viernes, 28 de marzo de 2014

Sumisa por una noche

Estaba anocheciendo cuando mi marido y yo nos dirigíamos en coche a la fiesta. Era una fiesta de despedida de unos chicos que habían estado trabajando en la empresa tres años y terminaban su contrato. Nunca se había hecho pero este año ellos la quisieron organizar en una casa en las afueras, coincidía con el carnaval así que propusieron que quien quisiera podría ir disfrazado. Estaba un poco preocupada y a la vez aliviada porque había tenido un "asuntillo" con uno de aquellos jóvenes y deseaba con todas mis fuerzas que se fuera para evitar caer de nuevo en la tentación. Había pasado sólo una vez y hacía más de un año pero no se cuantas noches había recordado aquel momento en el que nos quedamos solos en la oficina y empezó a hablarme despacio, a susurrarme, a cautivarme, de cómo dejé que me vendara los ojos con su corbata y de cómo le obedecí. Recuerdo aquel momento cada noche, cada vez que hago el amor con mi marido, él me trato diferente, quizás me trató mal, incluso puedo decir que fue una vejación, una violenta vejación, no era sólo sexo, ni siquiera me penetró aunque le hubiera dejado, le habría suplicado...


Mi marido es casi 9 años mayor que yo por lo que acababa de cumplir los cuarenta y ya era una de las personalidades más importantes de la empresa, le quiero con locura, nos conocimos en la universidad cuando él era profesor y yo alumna, siempre bien vestido y muy estiloso, al igual que yo. Sé que lo necesito, que es el motor de mi vida y que lo da todo por mí, sin embargo quizás toda esa confianza hace que no me sea fácil pedirle lo que quiero, lo que deseo, no sé si es vergüenza o quizás sea que la búsqueda de lo prohibido, lo que realmente me excita, lo me hace convertirme en otra persona no puede partir del cónyuge, si no de alguien que sea mitad realidad mitad fantasía. Como un sueño.

El había optado por no disfrazarse, era bastante serio para esas cosas y yo quería hacerlo pero sin dar la nota, así que me propuse aprovechar ropa que ya tenía, me puse un traje blanco de raya diplomática de pantalón y chaqueta, una blusa negra y una corbata también negra, a lo que añadí un sombrero negro de ala corta con una línea blanca, allí recogía mi pelo haciendo una especie de moño, así pretendía ir de mafiosa de los años treinta. Era una manera de hacer algo especial pero no llamar la atención.

Cuando llegamos me sorprendió porque me parecía un buen caserón para el trabajo bastante "basura" que tenían aquellos chicos. Nos abrió la puerta Marcos, un chico muy agradable, muy simpático, todos lo eran y todos tenían entre 25 y 27 años, estaba disfrazado de policía.

-¡Hombre, ya era hora de que llegaran los jefes! - exclamó con una gran sonrisa.

Era primavera así que no teníamos abrigos, simplemente le di mi bolso y entramos en el salón, era muy grande, habría como 50 personas, no todas de la empresa pero si la mayoría, la música estaba baja y había sangría y todo tipo de tentempiés.

-¡Estás fantástica Cris!- me dijo el policía.

-¡Pero si estoy como siempre pero con un sombrero!

-¿Qué eres de la mafia o algo así?

Estuve un rato hablando con él mientras mi marido charlaba con los jefes de otros sectores de la empresa, sabía desde el momento que accedimos ir a la fiesta que no estaríamos juntos ya que tenemos diferentes amistades dentro de la compañía.

No tenía mucho trato con Marcos y se notaba pero pronto se solucionó el problema.

-Mira, aquí vienen los chicos de tu planta, ¿si me disculpas?

Venían hacia mi dos chicos, uno con un traje blanco, todo blanco y camisa blanca y el otro igual pero todo en rojo, el de blanco se llamaba Elías, tenía el pelo muy negro, como el mío, alto y muy guapo, de pelo cortito y el de rojo era Pablo, era más bien atractivo, con el pelo rubio y un poco largo, estaba bastante moreno pues aprovechaba cualquier hueco para irse a hacer surf según decía.

Elías era el joven que me había sometido, que me había forzado, que me había hecho descubrir en mí la existencia de otra persona.

Pasaba muchas horas con él y no puedo negar que nuestra relación había cambiado desde nuestro encuentro, yo siempre distante pero siempre deseosa, siempre impaciente... Pablo era más bajo pero también pasaba ampliamente del 1,80, ambos tenían mucho éxito, no sé en tres años cuantas novias les había contado a cada uno, sobretodo a Elías. Tampoco puedo negar mi debilidad por él, era guapísimo, muy impactante con la mirada y muy seguro de si mismo que es algo que me encanta en un hombre pero yo estaba felizmente casada, nunca habíamos sacado aquel tema, nunca.

-Tu vas de mafiosa, ¿verdad?- dijo Pablo.

-Pues sí, ¿y vosotros?

-Ya te dije yo que nadie lo adivinaría le dijo Elías a Pablo. Pues el va de demonio y yo de ángel, ¿Qué te parece?

Estaban imponentes.

-Muy fácil de adivinar no era, ¿hay mucha gente disfrazada?- pregunté.

-Casi nadie, si es que en esta empresa son todos muy alocados -, respondió Elías. Ese día lo veía más guapo que nunca

-Voy a traer sangría y así por lo menos nos divertimos nosotros -, dijo Pablo. Pablo era muy inquieto, a veces parecía como un niño pequeño, siempre de un lado para otro, como una moto.

-Estás muy guapa aunque me gustas más con el pelo suelto, como en el trabajo -, me susurró Elías. Cuando Elías me hablaba así, susurrándome, no podía evitar derretirme como una colegiala.

