jueves, 19 de septiembre de 2013

Desquintando un caramelo por Lulù Petite

Hace unos días atendí a un chavito de 21 años. Más rosita que blanco, con ojos grises muy profundos, cabello negro medio despeinado, barriguita, pecas en la nariz, sonrisa inocentona (como de calabaza en Halloween) y un hermoso par de cachetes, redondos y colorados, muy besuqueables.

Si hubiera estado vestido de boy scout, habría jurado que me iba a tirar al monito de la película “Up” (esa donde un gordito viaja con un viejito en una casa con globos). La neta es que me dio un chorro de ternura. Platicamos padrísimo, nos reímos y, claro, como yo a lo que iba era a chambear, tuvimos relaciones.


Fue su primera vez y estaba muy nervioso, sus manitas sudaban tanto que parecían mojarritas escurridizas y noté que le temblaban los labios cuando me acerqué a besárselos. Algunos primerizos son fascinantes, son tan dulces que te esfuerzas más para que disfruten. Él, además de encantador tenía una timidez de venadito que dan ganas de apapacharlo.

Cuando entré a la habitación se quedó helado, no sabía si besarme, abrazarme, o de plano darme un apretón de nachas. Nomás se quedó paradito junto a la puerta, viéndome entrar y ponerme cómoda. En estos casos, lo más importante es hacer que se calmen (hacerlo con miedo es casi perverso).

Fue entonces cuando me acerqué, lo tomé de las manos, le arrimé los pechos y besé sus labios despacito, dejándole saborear las caricias de mi lengua. Cuando el beso terminó, los nervios se iban convirtiendo en deseo y confianza.

Nos fuimos a la cama. Seguimos besándonos y nos pusimos a platicar. Resulta que está estudiando administración de herencias, le encanta leer y va al cine una vez por semana, tiene un hermano más chico y nunca ha tenido novia. Le fascinan los videojuegos, las series gringas y está enamorado (en silencio) de una chavita a quien según él me parezco.

Resulta que ésta no era sólo la primera vez que lo hacía ¡el nuestro había sido su primer beso! (Me pareció muy tierno que me lo confesara). Para cuando terminamos de platicar, ya había vencido de plano sus miedos y estaba listo para desquintarse.

Nos desnudamos. Él, como si le hubieran soltado las riendas frente a los regalos de Santa Claus, se fue derechito a mis pechos. Me los agarró como si quisiera calar melones y se los llevó a los labios ¡Parecía chivito en lechería! no sabía si acariciarlo o pasarle un bolillito pa’ que acompañara su lactancia.

Para calmarle el apetito, le pedí que me diera otro beso. Mientras lo hacía, tomé su mano y la llevé despacito por diferentes partes de mi cuerpo, luego le pedí que me besara el cuello y que dibujara corazoncitos con sus dedos en mi espalda, lo hizo bien. Terminamos comiéndonos mutuamente a besos.

Para cuando llegué a su miembro ya estábamos perfectamente acomodados para un espléndido sesenta y nueve. Lo tenía lindo, ni grande ni chico, muy limpio, rosita desde la base y con la cabecita de punta redonda, como fresa madura. Nuestras lenguas tuvieron en qué entretenerse.

Hicimos el amor despacito, cuando él se atrabancaba, lo regresaba a un ritmo que le permitiera disfrutar su debut. Cuando entró, le di un beso en los labios, lo abracé y lo dejé moverse. Lo hicimos de misionero, de perrito y de cucharita.

Me la pasé muy bien, fuimos como dos amigos descubriéndose y ayudándose, uno con mucha más experiencia que el otro, pero gozando al mismo tiempo de los hallazgos, de los aprendizajes. Cuando terminamos, el se acostó boca arriba y yo puse mi cabeza sobre su pecho. Me abrazó.

-¿Quieres ser mi novia?- me dijo mirando al techo.
-Claro corazón, toda la hora y todas las veces que quieras reincidir.
-Ja, ja, yo digo mi novia de veras.
-¡Ay chiquito! para qué te miento, tu y yo acabaríamos muy mal.
-Pero me gustas mucho.
-Por eso niño, deja que una con menos problemas existenciales sea la primera que te rompa el corazón, a mí nomás me tocó quitarte lo quintito- Nos reímos.

Le empecé a dar besitos en el cuello, mientras él acariciaba riquísimo mi espalda. Cerró los ojos y, resignado, me contó de la niña que lo trae de nalgas.

A decir verdad, creo que no ha tenido pegue con las chavas porque es muy tímido. No es guapo ni feo, pero es tan lindo y tierno que, acá entre nos querido diario, si mi vida no estuviera tan liada y este muchacho tuviera al menos nueve añitos más, igual hasta le daba chance. De todos modos estoy segura de que cuando se despabile, ese camaroncito que yo me despaché, va a estar haciendo las delicias de más de un coctelito.