lunes, 17 de junio de 2013

Soy prostituta por Lulù Petite

Soy prostituta. Una muy buena, por cierto. Perdona la falta de modestia, pero hoy amanecí muy consciente de mis cualidades en el oficio.

Soy prostituta porque tengo relaciones sexuales a cambio de dinero. Esa es la definición del diccionario y, aunque la Real Academia Española de la Lengua no se distinga por la profundidad de sus descripciones, hemos de reconocer que sus retratos hablados se acercan mucho a lo que lo que la mayoría de la gente pensamos al escuchar una palabra.

Digo que soy una buena prostituta porque además de mantener relaciones sexuales (y cobrar por ello), en los servicios que ofrezco siempre hay un trato especial. Un bono extra que viene incluido en el precio de la encamada. Y es que coger es un acto muy simple, puede bastar con bajarte los calzones, subirte la falda y dejar que un hombre te penetre. Eso, en términos generales, meramente mecánicos y fisiológicos, es cosa fácil. Millones de colegas, por razones muy respetables, ofrecen así sus servicios.
Una vez leí un reportaje triste sobre una mujer en una zona marginada de no recuerdo qué país, que contaba la historia de los años que trabajó como prostituta, siendo una jovencita. Sus jornadas eran de más de ocho horas diarias, en las que uno tras otro, entraban hombres, tan marginales como la zona, a desahogar su deseo sexual, a satisfacer los instintos. Se trataba de sexo automático. Un cliente tras otro, a precios bajísimos. La chica no tenía tiempo entre cada servicio de, al menos, limpiarse o respirar profundo para tratar de sanar un poco las heridas del alma. Su experiencia fue traumática e, incluso hoy, a años de distancia de aquellos tiempos, este oficio la hirió, dislocándole la alegría. Hablar con ella de un tipo de prostitución en que el trabajo se hace con cierto gusto y la prostituta no se asume como víctima es poco más que ofenderla. Para ella, nada bueno hay en este mundo envenenado.

Por eso cuando pienso que con estos textos hago parecer que ser trabajadora sexual es pan comido, me dan ganas de aclarar que he corrido con suerte, que las más de las veces se viven cosas que no le recomendaría a ninguna chava en condiciones de tomar otra opción. Decir que yo misma he vivido días terribles. En este oficio hay una línea muy delgada entre lo correcto y lo incorrecto. Creo que el punto de quiebre es si se ejerce de manera voluntaria o si la trabajadora (o trabajador) sexual es obligado a prostituirse.

Sobre la primera opción hay mucho qué decir y mucho qué hacer. Creo que entre más conozcamos sobre el trabajo sexual independiente y más solidarias seamos quienes a esto nos dedicamos, mejor puede ser para todos. La segunda opción es un delito que hay que perseguir y castigar.

Ayer en la mañana recibí el correo de una señora que fue prostituta en los noventa. Me decía que le gustaba leerme, pero que quisiera leer también de vez en cuando sobre las cosas duras que pasan en este ambiente, de que hay gente que se aprovecha, de que suceden cosas feas: violencia, adicciones, abusos, excesos, explotación, trata. Siendo franca, a mí me gusta hablar de lo que me consta. Sé que todo eso existe, que le arranca la felicidad del pecho a cientos de miles de mujeres y hombres de todas las edades; afortunadamente para mí, me ha tocado verlo de lejecitos. Sufrirlo como espectadora, no como actora. Intercambiamos varios correos y creo que nos hicimos amigas. Prometí que, al menos, compartiría aquí sus opiniones.

Ya más tarde y pensando en cómo escribir sobre ese tema, atendí a un cliente. Es un chavo de treinta y ocho años, ingeniero, muy inteligente y con una voz tierna y varonil. Lo conocí hace tres años, con un problema de obesidad mórbida, el muchachito pesaba 145 kilogramos ¡Tres veces y media lo que yo peso! Su sobrepeso, me dijo, le había provocado mucha inseguridad, por lo que nunca había tenido una novia y, hasta el día en que nos conocimos, nunca había estado en la intimidad con una mujer. Era virgen.

Nos hicimos amigos. Yo fui su primera mujer y una de sus primeras amigas. Nos veíamos más o menos seguido y, además del sexo, teníamos largas y amenas conversaciones. Entre besos, caricias, contacto, calor y cariño verdadero, construimos juntos una complicidad sexual-afectiva de esas que sólo pueden hacerse entre cliente y prostituta. Algo así como una terapia de cariño, mitad prestarle oídos, mitad prestarle las nachas.

Nuestra amistad, en cierto modo, fue reforzando su autoestima. Poco a poco comenzó a bajar de peso, hoy pesa poco menos de cien kilos y se ve muy distinto a cuando nos conocimos.
Ayer me llamó y nos vimos cómo cada vez, sólo que esta ocasión no quiso tener sexo.
-Hoy te llamé sólo para platicar- Me dijo -Te tengo una buena noticia, ya tengo novia y me voy a casar. Te lo quería agradecer porque, aunque no pueda explicarte cómo, tuviste mucho que ver.
Nos abrazamos y estuvimos platicando casi tres horas. Prometió invitarme a la boda.

Soy prostituta. Una muy buena, por cierto. Perdona la falta de modestia, pero cuando te despides de un cliente y sabes que le has ayudado en algo a mejorar su vida, no te queda menos que revalorar tus cualidades en el oficio.