-Bueno, es parte del disfraz -. Respondí muy seria.

-¿Por qué no te quitas el sombrero? Venga, me voy mañana y quiero recordarte como siempre, ¿me haces el favor?

Me quedé bastante sorprendida, estaba un tanto incómoda y prefería no quedarme sola pues no quería que saliera el tema después de tanto tiempo, sin embargo me quité el sombrero y me solté mi negra melena capeada.

-¿Así? -, pregunté sin mirarle.

No podía resistirme a ninguna orden suya, él sabía como tratarme, como hacerme obedecer.

-Así estás preciosa – me sonrió.

Me ruboricé, como si toda la sangre de mi cuerpo se dirigiera a acumularse en mis mejillas pero quería sentirme importante, importante para él.

Estuvimos hablando un rato mientras Pablo trajo un cuenco de sangría e iba y venía de vez en cuando. Reconozco que yo estaba bastante a la defensiva pero poco a poco la conversación se hacía más interesante y ambos hablábamos cada vez más sueltos. No se por qué pero le pregunté:

-¿Y tu novia?

-Ah, pues estará por ahí, espera… está allí, ¿la ves?

Era una chica rubia, guapísima, de unos 22 o 23 años, delgada, incluso más que yo y también iba disfrazada. Vestía un traje de piloto de avión con camisa blanca de manga corta con galones y todo, una gorra blanca de piloto y pantalón de tela negro, se la veía muy alegre y jovial, estaba charlando con Pablo.

-Vaya, es muy guapa, ten cuidado no te la vaya a quitar.

-No creo, es más, fue Pablo quien me la presentó hace unos meses. ¿No sabía que siguieras mis amoríos?

-No es fácil seguirlos -. No debí haber dicho aquello, los dos nos sentimos muy

incómodos.

Estábamos apartados, en una de las esquinas de aquel salón, desde mi posición podía ver toda la fiesta, él estaba en frente de mí y por momentos me tapaba y no me dejaba ver todo el bullicio.

Se quitó la chaqueta y la puso en un sillón a mi lado.

-¿No tienes calor? ¿Me permites?

Lo cierto es que hacía calor así que me desabroché el único botón de mi chaqueta mientras le daba la espalda y le dejé que me ayudara, el se inclinó, puso sus manos en mis hombros y mientras me la sacaba pude notar como olía el perfume en mi cuello. No protesté, no quería que deriváramos en un tema de conversación sexual ni nada parecido, simplemente me giré sin decir nada y me senté en un sillón negro comodísimo, frente a él.

-¿Sabes Cris? Siempre me ha parecido que tienes mucho morbo, me encanta como vistes, como hueles…

Me sobresalté, lo que me temía - pensé- , todos estos días había estado dándole vueltas a la cabeza con la idea de que aprovechara su último día en regocijarse de aquella noche, no sabía como responder y sólo acerté a decir:

-Vaya, no me lo esperaba Elías, gracias, tú ya sabes que eres guapo.

-No es ser guapo o no serlo Cris, es el morbo, es que me pones mucho.

Sentía que me estaba poniendo muy colorada por lo que me decía, además sin cambiar su rostro, como si me estuviera hablando del trabajo me estaba diciendo que le ponía, lo cierto es que a la vez que incómoda me sentía muy alagada. Yo ya no sabía para donde mirar.

-Desde aquella noche pienso en todo momento en que me encantaría volver a verte así.

-¡Vaya! suspiré. Intenté quitarle hierro al asunto pero a la vez ser sincera.

-Bueno Elías no te voy a negar que yo también me siento atraída por ti pero como sabes estoy casada y tú tienes novia, así que…y además mañana vuelves a tu ciudad después de tres años ¿no? -.

Pretendía cambiar de tema rápidamente pero no lo conseguí, tampoco quería ser maleducada y marcharme pues sólo estábamos hablando y él no estaba siendo grosero en absoluto.

-Está bien. Pero ya que me voy mañana y no nos volveremos a ver quiero que me obedezcas una vez más.

No respondí pero era fácilmente interpretable.

-Desabróchate unos botones de tu blusa, quiero verte el escote por última vez.

En ese momento volvió Pablo y bromeó con que nos había dejado solos un segundo y habíamos empezado a desnudarnos, nos reímos forzadamente, me había salvado la campana pero no duró mucho, Pablo en seguida se volvió a ir.

-No te lo repetiré, ya te dije lo que quiero que hagas – insistió.

-No Elías, por favor, tengamos la fiesta en paz, no quiero más problemas, estoy casada y no pienso hacerlo y menos delante de todo el mundo.

-La última vez recuerdo que fue diferente, lo siento, me equivoqué contigo.

-Está bien, está bien - interrumpí.

No quería decepcionarle, no quería estropear meses más tarde aquel recuerdo imborrable. Él estaba en frente de mi, él de pie y yo sentada, me vería el pecho a poco que me descubriera pero sólo me lo vería él y no me vería casi nada pues tenía la corbata puesta, además estábamos apartados, no pretendía desabrocharme más de dos de aquellos botoncitos negros. Lo quería hacer mirándole a los ojos y así de paso disfrutar de la orden yo también y así lo hice. Me desabroché el segundo ya que no quería desanudarme la corbata y el tercero de manera que podía ver la parte superior de mis pechos y mi sujetador negro estaba tapado por la corbata. Él no se inmutó.

-Uno más Cris.

Suspiré, cerré los ojos y accedí, me estaba excitando muchísimo aquel juego.

