sábado, 14 de diciembre de 2013

PRINCESA POR LULÙ PETITE

Mat siempre me ha dicho “princesa”. A estas alturas, no sé si es un piropo o un agravio. Las princesas de nuestra generación no son como las de antes. ¿Qué se puede esperar? Si en ese afán de devaluar cuentos de hadas, a las princesas de nuestros tiempos no las rescata un príncipe, sino un fontanero bigotón, adicto a los champiñones. A las princesas de a de veras las persiguen paparazis, no dragones y las de los cuentos tienen todos los derechos reservados a nombre de Walt Disney.


De todos modos, él me dice princesa con tanta franqueza que no tengo el corazón decirle que me caga, que “princesa” me suena a nombre de french poodle.

Has de saber que pasó por mí temprano. Subí a su coche y nos fuimos a Puebla. Ya sabes cómo es, se ofreció a acompañarme. Desayunamos en cuanto llegamos, todavía no pedíamos la cuenta cuando llamó el primer cliente. Eras tú.

Mat me llevó al motel y nos instalamos en una habitación, se despidió de mí con una sonrisa cuando me fui a la tuya, que estaba a unos pasos.

Me acerqué a ti como en los viejos tiempos. Te miré. Unas nuevas canas pintan ya tus sienes y la comisura de tus labios se te ha formado un pliegue que, curiosamente, hace más coqueta tu sonrisa. En ti el tiempo va pasando con gracia.

Nos besamos larga y repetidamente. Un beso tras otro, posponiendo la conversación inevitable. La explicación sobre la emboscada. Besas bien.

-Qué gusto me da encontrarte princesa- Me dijiste al oído, acariciando con la punta de tu lengua el lóbulo de mi oreja. Sentí escalofríos y me aparté, encogiéndome de hombros. Con tu “princesa” no pude evitar pensar en mi amigo, que me esperaba en otra habitación.
-Pues qué gusto que me buscaras- Respondí con una sonrisa.
-Te busqué mucho tiempo, pero he de admitir que encontrarte fue producto de la casualidad no de la búsqueda.

Te conocí en tiempos del hada. Eres poblano, pero tienes ascendencia árabe y francesa. Unos ojos profundamente negros, tapizados de una pestañas que parecen pintadas con rímel. Cejas pobladas, rostro simétrico. Eras uno de los mejores clientes del hada y, en aquella época nos veíamos muy seguido. Cuando dejé al hada, perdí contacto contigo ¿Quién te manda no haberme dado tu fón para avisarte que seguía chambeando?

-Vi tu foto en el periódico y, por la forma de tu cuerpo estaba seguro de que eras tú.

De pronto te pusiste de pie. Me quedé fría mientras te bajabas el pantalón. Recordar no es lo mismo que volver a ver tu miembro enorme, perfecto, suculento. Lo acaricié en cuanto lo sacaste. Apenas lo toqué y se endureció. Jalé varias veces hasta sentirlo completamente hinchado. Volteé a verte y nuestras miradas se cruzaron. Sonreímos. Entonces me lo llevé a la boca.

Te lo chupé hasta que me pediste, más con ademanes que con palabras, que me pusiera en cuatro sobre la cama. Así lo hice, poniendo mis rodillas prácticamente en el filo del colchón. Inmediatamente buscaste mi sexo, húmedo, impaciente, lubricado, deseoso de sentirte regresar a donde tantas veces habías estado. Sentí delicioso cuando entraste. Tu miembro deslizándose con facilidad hasta tocar fondo fue una fantástica experiencia. Arqueé mi espalda, gemí, cerré los ojos y disfruté cómo te movías dentro de mí, con tus manos en mi cintura y tu cadera taladrando con lujuria entre mis piernas. No pude ni quise evitar gritar cuando, al fin, tras una acometida certera y profunda hiciste que me viniera en medio de temblores deliciosos. Casi me desplomo del placer, pero tú seguías cogiendo y no podía pedirte que pararas.

-¿Por qué me dices princesa?- Te pregunté en la cama mientras mirabas el techo.
-Porque me encantas- Respondiste sonriendo y volteaste a darme un beso.

Nos despedimos con la promesa de volver a vernos y, al menos de mi parte, mucho gusto de reencontrarte.

Después de ti vinieron otros clientes. Casi brinqué de cuarto en cuarto a penas con tiempo para pasar con Mat, que me esperaba clavado en su computadora. Se hizo de noche y no habíamos comido, pero yo ya quería regresar a casa, así que en media carretera nos metimos a un Oxxo y compramos unos jochos y unos refrescos. Platicamos casi una hora, nos reímos, hicimos planes. Así se va el tiempo cuando estás a gusto. Es gracioso que ahora que sabe que empiezo a verlo distinto, se va despacio y no me ha pedido que lo vuelva a aceptar de cliente. Supongo que algo trama.

-¿Por qué me dices princesa?- Le pregunté cuando se quedó callado, mirándome.
-Porque lo eres- Dijo como subrayando una obviedad.

Ahora entiendo. Supongo que Mat, no me dice princesa como un cumplido, él simplemente me trata como una. Es un buen amigo.