martes, 8 de octubre de 2013

Tómala barbón por Lulù Petite

El jueves fui a cenar con unos amigos del Profe. Estaban celebrando el cumpleaños de un señor ya grande que, según me dijo, hace muchos años tenía un puesto importantísimo en no sé dónde. Un hombre amable, casi dulce y con unas anécdotas encantadoras.

Salimos como a la una de la madrugada. Los amigos del profe se portaron a todo dar, había poca gente de mi edad y, tal vez, desentonaba acompañando a un señor mucho mayor que yo. A él no le incomodaba. Al contrario, cuando me presentaba, prácticamente presumía que yo había sido su alumna, pero que no habíamos comenzado a salir sino hasta que dejé de serlo. No sé si me quería lucir como un trofeo de su mediana edad o simplemente le parecía correcto dar explicaciones. De cualquier modo, me la pasé bien y creo que él también.


El viernes, muy temprano, me despertó con un beso. Él estaba desnudo y recién bañado, pero se metió de nuevo bajo las cobijas para hacerme el amor. Se puso encima de mí, sin dejar caer su cuerpo y, mientras me robaba un beso, metió la mano por debajo de la camisa que me prestó para dormir. Acarició mi vientre, apretó mis senos, rodeó con sus dedos el contorno de mis pezones que lo recibían ya endurecidos. Ese hombre puede hacer que me caliente de volada. Me quitó el calzón con brusquedad, lo aventó al piso y me penetró. Yo me colgué de su nuca y, entre besos y embestidas, me dejé poseer ¡Me encantó!

-Sería bueno que tuvieras aquí pijama y ropa- me dijo mientras se hacía el nudo de la corbata frente al espejo de su habitación. No respondí, pero ciertamente, sería bueno. Desayunamos en la cocina unos huevos a la mexicana que preparó Doña Anita, la señora que le ayuda a hacer la limpieza. Creo que le caigo bien.

Después del desayuno me llevó a mi depa y se fue a trabajar. Me di un baño rápido, me puse unos pants y fui al gimnasio. Me recibió mi instructor con cara de reproche. En las últimas dos semanas he faltado varias veces. Igual hice mi rutina como no dándome por enterada.

El teléfono de trabajo lo dejé en casa desde que me fui a la cena del jueves. Es mejor así, estando con el profe no puedo contestar llamadas laborales. Sería increíblemente incómodo tener que esconderme para explicarle a mi adorable clientela cómo cojo y cuánto cobro.

Cuando llegué a mi casa, pasado el medio día, tenía casi ciento cincuenta llamadas perdidas. Iba a revisar, cuando entró una más. Era un cubano. Su forma de hablar casi musical se identifica de inmediato. Quería contratarme por dos horas y preguntaba si podría ser en ese momento. Me acababa de bañar y venía arregladita como para ponerme a trabajar en cuanto algo saliera, así que le dije que sí, retoqué peinado y maquillaje, me puse un vestidito coquetón y, en cuanto recibí la llamada de confirmación con el número de habitación, salí rumbo al motel.

El cubano era, como la mayoría los isleños, un hombre alegre. Guapo, alto, fuerte y con la piel más oscura que una noche sin luna. Un negrote tipo actor porno que nomás al verlo, provocaba al mismo tiempo turbación y deseo. Tenía, también como la mayoría de los cubanos, una potencia sexual envidiable.

Apenas entré, me recibió con la lujuria propia de quien ha guardado un largo ayuno. Apenas me pagó, de inmediato se sacó la ropa y comenzó a ayudarme a quitar la mía. Desnudos ambos, puso sus grandes manos en mi cintura, me levantó y me llevó a la cama.

Hace varios años dejó Cuba sin otra cosa que ganas de salir adelante. Hoy tiene casa en México y en Estados Unidos, le ha ido bien. Tiene esposa e hijos, pero a veces se le calienta la sangre y busca chicas con quienes sacarse los malos pensamientos. Coge riquísimo, con la energía de la música cubana y la bravura del mar abierto. Tenía además entre las piernas un tremendo garrote que apenas me entraba.

Estuvimos en la cama unos sesenta minutos entre sexo y conversación. Él pagó dos horas, así que en determinado momento era tiempo de volver a encender el romance.

Antes de comenzar de nuevo, pasé al baño, vi entonces que en mi teléfono privado parpadeaba la notificación de un mensaje de texto. Por pura curiosidad lo leí ¡Tómala barbón! Era Mat. Olvidé por completo que había quedado de desayunar con él ese viernes y lo dejé más plantado que una palmera de Reforma. Me dio mucha pena y quise hablarle de inmediato, pero estaba a mitad de una chamba y debía regresar con el cubano. Guardé el teléfono y me volví a recostar con aquel hombre enorme y hermoso. Me lo cogí pensando cómo explicarle a mi amigo por qué lo había dejado esperando.