Me desabroché el tercero, dejando ver mi sujetador y nos quedamos en silencio. Yo con mis brazos muertos. Descubierta. Entregada.

-Quiero que me las ofrezcas, demuéstrame que son mías.

Miré a ambos lados y cuando vi que nadie nos miraba junté mis pechos con mis codos disimuladamente dejándole ver un hermoso canalillo.

Se inclinó sobre mí y pasó las yemas de sus dedos por mis pechos, yo cerré los ojos.

-Que buena estás, me muero por verte sometida, como aquella noche, como cada día en el trabajo -. Abrí los ojos, me estaba poniendo muy cachonda. Su olor, sus susurros me erizaban la piel, pero cuando el deseo más me consumía conseguí volver a la realidad.

-Déjalo ya, Elías, no insistas, por favor -. Me vestí.

Me levanté del sillón y a dos pasos me encontré con mi marido y con otro jefazo, dios mío – pensé -, ha estado a punto de pillarme de pleno. Empezamos a hablar de temas de la empresa lo cual no me parecía lo más apropiado para hablar cuando noté algo en mi culo. Elías estaba a mi izquierda pasando las yemas de los dedos de su mano derecha por mi trasero en la cara de mi propio marido, pero nadie se daba cuenta, no se por que pero me excitaba la situación, era una sensación muy agradable, de nuevo descubrí que aquel joven tenía muy buenas maneras. Alguien se añadió a la conversación, yo no lo conocía y mi marido empezó a hablar con él.

-Abre las piernas ahora mismo.

Obedecí.

Separé lentamente las piernas, ofreciéndome, a lo que él respondió bajando con su mano por mi culo hasta MI, mi raja se hinchaba, saliéndose de mi pantalón.

-Bueno cariño te veo ahora, sigue disfrutando de la fiesta, nosotros vamos a saludar a unos amigos, - dijo mi marido.

-¿Estás loco? Le dije sin apartarle, pero él si la apartó.

- Cris, ahora me harás otro favor.

Iba a negarme sin dudarlo pero algo dentro de mí no quería que aquel juego se acabara, la pequeña excitación que había sentido y la niña traviesa que llevaba dentro tenían curiosidad.

-¿Y te irás? – pregunté desconfiada.

-Si

-¿Me lo juras?

- Quiero un recuerdo tuyo, algo tuyo.

-¿Cómo que?

-Me ha encantado palpar tu tanga bajo tus pantalones y quiero que me lo des.

Me sorprendía la seriedad con la que me lo decía como si me estuviera pidiendo que le echara sangría en el vaso.

-¿Y como quieres que llegue a casa Elías?

-Hazlo, dijo con una voz grave.

-Está bien pero no quiero volver a verte.

-Vete al servicio y quítatelo, te espero aquí.

Yo me hacía la dura lo que podía pero por supuesto que me excitaba la situación. Aquel joven estaba impresionante con aquel traje blanco, cualquier mujer desearía con todas sus fuerzas pasar una noche apasionada con aquel chico y él quería mi ropa interior, mi prenda más íntima, pensar en que a ese joven le excitaba tener esa prenda, la que está en contacto con mi secreto más privado, hacía que mi corazón palpitase y mi excitación aumentase como no recordaba. Me enorgullecía.

En seguida encontré el servicio, pasé la llave y no sin dificultad me saqué los pantalones, sin quererlo me vi reflejada en el espejo que era enorme, me vi allí con la blusa, la corbata, el liguero ,las medias y los zapatos de tacón, toda vestida de negro quitándome el tanga para dárselo a aquel joven. Me sentía como una puta, una puta de lujo, sin que mi marido sospechara nada. Cuando me dispuse a quitarme la ropa interior descubrí lo peor, mi tanguita estaba mojado. No se lo podía dar, entre lo del escote, lo del culo…había conseguido calentarme sin que yo opusiera la más mínima resistencia. Sin embargo decidí doblarlo con cuidado y dárselo. Tenía que dárselo. Además sabía que no lo abriría hasta después de la fiesta y ya no lo volvería a ver nunca más.

Fui a "nuestro rincón", él llegó en seguida.

-Aquí tienes, se lo di disimuladamente, ¿estás contento?

Me iba a marchar para siempre cuando mi curiosidad o quizás mi necesidad de sentirme alagada después de tanto tiempo hizo que le preguntara:

-No entiendo que con la novia tan guapa que tienes, tú que puedes tener a quien te de la gana quieras esto de mi, yo que soy como cinco años mayor que tú y además estoy casada.

-Se inclinó hacia mí y me susurró al oído:


-Te contaré un secreto Cris, para que veas como me pones, para que sepas como se me pone dura sólo con pensar en ti:

Hace un par de meses convencí a Vanesa, mi novia, para que se comprara un traje de chaqueta gris con una blusa rosa, como el que tienes tú y le pedí que se lo pusiera…

-Yo le escuchaba atónita y excitada -.

-Esa misma noche me la follé vestida, casi sin desnudarla, mientras me imaginaba que te follaba a ti.

Mi corazón empezó a palpitar como saliéndose de mi cuerpo, me excitó con locura aquello. Empecé a sudar, cuando me miraba sentía como si me desnudara, como si pudiera ver a través de mi ropa. Aquel chico guapísimo se estaba sincerando y de que manera, era todo un bombón de chico y que polvo tenía... sin embargo le dije:

-Déjalo ya, Elías por favor. No puede ser, ¿vale?, te ruego que lo dejes.

Miré a ver si veía a mi marido, no lo veía por lo que supuse que seguiría a lo suyo.

Cuando volví la cabeza para mirarle Elías ya no estaba.

