jueves, 12 de septiembre de 2013

Puro y mundano sexo por Lulù Petite

Goliat llamó de nuevo. A veces me pregunto si, al menos con él, no está mal esto de estar contando con lujo de detalles cuándo me hace el amor, lo mucho que lo disfruto y hasta qué punto me gusta cómo poncha. El asunto es que estoy consciente de que lee lo que escribo, de que se mete a mi blog, de que compra El Gráfico, de que le encanta que hable maravillas de sus dotes amatorios, lo curioso es que cuando estamos juntos no se lo digo. Cuando lo veo, simplemente me le voy a los labios, me pongo flojita y me dejo hacer lo que a él se le va ocurriendo. Sin amor, eso sí, puro y mundano sexo.


Cuando platicamos siempre es de otras cosas, yo le cuento de la escuela, de los amigos. Él habla del trabajo, de su ex o de sus chipayates. En realidad hablamos de cualquier cosa, excepto de la química que tenemos. La palabra “nosotros” no la usamos.

Al parecer yo se lo digo todo a través del periódico y él me responde volviéndome a llamar y pagando de nuevo por poncharme riquísimo. Y es que con él siempre he tenido orgasmos, nunca quedo insatisfecha. Como negocio, es una maravilla, pero no deja de intrigarme.

Me pidió que nos viéramos de nuevo primero para desayunar y después para irnos al motel. Me pareció buena idea. Nos encontramos a la misma hora y en el mismo lugar de la vez pasada, de nuevo, el Don con aires de mayordomo de la reina de Inglaterra me llevó hasta la mesa donde me esperaba mi galán y me ofreció un juguito y un plato de fruta fresca. Desayunamos riquísimo y la conversación estuvo inmejorable. Después pedimos la cuenta. Su idea era que nuevamente nos fuéramos juntos en su carro y después él me regresaría a recoger el mío, pero como para esa mañana yo tenía otros compromisos, preferí que cada quien nos fuéramos en el propio, así que nos seguimos hasta el motel.

Se estacionó al fondo y yo detrás de él. Recorrimos el estacionamiento y llegando a la recepción me tomó de la mano. En el elevador me dio un beso. Ya en la habitación aproveché para cepillarme los dientes, mientras él encendió la televisión. Me pareció raro, nunca antes había prendido la tele cuando estábamos juntos. Después de mí, también pasó a lavarse la boca. Había dejado la tele, sin volumen, en uno de los canales porno. En la pantalla había una rubia muy joven a la que un narizón le daba por el fundillo.

Cuando regresó del lavabo comenzó a besarme y tocarme. Subió mi faldita y apretó mis glúteos suavemente. Entonces, para no faltar a la costumbre, me levantó y me dio un beso de aquellos. Conmigo en sus brazos, caminó unos metros y me tumbó en la cama, después sin desvestirme, me quitó la tanga, separó mis muslos y metió su cara bajo mi falda. Su lengua y labios atendieron mi clítoris con entusiasmo, mientras yo veía, en la tele muda, los gestos de placer de la rubia a quien sodomizaban. No pude evitar tener un orgasmo en su boca, pero él siguió lamiéndome hasta que tuve que empujarlo cuando el placer era ya insoportable.

Se levantó y, sin decir palabra, se desabrochó los pantalones y estiró una mano para ayudarme a sentar. Le ayudé: Bajé la bragueta, jalé un poco el resorte de sus bóxers y aquello saltó como si estuviera vivo. Sentí en mis manos la piel suave y tibia de su erección, la vi crecer, ponerse dura, sentí como se inflaba para mí. Se la jalé un poquito y le pedí que me besara echando un poco la cabeza hacia atrás y ofreciéndole los labios. Entendió. Con una mano en su sexo, la otra apretándole los muslos y mi boca besándole la suya, me puse tan cachonda que el corazón me empezó a brincar como tambor de guerra.

Como siempre, el sexo estuvo formidable y extenuante. Después del segundo brinco, nos quedamos un ratito acurrucados la una en los brazos del otro. Entonces llegó la hora de despedirnos. Me levanté y fui a ducharme. Él me miraba a ratos, con sus manos en la nuca y su cuerpo perfecto tendido sobre las sábanas. Después volteaba y se quedaba viendo el televisor silenciado, donde ahora un par de negros con unos enormes pitos atendían por todos lados a una morenita de cabello chino. Me terminé de vestir y le lancé un beso.

-Me voy corazón- le dije -tengo un compromiso y se me hace tarde. Nos vemos pronto.
-Ah qué huerca ¿Cómo que ya te vas?- respondió sonriendo -¿No se te olvida algo?
-No corazón- respondí
-No te he pagado
-Has de saber que eso no se me olvida nunca baby, ésta va por mi cuenta-le dije cerrándole el ojito. Abrí la puerta, salí y me fui por mi coche.

Digamos que fue una de cal, por las que van de arena. Cortesía de la casa.