viernes, 18 de octubre de 2013

De una manera distinta por Lulù Petite

Hoy recibí el correo de una chavita que quiere iniciarse en esto. Me pedía recomendaciones sobre cómo empezar, qué hacer, a dónde ir. La única recomendación sincera que pude darle fue que no lo hiciera, que buscara otras opciones. Eso respondí.


Hoy también me encontré a Bárbara. La conocí en tiempos del hada. Una chavita delgada, alta, de piel blanca, cabello castaño y ojos color miel. En general era una mujer bonita sin llegar a espectacular, pero le apenaba mostrar su vientre, pues un par de pésimas cesáreas le habían dejado el abdomen como crucigrama.

En esa época tendría unos veinte años y, aunque no llamaba mucho la atención, se defendía porque tenía muy buen humor, sabía granjearse a los clientes y se llevaba muy bien con las demás chavas. Cuando había poco trabajo, nos quedábamos horas sentadas esperando clientes y contándonos nuestras vidas. Es curioso, pero cuando no hay clientes, la sala de estar de un congal suele ser una especie de terapia de grupo. Algo hay en el ambiente, tal vez tedio, que a la mayoría les suelta la lengua y las lleva a compartir con las demás su increíble y triste historia.

Bárbara tenía dos hijos, era una buena persona, alegre y sentimental, cuyos problemas no eran sino la consecuencia de tener que hacerse cargo de sí misma y de sus hijos desde muy niña.

Quedó embarazada por primera vez a los quince. Su familia, con siete hermanos y una madre soltera no tenía tiempo ni ánimo para apoyar a una jovencita que se comió la torta antes del recreo. Con la secundaria a medias, una mano atrás y otra adelante y la panza creciendo, no le quedó más que irse a vivir con sus suegros. Los papás de otro chamaco, también de quince, que soñaba con ser delantero del América mientras, entre juego y juego, le daba bajín al expendio de cervezas que tenía su mamá. Aquí es donde la señorita Laura, tendría que llamar al garañón al set: ¡Qué pase el desgraciado!

Ya con el primogénito en brazos, la vida de Bárbara pasó de Guatemala a Guatepeor. El maridito, además de pedo le salió golpeador y en la casa de los suegros, la trataban de chacha pa’bajo. A cambio de cama, comida y madrizas, la familia del pambolerito tenía criada gratis.

Una noche, cuando el astro futbolero quiso pegarle a su chavito de apenas un año, Bárbara entró en razón, metió en una bolsa los pocos trapos que tenía y escapó de aquella locura y ¡Qué pase el siguiente desgraciado!

El papá de su segundo hijo la puso a trabajar en un table. Desde que la conoció, vio en ella una mujer joven, bonita y pen… inocente, en otras palabras: manejable, a cuyas costillas podía vivir cómodamente. Naturalmente, fue otra película de terror. Los golpes con él eran profesionales y las jodas ya no eran haciendo las camas de los suegros, sino metiéndose en las de desconocidos. En esa época agarró un particular gusto por el chupe.

Cuando dejó al marido se fue a trabajar con el hada. Según ella, nunca volvería a caer en los brazos de un zoquete que le viera la cara. Según ella ya estaba curtida, curada de espanto, inmunizada. Dejé de verla cuando colgó las tangas para dar a luz a su tercer retoño, que concibió con un mesero de quien se enamoró desde que trabajaba en el table y con quien tenía un romance del que no nos contaba a nadie.

Durante el tiempo que estuvo embarazada, yo dejé de trabajar con el hada, comencé a anunciarme en internet y le perdí la pista a Bárbara, hasta hoy, que me encontré con ella en un centro comercial.

Al principio no la reconocí, fue ella quien se acercó a mí y me saludó. Era otra mujer. Le habían hecho la abdominoplastía para dejarle el vientre planito, se había puesto silicón en las boobies y lucia un escote 38B, se había puesto pompis, tenía los músculos de piernas y brazos bien definidos y el cabello precioso, largo y rubio platinado. Parecía una Barbie de carne y hueso.

Nos tomamos un rato para ponernos al día. Según me dijo, el mesero resultó tan bolsón como los dos anteriores, pero al menos no acostumbraba pegarle. En cuanto ella volvió a trabajar, él dejó de hacerlo. Vivían bien de lo que ella ganaba. Poco a poco se fue haciendo operaciones. Él se encargaba de los niños y aparentemente, llevaban una vida en paz. Igual seguiría con él, a no ser por el día en que encontró a su maridito en la cama cogiendo con otro cabrón. Recogió su dignidad del piso y mandó a su tercer strike a la fregada. Ahora trabaja en un table y ha pasado del alcohol a las drogas. Una trampa de la que es difícil escaparse.

Estuvimos platicando cerca de dos horas. Antes de despedirnos, me tomó la mano con mucho cariño, de ese que es mitad nostalgia, y me dijo mirándome a los ojos que daría todo por haber hecho las cosas de una manera distinta.

La neta, cuando alguien me escribe pidiendo ayuda o consejo para iniciarse en este negocio, mi respuesta siempre es negativa. No me niego por egoísmo, sino porque no es un peso que quiera llevar en la conciencia. No espero que todas me hagan caso cuando recomiendo no hacerlo. Quien ya lo tiene decidido, aunque le ruegues, pero con una que lo reconsidere, siento que algo bueno hice en el día.

Este trabajo parece fácil y tiene su lado divertido, pero no todo es miel sobre hojuelas, la prostitución deja cicatrices hondas, se ejerce sobre arenas movedizas y siempre hay un momento en que darías todo por haber hecho las cosas de una manera distinta.