Me senté en aquel sillón bastante calentita, ¡qué bueno estaba aquel chico! ¡Cómo me había puesto el cabrón! Al cabo de unos minutos me levanté y fui a junto de mi marido que no me hizo ni caso, así que fui a hablar con unas amigas. Mientras charlaba con ellas seguía con la mirada los movimientos de Elías en la fiesta, estaba siempre con Pablo y Vanesa, ¡que guapa era! , no entendía que me prestara tanta atención a mí con una novia como esa, yo siempre he tenido éxito pero esa parecía como el auténtico ideal de belleza para los hombres. A saber las órdenes que recibiría aquella joven rubia, como arquearía la espalda ante sus besos, como se arrodillaría ante él como hice yo una vez.

Los minutos iban pasando pero no así mi calentura, me fascinaba la posibilidad de volver a ser dominada por aquel joven, como si se hubiera abierto una puerta hacia mi imaginación, una puerta que yo había intentado cerrar, por mi bien, por el de mi familia, una nueva fantasía, tan poco habitual en mi monótono ritmo de vida.

Me aparté de mis amigas y fui a por sangría allí donde Pablo nos había dejado el cuenco, quizás lo que estaba haciendo era ir a buscarle pero me dije a mi misma que iba a allí porque no había nadie y podía servirme a gusto. Me acerqué a la mesa y sentí por detrás unas manos en mis caderas.

-Lo estás haciendo muy bien.

Reconozco que en el fondo no quería que aquel juego se acabara.

-Quiero otra cosa tuya.

Cerré los ojos, me alegré.

-Quiero que salgas de aquí con el pecho desnudo, quiero verte, adivinar tu silueta a través de tu blusa.

-Estás loco, no puedo quitarme el sujetador, mi marido se daría cuenta

-Te lo quitaré yo, en el baño, se que es de botón por delante, apenas te tocaré, quiero verte allí en diez minutos.

-Estas loco, le dije en voz baja mientras se alejaba dándome la espalda.

Me intenté servir la sangría pero no era capaz, los nervios, la excitación me invadían y ni siquiera podía sostener mi vaso. No iba a ir, por supuesto que no iba a ir, yo, una mujer casada, con mi marido en la misma fiesta y sabiendo que el aprovecharía para volver a tocarme los pechos, no, no iría.

Pasé esos minutos con mis amigas pero sin estar con ellas, consumía cigarrillos como una posesa, en ese tiempo vi como Elías y la piloto rubia, se reían y se tocaban la cara, el culo, era una sensación extraña pero sentía algo parecido a celos de aquella chica. Fue el primer momento en el que me plantee ir a nuestra cita en el servicio, él me lo había pedido como un favor para él pero a lo mejor yo quería ir y hacerlo por mi misma, sólo pensarlo me ponía a cien.

Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así de embriagada, de inmersa en una situación, en un hombre. Los minutos no pasaban, perdí de vista a Elías. A la hora fijada acudí temblorosa a mi cita, aquel joven me atraía, sólo recordar el roce de sus manos en mis pechos, en mi culo, hacía que un sudor frío recorriera mi cuerpo y que sintiera humedad en mi parte más íntima. Mi rajita en contacto directo con mi pantalón sufría constantemente las consecuencias de sus tocamientos, de sus palabras…

Me dirigí de nuevo al servicio. Entré. No había nadie. Cuando me quise girar alguien me lo impidió.

-Cris, estás empapada, ya casi no recordaba tu olor.

Deduje que ya había abierto mi regalo. Esa frase consiguió que el último suspiro de mi decencia, de mi fidelidad me abandonara. Pegó con fuerza su cuerpo al mío, su pecho a mi espalda, yo cerré los ojos y dejé mis brazos caer, muertos. Empezó sobándome el culo sobre el fino pantalón de tela y rápidamente, con violencia, fue descamisando mi blusa negra, yo dejé caer mi cabeza sobre su pecho y solté un leve gemido, el me tocaba los pechos sobre mi blusa, estaba ardiendo, quería que me tocara aquel joven, quería sentirle, que el me sintiera, tocarle, colé una de mis manos hacia su entrepierna sobre su pantalón blanco.

-¿Esto es lo que quieres? Susurró.

-Si, es lo que quiero, por favor sigue y déjame tocarte -, yo gemía a la vez que hablaba.

Sus manos me abandonaron, yo permanecí con los ojos cerrados mientras escuché la cremallera de su pantalón, la espera era interminable, volvió a pegarse a mí y noté su polla desnuda en mi culo. El metió las manos en mi espalda bajo mi blusa y soltó el broche del sujetador, yo agarré por fin su pene con mi mano, era la primera vez que me dejaba hacerlo con algo diferente a mi lengua, a mi boca. Disfrutaba de sus rugosidades, de sus enormes venas echando su piel adelante y atrás, su miembro era fino pero largo, como él. Metió sus manos por delante hacia mis tetas sobándome por encima de la ropa interior y con dos dedos desabrochó mi sujetador. Me tocaba las tetas minimamente, casi siempre por encima de mi ropa, mis pezones querían reventar mi blusa mientras yo disfrutaba con el tacto de su joven polla. Él se apartó de mí apoderándose con maestría de mi sujetador y abandonó mi cuerpo mientras guardaba su miembro.

-Vístete, me dijo.

-¿Por qué? Protesté en voz muy baja.

-¿Qué quieres? Preguntó

-No se… - titubee.

Sin pensarlo un segundo y presa de mi excitación le dije:

-Quiero que me folles.

- Dímelo otra vez.

-Quiero que me folles -, supliqué en un tono más alto.

