fuerzas y lo volvimos a hacer en esa cama que estaba llena de sorpresas.

Una hora y media después, saboreando todavía las delicias recién vividas, me despedí de él con la promesa, suya desde luego, de llamarme pronto. No quise creerle, porque, como te dije, sé que es de los que no les gusta repetir, pero la pasamos de maravilla y algo en sus ojos me dijo que volvería a llamarme y que lo hará pronto. En fin, sólo eran suposiciones. Por supuesto, cuando salí ya no estaba lloviendo. Es el encanto de las lluvias de enero, como llegan, desaparecen. Me subí al coche sonriendo, todavía con el recuerdo de su pene palpitándome entre las piernas.