viernes, 26 de julio de 2013

A toda madre por Lulù Petite

Érase una vez una morrita que se llamaba Lulucienta. Hace muchos años, cuando el periférico nomás tenía un piso, ella tenía un novio que vivía en un reino muy, muy, pero muy lejano llamado Ciudad Satélite.

Como era una niña acomodada, Lulucienta usaba un gran coche con chofer. Era un coche enorme, verde y ruinoso, en el que cabían unas veinte personas sentadas y otra docena de pie, entre las cuales se acomodaba nuestra niña acomodada, para visitar a su príncipe azul.

El chofer y su apuesto asistente, de manga corta y erizada cabellera, iban de pueblo en pueblo, afinando la garganta con el alegre canto de “¡Chapultepec-Ejercito-Echegaray-Satélite-Valle Dorado, súbale hay lugareeeeees!”. Estruendosa, pero coqueta, la alegre música de la Qué Buena acompañaba a los pasajeros en su largo peregrinaje, que entre dormidos e intoxicados, respiraban el vapor ceniciento que escapaba de los mofles de aquella ruta eterna.

Un par de horas después y aún con “la micro” a reventar, Lulucienta, de baja estatura y cuerpo de niña, se abría paso entre sobacos, para tocar el timbre que anunciaba su bajada.

Pegando un brinco en ese último escalón, siempre demasiado alto, tocaba al fin tierra firme y caminaba un par de calles, ya sin el ruido de motores y cláxones. Entonces llegaba a la casa de su y llamaba a la puerta.

Casi siempre abría una señora de unos cuarenta años, delgada, con el cabello rizado, las manos suaves y una sonrisa tan dulce que era como una caricia. Era su suegra, la mamá del príncipe.
En aquella época, Lulucienta había dejado su casa. Tenía catorce años, pero detrás de ellos una historia sólida de tranquizas y malos tratos. No estaba acostumbrada a que la acariciaran con sonrisas y menos a los buenos tratos.

Al príncipe lo conoció una noche, cuando estaba a punto de hacérsele calabaza el microbús, perdió uno de sus tenis que fue devuelto por el mismísimo galán de quien quedaría perdidamente enamorada.
Naturalmente, el príncipe y Lulucienta se hicieron novios. Todas las tardes, en el palacio de aquel reino muy, muy, pero muy lejano al norte de la ciudad, los novios se metían en el cuarto del galán y le daban vuelo a sus hormonas.

Él tenía dieciséis y ella quince la primera vez que cogieron. A pesar de que han pasado tantos años y cosas, ella recuerda aquel momento hasta en el más insignificante de sus detalles. Era una noche de octubre, la luna alumbraba el cuarto del galán, donde ellos exploraban sus emociones. Los besos del príncipe cortaban la respiración de la princesa, sus manos en sus senos, que brotaban apenas, provocaban que entre sus piernas corriera una humedad como la de un manantial que nace. Especialmente cuando sintió pegada a ella el sexo del joven que, ansioso, quería probar los secretos de su novia.

Ella se dejó desnudar. Se sintió querida, protegida, deseada, confortada. Cuando aquella joven erección, inexperta y ansiosa, al fin se abrió paso entre las piernas de la chica, ella sintió como si un hierro caliente la penetrara, un dolor tan hondo que, literalmente la ocupaba, le quemaba.

Muchos años han pasado y, después de haber vivido por tantos eventos similares y haber comparado infinidad de erecciones, ella reconoce que aquella es una de las más grandes que ha sentido. Ciertamente, después del dolor vino la calma, el placer, la respiración agitada, los besos, las caricias, el orgasmo. Después de aquella primera vez, hubo tantas que el olvido hace imposible registrar los detalles de todas, sino como la suma de episodios similares, todos intensos, todos espléndidos.

Durante ese tiempo, la mamá del príncipe, atenta y conmovida por la historia de Lulucienta, se fue convirtiendo en amiga, apoyo y confidente de aquella niña que había salido de su casa. En los años más difíciles, le sirvió de soporte y referente, le dio consuelo, le dio calor, le dio cariño. En aquella buena señora, Lulucienta conoció el amor de madre.

Con el tiempo, como en la mayoría de los cuentos de hadas de la vida real, el príncipe sacó a relucir lo sapo. Más temprano que tarde, donde había miel nomás quedó el panal y de abejas bien bravas. Lo que más le dolió a Lulucienta cuando al fin mandó al carajo a aquel príncipe-batracio fue volver a la orfandad, perdiendo el calor de aquella mamá postiza que la vida le había asignado.

En los años siguientes Lulucienta conoció gente buena y gente mala. Entre las buenas, a muchas que tenían brazos, oídos y vocación de madres, aún sin serlo de verdad. Un día comenzó a vender caricias y, también en ese negocio, conoció a espléndidas mamás, algunas con las que comparte actividad, otras con las que no.

Con el tiempo, Lulucienta aprendió que en el oficio de ser madres no hay denominadores comunes, cada quien lo hace lo mejor que puede y como se las arregla. Algunas lo hacen muy bien, otras cometen errores, pero todas merecen respeto.

Hoy Lulucienta ha podido construir cicatrices y enterrar rencores. Hoy que es diez de mayo, puede estar en casa de su mamá verdadera, festejar con ella y desearle felicidad, pero justamente por eso, a Lulucienta le vienen a la cabeza todas esas mujeres que ha encontrado en su camino y que, no siéndolo, en algún momento le dieron el consejo de madre o le prestaron hombro, oídos, atención. Quienes la tengan, aprovéchenla, háganle saber que la quieren mucho, pues quienes ya no la tienen quisieran hoy estar en los zapatos de ustedes.