Joder, aquel cabrón me tenía empapada, estaba chorreando, no soy una mujer fácil de calentar, mi marido a menudo me tachaba de fría pero aquel imponente joven era superior a mis fuerzas, quería que me poseyera. Pero él no lo hacía, ¿por qué no me follaba?

-Yo no espero sólo eso de ti Cris.

-Haré lo que me pidas pero por favor fóllame, fóllame ya, hazme tuya te lo suplico. Me arrodillé frente a él para sacar su polla del pantalón

-¿Qué coño haces? Me apartó de un bofetón.

Tenía ganas de llorar.

-Te lo diré claramente, ahora mismo me voy a casa de unos amigos y allí cumplirás mi última orden. Quiero ver como follas.

-¿Cómo? me sobresalté -. ¿Que quería decir con ver como follo?

-Quiero que seas mi sumisa por esta noche, nuestra última noche. Cris, ¿serás mi sumisa?

No alcancé a responder nada.

-Serás mi puta esta noche – afirmó.

Seguí muy sorprendida, sin responder.

No entendía muy bien lo que me decía o tal vez si. La música se apagó mientras oía a Marcos que intentaba que la gente empezara a irse, la noche seguiría para todos o casi todos pero no allí.

-Metí la dirección de esa casa en tu bolso, te estaré esperando, la puerta estará abierta. Se marchó.

En mi bolso, ¿pero cuando? -pensé- ¿acaso el sabía desde el primer momento lo que iba a suceder esa noche? ¿tan seguro estaba de que conseguiría calentarme? ¿desde cuando lo tenía planeado?. Multitud de preguntas se me pasaban por la cabeza. Ni siquiera sabía si estarían allí sus amigos o no, ni cuantos, ni que tipo de órdenes me querría dar.

Morbo, curiosidad y excitación me invadían.

Salí del baño, lo mejor vestida que pude, se estaban marchando todos.

-Que colorada estás cariño -, me sorprendió mi marido.

-Ya, es que hace mucho calor.

-Casi no nos vimos en toda la noche, vámonos a casa, en el coche te cuento las novedades que va haber en la compañía, ya verás.

Cogí mi chaqueta, mi sombrero y mi bolso y subimos al coche. Dios mío,

estaba empapada, notaba mi pantalón en contacto con mi rajita y mis tetas con la blusa, como él quería, me puse la chaqueta para disimular. Mi marido hablaba y hablaba pero yo sólo podía pensar en Elías. La tentación de abrir mi bolso aumentaba y no pude más, lo abrí y vi una nota que simplemente contenía una dirección. Conocía aquella zona, estaba a unos 10 kilómetros de casa. Cuando la leí casi me desmayo, miré a mi marido y otra vez a la nota cuando sonó mi movil, tenía un mensaje. El mensaje era de una oferta de la compañía telefónica, sin embargo tuve una idea.

-Vaya cariño, mis amigas están en un bar del centro, no se si no ir con ellas a tomar algo.

-¿Si quieres? a mi me da igual, pero yo me quedaré en casa mejor, que mañana tengo que madrugar.

Me sentí mal pero me alegré, se me aceleró el pulso de nuevo, si todo salía bien Elías me iba a follar, era lo que quería, vaya si lo quería…

Llegamos a casa, nos bajamos y yo me puse en el asiento del conductor.

-No tardes cariño - se despidió con un beso.

El camino era por una carretera con muchas curvas, apenas iluminada pero yo conducía a toda velocidad, concentrada en que órdenes me daría, eso me asustaba pero iba a aquella casa misteriosa a que me follaran, a que aquel joven me follara por fin, a ver su fino y afilado cuchillo entrando y saliendo de mí, a ser poseída. Mientras lo pensaba, mis gotas más íntimas me abandonaban y mojaban mi pantalón, no pude evitar tocarme un pecho bajo mi blusa y liberarlo de mi ropa, mis pezones apuntaban hacia delante, cortantes como cristales. Comprobaba mi excitación y cuando podía aprovechaba para juntar mis piernas mientras conducía y disfrutar de mi humedad. Empezó a llover.

La casa no tenía pérdida, era enorme con un jardín muy grande hasta la entrada de la casa, era muy antigua, aparqué fuera junto a muchos otros coches lo cual me asustó. Llovía muchísimo. Dejé la chaqueta para no mojarla y me dispuse a ir corriendo hacia la casa, me estaba empapando, la verja estaba abierta, crucé el jardín y subí las escaleras de piedra hasta la puerta de la entrada, mis zapatos de tacón hacían mucho ruido en contacto con los charcos, intenté empujarla y también estaba abierta. Cerré la puerta tras de mi y ésta hizo un ruido chirriante. Estaba empapada, la blusa se me pegaba al cuerpo marcando mis pechos, mis pezones. Estaba todo muy oscuro, sólo veía luz que provenía del piso de arriba así que empecé a subir las escaleras. Eran de madera, parecía que cada escalón que pisara iba a desplomarse, hacían mucho ruido. No estaba segura de si la casa estaba abandonada o viviría alguien allí realmente. Siguiendo la luz llegué a un pasillo, ahora oía muchas voces, estaba aterrorizada, a cada paso que daba me planteaba con más fuerza marcharme, oí unas risas, me asusté y me di media vuelta.

Alguien me sujetó y tapó mi boca con la mano, casi no veía nada pero era Elías que hacía un gesto para que no hablara.

-Bienvenida Cris, sabía que vendrías, sólo prométeme una cosa, cumplirás mis órdenes y sólo mis órdenes.

-Vale, respondí titubeante.

