sábado, 2 de noviembre de 2013

Hot line por Lulù Petite

Lo primero que hice al llegar a casa fue quitarme los zapatos, el día había sido largo y pesado, me tumbé en la cama y respiré profundo. Para empezar, doña M. Alicia, la maestra con tendencias psicópatas que tiene por chamba hacernos la vida de cuadritos, nos puso la millonésima cajeteada del año y nos dejó tarea como para refundirnos en la computadora todo el fin de semana.


Para acabarla de amolar, me tocaron dos servicios difíciles. Hay quienes me han dicho que en mis relatos hago ver como si acostarse con desconocidos fuera todo miel sobre hojuelas y una vida maravillosa, quien así lo piensa nunca ha tenido que hacerle el amor a un hombre cuyo cuerpo huele a establo y su boca a cenicero. La verdad es que, si escribo dos veces por semana, trato de escoger las dos anécdotas más agradables y compartirlas aquí, pero eso no significa que no haya veces que quisiera dedicarme a trabajos más agradables y seguros, como bucear en el drenaje profundo o reparar cables de alta tensión.

Por si fuera poco, de regreso hubo que lidiar con un tráfico interminable. Por eso llegué a mi casa hasta el gorro y sin ánimo de otra cosa que de tirarme en mi cama. Como el calor estaba fuerte, me desabotoné la blusa y, casi sin darme cuenta, comencé a frotarme un pezón hasta que se endureció. Sentí entonces la tentación brincarme entre las piernas, desabroché mis jeans y puse mis dedos índice y cordial sobre mi lencería, cuando sonó el teléfono.

-¿Bueno?- Pregunté secamente
-Hola ¿Lulú?, ¿Cómo estás mija? Soy Rafa…

Rafael es un exnovio, fue de esos romances tórridos y peregrinos que todos debemos tener en la vida. Terminamos como amigos cuando se fue a chambear a Estados Unidos, a veces me habla y siempre que viene, hace el intento de volver a ponchar conmigo.

-H… hola Rafa ¿Cómo estás? ¿Qué milagro?
-Bien mija, oye, pues es que ando en México y tengo muchas ganas de verte ¿Cómo ves? ¿Te late?
-No baby, hoy no, me agarraste muy cansada, si vas a estar aquí más tiempo, invítame a comer otro día- Igual si de verdad me hubiera buscado porque tenía ganas de saludarme, sacaba ánimo, pero ese muchacho lo que estaba buscando era meterse en mi cama.
-Bueno, pero cuéntame cómo te ha ido ¿Sigues igual de buena?- Respondió tratando de recuperarse de la negativa.
-¡Ay cálmate!
-La verdad no peca mi’ja, si algo me pesa de haberme ido, es perderme las delicias de tu cuerpecito.
-Caramba Rafa, ya vas a empezar con tus cosas…
-Recuerdo- respondió con su voz pícara -cómo me desnudabas, te arqueabas sobre mi cuerpo y metías mi sexo a tu boca. Recargabas tus manos en mi estómago y en mis muslos y devorabas mi erección, tu cabello caía sobre tu cara y yo lo retiraba para verte hacérmelo y más me excitaba.

Me quedé muda mientras lo escuchaba hablar, después de todo, me había encontrado en mi cama, con la blusa desabrochada y a punto de empezar a consentirme, los recuerdos comenzaron a brincar en mi cabeza, sus manos, su miembro grande y firme, mis labios saboreándolo. No dije nada, pero humedecí mis dedos y los metí bajo mi tanga.

-¿Te acuerdas?- Prosiguió él -¿Cómo te gustaba cuándo lo hacíamos en tu cama, de cucharita, conmigo detrás tuyo, acariciando tus senos con una mano, penetrándote desde atrás y estimulando tu clítoris con la otra. Cómo te levantaba en cada embestida y tú te estremecías y pedías que no parara…

Intenté disimular, pero mi respiración al teléfono comenzaba a hacer evidente el trabajo que estaban haciendo mis deditos.

-Estoy seguro de que te acuerdas de la vez que lo hicimos en el baño de la casa de mis papás, que me mordías el dedo índice para no gritar, con tus manitas recargadas en el azulejo y tus piernas temblorosas cada que recibían una acometida, o la vez que fuimos a Guadalajara y nos encerramos en aquel hotel y ponchamos viendo el atardecer.

Yo seguía sin decir nada y él, divertido y siguiendo el juego, no dejaba de recordar las historias que vivimos juntos, los detalles más precisos, las formas y lugares donde hicimos el amor. Mis dedos, entre las piernas, jugaban al ritmo de sus relatos y de mis recuerdos. El deseo se me acumulaba en el pecho, me erizaba los brazos, cortaba mi respiración, perlaba mi frente, contraía mis pupilas.
Cuando me recordó la noche que en Cancún hicimos el amor tres veces, simplemente no pude contener más mis instintos y una avalancha recorrió mi cuerpo obligándome a ahogar un grito…

-¿Entonces qué mija? ¿Nos vemos?- Dijo orgulloso de su hazaña.
-¡Ay corazón! Si hace ratito estaba cansada, ahorita ya me dejaste cansada y relajada, así que con más ganas me voy a dormir. Pero pon tu anuncio en el periódico, quien quita y un día de estos, que necesite otra hot line, te echo un grito.