domingo, 22 de diciembre de 2013

Hacer el amor por Lulû Petite

A veces me critican, e incluso hay quienes se ofenden, cuando digo que un cliente “me hizo el amor”. Según ellos lo que ofrezco es puro sexo y el amor es otra cosa. Dicen que, en todo caso, el amor está hecho desde hace mucho, que sólo pueden brindárselo dos personas que se aman y jamás podría mediar en ello un acuerdo financiero. Que las pasiones son vulgares y frívolas, mientras el amor implica un compromiso que no puede limitarse al deseo y mucho menos al dinero. En pocas palabras, me dicen que yo cojo con mis clientes, pero no hacemos el amor.


Si, al menos quienes lo dicen pudieran sentir algunos de los besos que recibo, algunas caricias. Si sintieran en carne propia la forma de coger que tienen ciertos clientes, la forma en que saborean mi piel, en que me entienden, en que buscan su placer y al mismo tiempo complacerme. Si recibieran esas acometidas tibias, esos labios temblorosos, ese olor a deseo, esas caricias -compradas, sí- pero suaves y afectuosas. Si se sintieran poseídos con tanto gusto y ternura, y aun así dijeran que lo que me hacen no es amoroso, creería que entonces no entienden lo versátil es el amor.

Si comprendieran que el sexo, además del montón de connotaciones bajas que se le atribuyen, es un acto mágico. Que más allá de la satisfacción de un instinto, es una manera asombrosa de liberar energía, de quemar calorías, de generar buena vibra. Que además del arrebato carnal, el sexo implica la complicidad perfecta, la generosidad mutua, la armonía plena.

Así sean dos desconocidos, una que cobra y otro que paga, a la hora de abrir los labios para recibir un beso, de sentir entre los muslos la caricia quemante de una penetración bien intencionada, de sentir cómo los cuerpos se lubrican, cómo las lenguas se enlazan, cómo el placer trabaja y las hormonas fluyen, en muchísimos casos, aunque sea por un instante, el corazón se engaña, el amor hace lo suyo y te entregas de veras, te compras el juego y todo va más allá del acuerdo mercantil.

Entonces el placer es legítimo, te asalta una lujuria que no está incluida en el contrato y hacemos eso que llaman amor y te dejas, por ese rato, por esa fracción de segundo, amar y ser amada, por aquel con quien compartes una experiencia erótica, más que simples fluidos.

Hace unos minutos estuve en la cama con un cliente. Llegué aquí, a mi casa, todavía con el calor de sus caricias en mi piel, el sabor de sus besos en los labios y palpitando en mi sexo la inercia de sus incursiones. No era un hombre especialmente guapo ni especialmente varonil. No tenía el entusiasmo de un semental, el aguante de un caballo, la cuenta bancaria de un potentado ni la virilidad de un león. Era un hombre con poco más de cincuenta años, un poco pasado de peso, viudo, con dos hijos y con ganas de sentir entre sus brazos el calor de un cuerpo de mujer.

Según él, hacía mucho que tenía la intención de llamarme. Me contó que le gusta leer lo que escribo y estuvo un buen rato repasando conmigo los detalles de algunas de las anécdotas que aquí he compartido. Aquel hombre recordaba con mayor precisión que yo misma muchas de mis propias historias y preguntaba con una emoción que parecía la de un niño.

A mitad de la conversación vino el primer beso. Fue algo inesperado. Yo estaba hablando, respondiendo una de sus preguntas, cuando de pronto se acercó y robó un beso. No supe si callar o seguir hablando, esa pequeña pausa fue aprovechada por él para acercarse de nuevo y, entonces sí, plantarme un beso bien dado.

No sé en qué habrá consistido, pero aquel beso me estremeció tremendamente. Sentí de inmediato esas cosquillas en el vientre que algunos llaman mariposas. Sentí su deseo, sus apetitos. Sentí sus manos maduras, expertas y ansiosas, tomarme de los brazos y alargar el beso hasta hacerme sentir que ya era suya, que, al menos por ese rato, le pertenecía en todos aspectos.

Podría dar los detalles más íntimos y precisos sobre la forma en que aquel hombre me poseyó. Podría explicar cómo me hacía sentir desnuda con el puro peso de su mirada. Podría narrar con lujo de detalles como me fue quitando cuidadosamente cada prenda. Podría relatar la manera en que repartió caricias, la forma en que fue sembrando besos, el momento preciso en que su sexo se clavó en el mío y como un nudo en mi garganta se convirtió en gemido. Podría intentar definir mi orgasmo, hacer palabras de aquellas sensaciones, de aquel placer que todavía arde entre mis piernas. Podría describir la mirada de agradecimiento, de paz y de cariño, que me regaló cuando llenó el condón con su simiente. Podría hacer una crónica precisa, casi matemática, de cada instante en sus brazos, en sus labios y en sus ojos, pero basta, querido lector, con que me creas cuando te digo, sin temor a equivocarme que ese hombre me hizo el amor.