sábado, 10 de agosto de 2013

PROPUESTA INDECOROSA POR "LULU PETITE"

Lunes por la noche: fui a atender a un cliente. No fue en un motel de los de pisa y corre porque vino de Oaxaca por asuntos de trabajo, así que aprovechó la habitación en la que se hospedó para recibirme.
Es delgado, más bajito que yo, de casi sesenta años, cabello entrecano y el rostro arrugado (rugosidades prematuras, porque no es que se vea viejo, sino acanalado). Eso sí, tiene una sonrisa muy expresiva, que hace que sus arruguitas chocarreras le dibujen un mapa de surcos en la cara, que le dan un aspecto cordial. Es chilango, pero con treinta años viviendo en la tierra de Benito Juárez, ya se siente más oaxaqueño que una tlayuda.

Trabaja para una empresa importante, tiene sus propios negocios y sabe gozar la vida. Me llamó, según él, porque tenía curiosidad conmigo, dizque ver si era cierto lo que escribo. Me cayó bien, es buen conversador y con gracia para contar chistes, me tenía de una carcajada a otra.
A media plática se acercó, me jaló suavemente de los jeans y llevó sus labios a los míos. Eran besos apasionados, expertos, de alguien que ha besado muchas bocas y sabe encontrar y aprovechar las diferencias. Sus manos resbalaron hasta mi trasero y me jaló de nuevo hacia él, para que sintiera crecer su erección bajo el pantalón. Estuvimos un rato, entre faje y besos, hasta que nos fuimos a la cama y ponchamos como es debido. Terminando, volvimos a la plática y nos despedimos, con la promesa (casi siempre mentirosa), de volver a vernos.

Martes, a medio día: Recibí un mensaje de texto felicitándome por la columna de aquel día y diciéndome que se la había pasado muy bien. Firmaba: “Arruguitas”
Miércoles, en la tarde: Misma habitación. Esa vez no hubo plática previa, lo encontré más ganoso que a un puberto a media chaira. Estaba súper excitado, con el pene ya durísimo y apurado por escapar de la bragueta. No sé si simplemente el estar fantaseando lo había puesto más caliente que un comal de tortillera o de plano el muy canijo se había aventado un coctel de viagra, el caso es que no me dejó ni terminar de entrar, cuando cerró la puerta, me detuvo y me dio un beso ansioso mientras me acariciaba el rostro.

Me llevó de regreso a la entrada, acorralando mi cuerpo entre el suyo y la puerta, puso sus manos a mis muslos y, metiéndolas bajo mi falda, quiso sacarme el vestido.
-¡Momentito corazón!- le dije empujándolo suavemente -Con brusquedades me desarmas, no ves que soy frágil y chiquita, vámonos despacito- El hombre soltó una carcajada y me siguió mansito hasta la cama.

Volvió a besarme, pero ya no con urgencia adolescente, sino con la prudencia y experiencia del lunes previo. Mientras me besaba, toqué su bulto y desabroché el pantalón, metí la mano por sus boxers y sentí ardiendo la piel de su sexo, y cuando digo ardiendo es ardiendo, realmente entendí la frase de “caliente como cautín”. Es decir, el hombre estaba al rojo vivo, con el pene a una temperatura que quemaba.

-Oye baby ¿Es normal?- Le pregunté
-Es que traigo muchas ganas… así me pongo…
-Bueno mijo, mientras no me vayas a quemar por donde despacho.
Desde luego, no era para tanto, me puse en cuclillas, abrí los labios, le calcé un preservativo y comenzamos. Lo bueno de que estuviera tan ardiente, es que más tardó en entrar que en venirse. El resto de la hora, prefirió que conversáramos mientras le daba un masajito con piedras calientes.

Jueves en la noche: Me volvió a llamar, pero esa vez quiso un servicio de dos horas. Nos vimos en la misma habitación. Venía de una reunión de trabajo y se veía cansado, me dio unos cuantos besos y me pidió que por esa ocasión comenzáramos por el masaje. Me estuvo contando cosas de su vida, de su trabajo, de sus planes. Me dijo que es viudo, que tiene dos hijos, una hija y tres nietos. Cuando terminé el masaje, me pidió que me montara. Luego me puso boca abajo y, separando un poco mis piernas, me hizo el amor mientras masajeaba mis hombros y cuello con sus pulgares. Estuvo rico. Esa noche lo hicimos tres veces y nos despedimos de veras, pues al día siguiente volaba de regreso a Oaxaca.
Viernes, a medio día: Me preguntó si me podía ver rápido en su hotel, quedaba tiempo antes de que su avión saliera. Llegué lo más pronto que pude e hicimos el amor de prisa.

Estábamos en la despedida, cuando me tomó de la mano y, mirándome a los ojos disparó la propuesta:
-Oye… Cásate conmigo…

Nunca sé que contestar cuando me hacen esos planteamientos, así que lo abracé, le di un beso dos-tres atrevido y le dije:
-No mijo, así estamos bien, si el sol es uno y nos calienta a todos ¿Quiénes somos para pensar que nosotros sólo podemos calentar a uno?