sábado, 3 de agosto de 2013

CHAVITO PRECOZ POR LULU PETITE

Hoy atendí a un chavito encantador. Diecinueve años cumplidos hace apenas unos meses. Bajito, muy delgado, cara afilada, piel blanca, sus ojos grandes y tristones, su pelo largo, con un corte estilo pastor inglés que está tan de moda entre los teenagers. Su expresión dulce, casi melancólica, el típico chavito bonito, tirándole a nerd, que tiene un encanto raro, al que aún no aprende a sacarle provecho.

He de admitir que, aunque se ve exageradamente joven como para gustarme, está guapo. Aun así, es el niño más tímido que he conocido en mi vida. Como de costumbre, lo primero que hice cuando vi que el cliente se veía muy verde, fue pedirle que me mostrara su identificación. Siempre he sido precavida y tengo la firme convicción de que no hay nada más ruin que robarse la inocencia de un menor, de cualquier modo, desde el asunto del Kalimbazo, extremo precauciones cuando veo a un cliente con cara de que tuvo que juntar sus domingos para contratarme.

No entré al cuarto hasta que tuve en mis manos y pude comprobar que la credencial de elector era auténtica. Naturalmente se la devolví de inmediato, no iba a salvarme de la acusación de estupro ganándome una denuncia ante la FEPADE.

Comprobada la mayoría de edad y entendiendo con eso que ya tenia peluche en el tablero, pasé a la habitación. El chavito estaba hecho un manojo de nervios. El cuerpo le temblaba, las manitas le sudaban frío, tartamudeaba. No sabía qué hacer, nomás se quedó allí, paradito junto a la puerta, esperando a que yo le dijera qué seguía. Supuse que si no lo tranquilizaba corría el riesgo de que le diera un síncope o se me pusiera turulato.

-Siéntate- le dije -no estés nervioso. No muerdo (a menos que te guste)…
Le robé la primera sonrisa. Se sentó frente a mí, distante, como si en su habitación se hubiera metido un tigre, domado, pero peligroso. No sabía yo si era mucho el miedo o si de plano el chavito no sabía ni qué hacer. Me le acerqué y lo tomé de la mano.

-Cálmate- le dije acariciándole el brazo –Podemos irnos despacito, el chiste es que lo disfrutes.
No hice preguntas obvias. Aunque él no lo dijo, evidentemente era su primera vez. No es mi especialidad desquintar chavitos. No es mala onda, pero aunque me provocan ternura, en la mayoría de los casos tienen esa torpeza natural que sólo se disfruta cuando se hace como un acto de amor. De todos modos, somos arrieros y en el camino andábamos, así que ya encarrilados y una vez que se calmó un poquito, comenzamos con el juego amoroso.

Le di un beso en los labios que lo hizo estremecer.
-¿Te ayudo a denudarte?- Le pregunté

-No, yo puedo- Contestó y, como si tratara de entrar al libro Guiness de records en desnudos rápidos, se quedó en purita trusa, exhibiendo una potente erección. He de admitir que, si en todo lo demás aún se veía muy chavito, lo que tenía entre las piernas era de un hombresote. Grande y aguacatudo.

Así se recostó en la cama, sólo con su calzoncito puesto. Yo me puse a su lado y le besé nuevamente los labios. Acaricié sus muslos y sentí cómo su erección seguía palpitando tremenda, escapando ya un poco de sus chones. Seguí besándolo y, cuando puse mi manita encima de su trusa, lo oí gemir y allí sin más, disparó un chorro tibio, viniéndose copiosamente.

El pobrecito se puso más colorado que una nalga de mandril y no dejaba de pedirme disculpas. Me paré al baño y le traje un poco de papel higiénico para que limpiara el batidillo. Estaba el pobre tan caliente, que la descarga fulminante le cayó en su cara, pecho, barriga y dejó sus chones más almidonados que en tintorería de los años cincuentas. Afortunadamente yo salí ilesa. A penas se desembarró, se levantó a bañar.

La ducha y la descremada sirvieron para que se tranquilizara. Ya muy limpio se recostó de nuevo al lado mío y comenzó a platicarme su vida. Resulta que está perdidamente enamorado de una niña de su salón. Enamorado así, como lo hemos estado todos alguna vez en la vida. De esas que se duerme pensando en ella y es ella lo primero en quien piensa al despertar. De esas que los fines de semana le parecen eternos y los lunes son día de alivio, de volver a verla, de cruzar palabra, de soñarla despierto.
El caso es que su enamorada no tiene ni la más puta idea de que nuestro amigo está dando las pompis por ella.

-¿Qué me aconsejas?- Me preguntó, como si yo fuera experta en amores. Creo que platicamos bonito, pero si les parece, de eso les cuento para la próxima.