-Muy bien, empieza el juego, sólo tienes que esperar tu turno y te tocará entrar en escena.

No entendía nada.

-Cierra los ojos.

Los cerré mientras me conducía hacia la luz, estaba asustada pero a la vez confiaba en él, lo que me asustaban eran las voces pero volver a notar su tacto, sus susurros, hacían que mi excitación venciera mi temor, estaba dispuesta a pasar por lo que fuera si era lo necesario para que Elías me penetrara, para ver su miembro entrar y salir de mi, para que me llenara, para que hiciera que me corriera varias veces como aquella noche, para que se corriera sobre mi cuerpo y se sintiera orgullosa de mí. Estaba dispuesta a todo por él.

No podía evitar abrir los ojos de vez en cuando pero no me servía de mucho, oía un murmullo constante, me asusté y cerré los ojos con fuerza mientras él me conducía.

Entramos por fin en aquella habitación, yo tocaba la pared que era de piedra, y me pidió que me sentara, notaba mucha luz en mis ojos, el murmullo no cesaba pero era más suave. Me sentó en una silla vieja.

-No te preocupes, no te va a doler pero si abres los ojos te echo de aquí.

Simplemente tragué saliva y no dije nada. Primero me ató las manos a la espalda y mis delgados tobillos entre sí, luego noté algo helado en mi cuello, después en mi pecho, era punzante, pronto descubrí que me cortaba la blusa, hizo dos círculos del tamaño de mis tetas en mi pecho, liberándolas, ahora estaban desnudas, libres, desbordando mi ropa.

-Puedes abrir los ojos si quieres pero no verás nada, me susurró mientras me abandonó a mi suerte.

Abrí los ojos pero ni siquiera pude hacerlo del todo pues un foco me apuntaba directamente a la cara. Sólo podía ver multitud de sombras y frases sueltas tras la luz.

Se hizo un silencio.

Acto seguido escuché los gemidos y gritos de una chica.

-¿Te está gustando el vuelo zorra, te está gustando? – gritaba un hombre.

Intenté ver lo que podía, ¿dónde me había metido por dios?, ¿cuánta gente habría allí?

Siguiendo las voces conseguí vislumbrar un movimiento y una chica vestida de blanco, apoyada contra una mesa, un hombre la embestía desde atrás. El hombre era el doble que ella y a cada embestida hacía volar a la chica levantándola casi completamente del suelo, lanzándola contra la mesa, la chica no creo que llegase a los 50 kilos, el hombre podría pesar cien. Sólo se les oía gemir a ambos, el resto estaban callados, observando. Sus gemidos aumentaban hasta que el hombre se apartó, ella se giró y la ví. Era Vanesa, la novia de Elías, vestida únicamente con unas medias blancas y la blusa de piloto abierta, dejando ver sus jóvenes pechos, tenía una venda negra en los ojos. Por supuesto el hombre que se la follaba no era Elías. La agarró con violencia por el pelo arrodillándola, él se masturbaba a escasos centímetros de su dulce cara de niña, no quise mirar más. Me sobrecogí.

-Cierra los ojos - escuché a Elías. Así lo hice, él se me acercó y me vendó los ojos, noté aliviada como apartaban el foco de mi cara.

-¿Qué os parece?

Yo me imaginaba atada, vendada, vestida a excepción de mis senos que se disparaban hacia delante, sumisa.

Escuché gritos de todo tipo.

-Joder Elías, esta vez te has lucido, no se si creerte cuando dices que estas putas vienen gratis.

-¿Es tu jefa? pues está buenísima.

-¿La come pollas?

Empezaron a insultarme y a amenazarme.

-Te vamos a llenar tu coñito y tu boca de pollas maldita puta.

La mezcla de sensaciones me invadía pero cuando más me asustaba les interrumpió Elías.

-Esta puta sólo me obedece a mí que para eso la traje -. Aunque me sorprendieron sus formas me reconfortó.

Cada vez que me llamaba puta creía que me corría sólo con oírlo.

Alguien me liberaba de las ataduras, me levantó y me quitó con violencia los pantalones.

Vítores sonaban por la habitación e insultos por mi aspecto ya que no llevaba bragas, a que tenía el coño depilado, a mi liguero y mis medias negras, a mi blusa atravesada por mis pechos y mi corbata…debía tener una pinta de puta increíble.

-Camina dos pasos hacia delante. Yo iba a cumplir todas sus órdenes.

-Acércate y bésala.

Me sorprendió pero lo había intuido en cuanto había visto a Vanesa en aquella habitación. Alargué mis brazos y la toqué, ella se acercó y nos besamos, nuestras lenguas dibujaban juntas círculos en el aire. Yo nunca había besado a una mujer a la vez que nunca había negado aquella posibilidad, admiraba la belleza de aquella joven, ella se lanzaba más que yo y me besaba el cuello, me tocaba los pezones con mucha dulzura y yo me atreví a tocarle los pechos, con mucho cuidado.

-Ahora quiero que os masturbéis.

Las dos empezamos a sobarnos todo el cuerpo, me encantaban sus firmes y suaves pechos, yo hacía círculos con mis manos sobre sus tetas apartando su blusita y ella alargaba sus dedos por mis pezones estirándolos como intentando hacerlos crecer, que se lanzaran hacia delante más y más. Al poco tiempo las dos explorábamos con nuestras manos nuestras partes más íntimas, lo hacíamos con ternura, lo opuesto a lo que me esperaba después con aquellos hombres. Cuando disfrutábamos cada una de la rajita de la otra nos pegábamos con fuerza y nuestros pechos se tocaban, se rozaban, era una sensación increíble, que nunca había sentido. Sentía sin ver nada multitud de ojos clavados en nosotras. Noté alguien tras de mí, se agachó y sentí algo húmedo que se movía en mi coño, solté las manos de la rajita de Vanesa y ella me mordía mis tetas apartando con dulzura la corbata de un lado a otro, alguien abajo me lamía los labios arriba y abajo a la vez que metía y sacaba un dedo de dentro de mí. Me iba a correr en breve como siguieran así. El silencio era sepulcral.

