martes, 9 de julio de 2013

"El centro del universo" Por Lulú Petite


 

Me gusta pensar que el orgasmo es el centro del Universo.
No puedo evitarlo, cuando está por llegar, cuando explota. Siento plenamente cómo se va fabricando en un diminuto punto de mi cuerpo y de pronto ¡Pum!

Revienta gigante e incontenible, como un big-bang que me va inundando las arterias, que me nubla el pensamiento, que va creando soles, galaxias, planetas, lunas. Que explota en mí y me trasciende. Un estallido infinito, que me pone la vista en blanco y hace sentir esa muerte chiquita de la que hablan los franceses. Un orgasmo es creación. De la nada al todo. Si una explosión fue el asombroso origen del universo, ¿qué es el orgasmo sino otra detonación maravillosa?, capaz a veces de provocar placer y otras de germinar una vida. Ya lo he dicho: El cuerpo celebrando, con fuegos artificiales, el instinto de conservación.

Por eso adoro y respeto el orgasmo. Por eso y por sus protagonistas.
Mi clítoris: Discreto, diminuto, dócil y versátil. Es tan humilde que hay quienes ni siquiera saben identificarlo. Pero allí está, entre pliegues y piernas, esperando el estímulo para abrirse como un botón de rosa. Tibio, palpitante y maravilloso ¿Puedes creer que tengamos en el cuerpo un pedazo de cielo con tantas terminaciones nerviosas y sin otra función fisiológica que enloquecerte de placer? Allí su grandeza, no en el tamaño, sino en lo que es capaz de provocar.

Tu pene: Expectante, pendiendo de tu cuerpo un saco suave de piel que dormita, esperando el torrente de hormonas que lo llene, que lo haga florecer grande y perfecto. Puede bastar un beso o una caricia y el tinglado de venas y nervios se levanta como torre y se vuelve espada, tronco, cincel. Es una tropa lista para invadirme, para ocuparme.

Yo no opongo resistencia ¿qué caso tiene? Te quiero en mí, quiero sentirte dentro, besar tus labios, apretar tus nalgas cuando me la metas, hundirte mis uñas, comerte la boca, mirarte a los ojos, sentir tu movimiento, el peso de tu cuerpo sobre el mío. Todo eso quiero mientras te voy desnudando. Beso tu pecho. Muerdo tus pezones. Mis manos hurgan la piel bajo tu camisa, camino abriendo puertas, quitando botones. Me encanta tu cuerpo macizo, varonil, acogedor.
Te recuestas boca arriba, prácticamente desnudo. Me trepo a la cama y, de rodillas, gateo hasta ti buscando tu boca. Mi blusa va ya desabotonada, tú me la quitas. Cuando te beso, mis senos quedan contra tu pecho y mi cabello cubre tu cara. Metes tu lengua a mi boca. Sabes al wiski que estabas tomando. Allí está el vaso en el buró, con los hielos ya hechos agua, junto a los condones y mi teléfono. Con un chasquido desabrochas mi sostén, acaricias mi pecho y te llevas mis pezones a tus labios. Me tienes.

Nos terminamos de desnudar y allí estás tú. Interesante, varonil, divertido. ¿Cuántos años tienes? -te calculo cincuenta y algo- Sonríes con cierta picardía, pero te tiembla el pulso y estiras el cuello pidiendo un beso que aún no te atreves a tomar sin permiso. Te veo el miembro. Lo tienes divino: grande, grueso, rosado, con las venas definidas y con un medio durazno maduro y delicioso, que redondea el extremo que ha de abrirse espacio entre mis piernas.

Y entonces lo toco, y siento cómo te estremeces, lo empuño, lo jalo, lo llevo a mi boca, lo saboreo. Siento como un arroyo hirviente palpita dentro: “pum-pum, pum-pum”. Te la mamo despacito, sintiendo cada movimiento tuyo, cada espasmo, estás a punto de venirte, pero haces un esfuerzo y aguantas, no quieres acabar así, necesitas metérmela. A eso viniste, en eso has estado pensando desde que viste mi anuncio en internet y planeaste la escapada, en eso has pensado cada vez que me dedicas una chaqueta: Quieres metérmela, así de sencillo.

Tu cuerpo siente la urgencia. Quieres entrar, que abra mis piernas, mis brazos, mis labios. Qué hermosa la naturaleza, que aunque embona en sus centros, hay muchas otras maneras en que las almas se trenzan y se acoplan: besos, abrazos, guiños, caricias, sudores, alientos.

Tú estás abajo y yo arriba, así que te ajustas a bailar al ritmo que te toco. Tomo tu falo, lo apunto entre mis piernas y voy con él abriendo un caminito entre mis pliegues. Tú te emocionas. Miras mis pechos, después mis ojos, yo me voy sentando despacito.

Poco a poco tu erección va penetrándome, sintiendo el abrazo caluroso y húmedo de mis paredes vaginales. Gimo. La tienes tremenda y me lastima cuando va entrando.

Pongo mis palmas en tu pecho y me comienzo a mover de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, despacio, distribuyendo en tu erección los roces de mi sexo. Pones tus manos en mi cintura, cierras los ojos y aprietas los músculos de tu cara, yo me siento llena, tú realizado, pero ya no puedes más.
Quieres vaciarte, que esa pasión, ese instinto, esa urgencia que se te acumula en el bajo vientre, fluya y al salir ese chorro tibio y lechoso que ha de llenar el preservativo, los fuegos artificiales invadan tu cuerpo y vayan creando soles, galaxias, planetas, lunas. Llevándote Leviatán al centro del universo.