viernes, 31 de mayo de 2013

Ahí te va Caperucita por Lulu Petite

Hace años, cuando trabajaba en la agencia con el hada, conocí a Adrián, un súper cliente. Hace mucho que no lo veía, pero es de los que siempre tengo en la memoria. Yo estaba muy chavita y menos curtida, así que aceptaba (más por disciplina que por convencimiento) las extravagancias de algunos clientes del hada. No era gran cosa, para fetiches, ondas hard y asuntos más sofisticados, ella tenía a otras chicas.

Yo más bien era de las que presentaba como niñas bien. Una de sus estrellitas marineras. Tenía diecinueve años, pero me veía más chavita. Creo que, además de que tenía el rostro fresco, mi tamaño y delgadez me hacían parecer adolescente. La edad y mis modales -relativamente respetables- junto con el hecho de haber leído uno que otro libro y tener una conversación fluida, permitían demostrar que realmente era una hija de familia: guapa, joven, educada y, sobre todo, dispuesta a coger con ellos.

Eso ponía a los clientes muy calientes. La idea de encamarse a una chavita bien, de menos de veinte, tierna y con cara de yo no fui, pone cachondos a muchos hombres. El hada era brillante y conocía su negocio, siempre que me presentaba a un cliente, lo trabajaba diciéndole (falsamente) que yo estaba empezando, que llevaba apenas uno o dos días trabajando. Mi supuesta virginidad la habrá vendido más de veinte veces (algún día te contaré cómo).

Claro, cuando comencé a trabajar no era virgen, pero sólo había tenido un novio en mi vida, así que aunque nueva no era, inexperta sí. Al principio era un manojo de nervios y era toda una aventura entre escalofriante y erótica conocer a un nuevo cliente. No te imaginas cuánto se prende un hombre cuando piensa que eres primeriza y, sobre todo, cuando te lo nota. Es para ellos otra clase de rito, como una iniciación, te toman con más cuidado, algunos buscan “rescatarte”, otros incluso enamorarte, como si el poco tiempo en el oficio aún no te enseñara a distinguir entre placer y negocio, como si entre el sacón de onda y la chambita socarrona tuvieras chance de andar pescando príncipes azules. Intentan enseñarte, guiarte o penetrarte como sí, al menos en su fantasía, fueran los primeros en cogerte. Y algunos lo eran (al menos los primeros de ese día).

Se portaban lindos y, aunque al principio me daba un miedo tremendo acostarme con señores que no conocía, con el paso del tiempo fui haciendo callo y encontrándole el modo y el gusto. De cualquier forma, me hice la primeriza un buen rato.

En esa época trabajaba mucho. El hada tenía bien establecido un nutrido directorio de clientes que todos los días llamaban con ganas de coger, prácticamente con todos me presentó como la novedad. -Está empezando licenciado- les decía -Trátemela bien que es muy tímida- Era como decirle al lobo, ahí te va Caperucita.

Había algunos que me buscaban varias veces al mes. Entre ellos estaba Adrián, un empresario de mediana edad, guapetón, de mucha lana y con un casonón en una colonia muy fifí del Distrito Federal. Tenía esposa y una hija muy bonita cuyas fotos a veces me enseñaba. Cuando le entraba la calentura le pedía al hada que me mandara. Si su familia estaba fuera, lo veía en su casa, si no, nos veíamos en un departamento en Polanco que no sé si era suyo o se lo prestaban.

Adrián era muy bueno en la cama. Tenía mucha energía y cuando estaba caliente no le importaba cuánto tuviera que pagar con tal de pasarla bien por varias horas. Era delgado, no muy alto, de piel blanca y cabello negro, de barba cerrada pero siempre perfectamente rasurada. Siempre olía delicioso y tenía un trato encantador.

Eso sí, tenía un fetiche, siempre que nos veíamos llevaba perfectamente planchado el uniforme de una escuela muy fresita: zapatos, calcetas, falda, blusa, suéter y hasta listones para el cabello. Me daba una muy buena propina para que usara esa ropa y siempre me hacía el amor sin quitármela del todo. Después pasábamos horas conversando, de nuestros planes, de las cosas más simples y las más complejas, conversaciones ricas e interminables que disfrutaba mucho, era un hombre inteligente y siempre me ha seducido la inteligencia. Creo que fue el primer cliente con quien tuve un orgasmo verdadero y también el primero por quien comencé a sentir algo más allá de la relación cliente-proveedora. Al menos cachonda, si me ponía cada vez que nos veíamos.

Justo estaba en esas maromas emocionales cuando dejé al hada y dejé también de ver a muchos de sus clientes, incluyendo a Adrián. Hace un par de días, sin embargo, recibí una llamada suya:

-Hola- Me dijo (llamándome por mi nombre de batalla de aquella época) -¡Qué gusto encontrarte!- Nos pusimos de acuerdo para vernos