-Vanesa, cómele el coño.

Quien quiera que fuese que se había puesto debajo de mí se apartó susurrándome que nos volveríamos a ver. Lo esperaba ansiosa.

Vanesa se arrodilló delante de mi y me comía el coño sujetándome fuerte del culo, simplemente me lamía como una perrita, separando mis labios, me temblaban las piernas, yo le tiraba fuerte de su melena rubia aplastándola contra mi, estaba a punto de desmayarme, de correrme…como me lamía…cuando se escuchó:

-Es suficiente.

-Apartaos, ahora vamos a cambiar de juego, quiero que las dos os pongáis a cuatro patas y cuando oigáis un silbido os acercaréis como perritas, os pondréis de rodillas con las manos en la espalda y os comeréis la polla correspondiente, os las comeréis entre las dos pero será Cris la que se lo tragará.

Era la cosa más humillante y excitante que jamás hubiera podido imaginar, cuando describió la postura en la que ambas comeríamos de aquellas pollas una gota de dentro de mi me abandonó y empezó a deslizarse por mi pálido muslo hacia mis medias.

Obedecí sin contemplaciones, estaba inmersa en el juego, la excitación era incomparable, haría todo lo que me pidiesen en aquella casa, quería sentirme sucia, quería sentirme como una puta en sus manos, quería ser su perrita aquella noche, me moría de ganas de comerme aquellas pollas y que derramaran su leche en mi cuerpo, en mi boca.

Empecé a oír silbidos en una parte de la habitación y Vanesa y yo íbamos a cuatro patas como perritas, con los ojos vendados, cuando llegábamos a nuestro destino nos arrodillábamos, poníamos nuestros brazos en la espalda, nos las comíamos y nos besábamos y cuando el chico estaba a punto de correrse apartaba a Vanesa. Comí pollas grandes y pequeñas, delgadas y gruesas, unas pollas me las comía, otros se follaban nuestras bocas, unos se corrían en mi boca, otros en mi cara, en mi venda, en mi blusa, en mis tetas…pero eso si, todos me insultaban, me llamaban puta, perrita sumisa, come pollas…

Mi marido no podría ni imaginarse lo que estaba haciendo su mujercita.

Había perdido la cuenta de los falos que había limpiado, ni siquiera sabía si se la había comido a Elías, ojalá lo hubiera sabido para comérsela aún mejor que al resto.

-Muy bien perritas -dijo Elías-, vamos a cambiar de juego, ahora os tumbaréis en el suelo y quiero que os frotéis los coñitos uno con otro.

Yo no pensaba, simplemente actuaba mientras los insultos atronaban en mi cabeza.

Nos costó orientarnos mientras todos se reían y nos insultaban, cuando por fin lo conseguimos la situación era extraña pues no conseguía todo el rozamiento que necesitaba para correrme con aquella joven puta. Que era lo que yo quería. Pronto alguien solucionó el problema, pusieron en mi mano un objeto alargado, rugoso, parecía un consolador, pero muy largo como de 40 cm.

-Metéoslo las dos.

Me aparté un poco de la piloto que aún llevaba puesta la blusa del disfraz al igual que yo mi blusa agujereada y mi corbata de mafiosa e introduje aquello en mí, entró prácticamente solo hasta la mitad, a la vez que gemía le ofrecía a Vanesa el resto a ciegas, ella también se lo metió hasta el fondo y entre las dos lo ocultamos completamente. Conseguimos un ritmo al movernos, gemíamos con las piernas en tijera y nos tocábamos lo que podíamos, pollas aprovechaban mis gemidos para entrar y salir de mi boca, semen caía en mi venda, en mi cuerpo, no tardamos en corrernos, cada cual gritaba más que la otra, ella les insultaba, ellos se reían. Antes de sentir caer la leche caliente de aquellos hombres en mi cuerpo los gemidos e insultos se acentuaban.

-Vaya zorritas nos conseguiste Elías, hay que ver que buenas están – gritaba uno.

Alguien nos separó, me puso a cuatro patas y me penetró.

-Ahora verás, escuché desde atrás.

-¿Qué haces?- Gritó Elías-, acordamos que nadie se la follaría.

Se hizo un silencio y aquel enorme miembro candente me abandonó.

El silencio se hizo eterno, allí estaba yo goteando fluidos de mi concha deseando ser penetrada, quería polla, quería que me follaran todos y cada uno de ellos, quería dar y recibir placer y sobretodo quería sentirme como una auténtica puta delante de aquellos hombres, sentirme una puta para toda esa gente era la cosa más excitante que nunca había podido imaginar.

-No. Follázme cabrones follazme. Por favor. –dije.

-¿Qué dices Cris? ¡No serás tan puta!- exclamó Elías.

Sentí una bofetada en la cara y otra en el culo - te jodes Elías esto es lo que quiere y se lo voy a dar.

Nadie respondió.

Me la clavó.

Sus embestidas eran cada vez más fuertes.

-¿Cómo te estás sintiendo ahora Cris?- dijo Elías.

-Como una puta, como una puta sumisa, sigue cabrón, follazme todos los que queráis, quiero que os corráis dentro, sobre mí, en mi cara…soy vuestra puta.

