lunes, 2 de septiembre de 2013

"PRIMERIZO" POR LULU PETITE

Cerré los ojos y sentí su tacto ansioso tratar de palpar cada milímetro en mi piel. Las caricias atrabancadas, las palmas sudorosas, las manos temblorosas y la boca seca. El chavo estaba muy nervioso. Me dijo que tenía veintiocho años, pero le calculé veintiuno. Por si las moscas, le pedí que me enseñara su credencial de elector (Caras vemos, Kalimbazos no sabemos). Resultó nacido en 1990, así que tiene 22 años (casi le atino). Me parece gracioso que quiera hacerse pasar por más grande, como si con eso ganara algo. Así tuviera diecinueve o setenta, mientras tenga edad legal, me pague y no quiera pasarse de lanza, un cliente es un cliente.


Hay dos tipos de clientes nerviosos. Los que se dejan llevar (y puedes bajarles los nervios) y los que están tan ansiosos por coger, que se les nubla el entendimiento y no se dejan ayudar. Los primeros generalmente son chavos o señores que no han contratado antes los servicios de una profesional o que están emocionados porque -valga la falta de modestia- les hace ilusión conocerme.

Los segundos, esos que no entienden de razones, casi siempre son primerizos, quintos, célibes, castos, puros… vírgenes, pues. No es una regla, hay novatos con tanta intuición que desde su primera vez cogen divino, escuchan consejos, reciben instrucciones y se estrenan con experiencias muy gratas. Hay, en cambio, otros que de plano, creen que si no lo tocan todo, si no aprietan, si no exprimen, no están haciendo bien las cosas, son bruscos para acariciar, torpes para besar e ineptos para coger. Así era este muchacho. No mal intencionado, pero si tosco y evidentemente falto de experiencia.

Al principio traté de llevarlo. De buscar que se relajara, que respirara profundo, calmara su temblorina y se diera chance de disfrutar el rato, pero nada, no escuchaba, sólo quería manosearlo todo, lamerlo todo. Llegó el momento en que me desnudé, le pedí que hiciera lo mismo y nos metimos a la cama. Fue entonces cuando cerré los ojos y sentí su tacto ansioso tratar de palpar cada milímetro en mi piel.

No hice gran cosa. Me dejé tocar, rezongando cuando lo hacía de manera brusca y parándolo cuando me incomodaba. Lo dejé ver, servirse, explorar el cuerpo de una mujer desnuda y deseable. El problema se agravó en cuanto se fue a mis senos.

Los pezones son una zona erótica muy sensible. Bien acariciados pueden abrir las puertas a los placeres más exquisitos, mal tocados pueden joder hasta el más entusiasta de los encuentros. Lo peor que puedes hacer con un pezón es tratarlo como si quisieras sintonizar una estación en un radio antiguo. Definitivamente ¡No! Me cae que no son giratorios. No son de hule y es completamente anti erótico torcerlos como si estuvieras haciendo una travesura de secundaria. Es como si yo le agarrara al cliente su pirrín y empezara a girarlo como tornillo, estoy segura que a la primera vuelta si no me sueltan un manazo, al menos si salen por patas.

Quité su mano de mi pecho y me paré como si me hubieran puesto resortes en las nalgas.

-¿Eres virgen?- Le pregunté, como evitando decirle que la estaba regando. Se me quedó mirando con cara de susto.
-Eh… no…- Respondió dudoso –C… cómo crees…
-Sabes que si me tuerces así me duele ¿verdad?- Le dije medio encabronada-

Como que le cayó el veinte porque a partir de allí fue otro. Un chavo que se dejaba llevar. Jugamos a que él no se movería a menos que yo se lo ordenara. Se acostó boca arriba, con las manos bajo su nuca y la promesa de que si movía las manos sin que yo se lo pidiera, el juego se terminaba. Me senté sobre él y le di un beso en la boca. Fue un beso suave, apenas rozando sus labios con los míos, no dejando que las lenguas se tocaran. Entonces comencé a bajar trazando una ruta de besos que caminó por sus mejillas, su cuello, su pecho y su vientre. Cuando llegué abajo, acaricié la parte interna de sus muslos, tomé su sexo y comencé a jalarlo, repartiendo besos en su estómago y en sus piernas. Entonces le puse un condón y me lo metí en la boca.

Engullí aquella erección humedeciéndola con la lengua. Probándola, dándole esa caricia oral que a casi todos los hombres les encanta. Luego me monté en él, con mis manos en su pecho y su sexo clavándose en el mío hasta tocar fondo. Gemí y comencé a moverme.

Entonces lo tomé de las muñecas. Besé sus manos y entrelacé mis dedos con los suyos. Luego, sin soltarlos y sin dejar de moverme, llevé nuestras manos a mi cintura, las bajé por la curva de mis muslos, las regresé por el mismo camino, pasamos por mi abdomen y llegamos a mis senos. Dirigí, sin dejar de moverme, caricias suaves, correctas, pertinentes. Luego, me doblé hacia adelante, todavía con su pene dentro mío y sin dejar de coger, puse uno de mis pezones cerca de sus labios. Sacó la lengua para alcanzarlo y lo humedeció un poco. Seguí moviéndome, cuando le di un beso en los labios ahora sí un beso más franco, más amoroso. Se vino en ese momento.

Nada mal para una primera vez ¿No?