Todos se rieron pero yo estaba fuera de mí.

El hombre se salió de mí, se puso de pie con una pierna a cada lado de mi cuerpo, me giró la cabeza de un golpe y se corrió en mi mejilla, en mis ojos vendados, yo alargaba la lengua y metía su semen en la boca.

-Esta nos la llevamos, y ahora obedecerá nuestras órdenes, las de todos.

Yo esperaba la respuesta de Elías pero nadie dijo nada.

Noté como alguien me ataba algo al cuello, era bastante duro, como un cinturón. Empezaron a tirar de mí, yo andaba a cuatro patas, iban muy rápido y a veces me tiraban.

Me llevaron a otra habitación y me tiraron al suelo. Alguien me levantó tirando de mi correa.

-Arrodíllate.

Lo hice inmediatamente, el hecho de que Elías quizás ya no estuviera me asustaba. Alguien intentaba meterme algo por el culo.

-No por favor – grité. Noté un fuerte golpe en mi cara.

Volvían a intentarlo, cada vez escuchaba más voces, mi culo empezaba a ceder pero lo que entraba en mí era algo frío, duro.

-Te sienta de maravilla maldita zorrita.

Mientras uno "vilolaba" mi boca alguien ataba de nuevo mis manos a la espalda. Ya no sabía cuanto de aquel miembro extraño había entrado en mí cuando alguien se puso debajo y me clavaba su polla en mi coñito, mi culo caía con fuerza sobre su abdomen enterrando más y más aquello en mí. Yo intentaba imaginarme con mis tetas botando fuera de la blusa que aquellos animales habían agujereado y ahora me arrancaban, les pedía que me insultaran, multitud de manos me acosaban, tiraban de mis tetas, llenaban mi boca, el hombre de abajo aceleraba el ritmo de sus embestidas y yo quería gritar, gritar de inmenso placer pero no dejaban mi boca ni tan siquiera un segundo libre. Cuando el hombre acabó me tiró del pelo lanzándome contra el suelo. Yo ya no era nadie, era un simple objeto para aquellos hombres que adivinaba mayores que Elías. No se como me pusieron boca arriba y alguien se puso encima de mí, con sus piernas abiertas apretándome mis hombros con sus rodillas. Notaba su miembro en mi cuello.

-Abre la boca.

Me la metió, me la comía y él me ayudaba agarrándome por la nuca, la sacaba y la metía, yo apenas podía respirar pero disfrutaba. Pronto noté en él unos grandes espasmos y acabó en mi boca, en mi garganta.

Se fue y alguien me volteó.

-Estás mojada de sobra putita -dijo un hombre mientras sacaba aquel incordio de mi culo.

-Esto te va a encantar , ¿quieres que te enculemos? A ver, ¿cuantas pollas quieres en tu culo?

Aquel hombre me quería humillar pero yo ya me había abandonado.

-Todas las que queráis, quiero que me rompáis el culo -. Respondí.

-Ésta no sabe lo que se le viene encima – acerté a entender entre tantos gritos.

Uno por uno se fueron arrodillando detrás y delante de mi y llenaban mi boca y mi culo. Por fin era su puta, su sumisa, su come pollas, incontables orgasmos me invadieron, cada uno de paso me dedicaba una colección de insultos lo cual me calentaba más, me destrozaron mi ropa, mi blusita negra se iba arrancando de mi cuerpo a cada follada, mi liguero se hizo añicos, las medias arañadas, los zapatos rasgados contra el suelo, utilizaban aquel cinturón para cabalgarme… una auténtica locura, gemía y gritaba sin parar, me sentía como quería sentirme, como su puta. Su sumisa, la perrita de todos.

No tenía ni idea del tiempo que había pasado cuando el último me abandonó, caí rendida con un gran dolor en mi culo y en mis rodillas, seguramente estaba sangrando pero me dormí.

Me desperté atada en una cama, ya no tenía la venda puesta, pero estaba todo oscuro y no podía ver nada, sólo llevaba la corbata y los zapatos.

Alguien se puso encima de mí y me penetró. Otro apuntó su polla hacia mi boca y me la metió hasta la garganta, yo no me moví y dejé que me follaran por última vez. Los tres nos corrimos plácidamente, casi simultáneamente. Fue una follada diferente, relajada pero con un clímax igual de intenso. Cuando acabaron se encendió la luz y me desataron. Abrí los ojos lentamente sin importarme quien lo había hecho esta vez, los vi y me alegré. Le había comido la polla a Pablo y Elías me había follado.

-Será mejor que te vayas – dijo Elías..

-Póntelo y vete, es lo que queda - Me dijo acercándome mi pantalón.

-No te preocupes, toma, también te regalo la corbata -, me la quité, me puse el pantalón rápidamente y me marché muy avergonzada, sin decir nada, desnuda de cintura para arriba. Crucé el jardín así, con mis tetas desnudas, llegué al coche y me puse una camiseta vieja que había en el maletero y la chaqueta. Eran las cinco de la madrugada, me sentía sucia, bañada en semen, la leche de aquellos hombres en mi boca, en mi coñito y en mi culo, todo mi cuerpo con ese inconfundible olor a polla, incontables orgasmos, incontables hombres habían disfrutado de mi cuerpo, notaba semen en mis labios, en mis entrañas, sin embargo de nuevo me quedé sentada al volante recordando la noche más fantástica de mi vida antes de pensar en que contarle a mi marido. Me preguntaba si volvería a ver a Pablo, a Vanesa, a todos aquellos hombres que habían usado mi cuerpo sin contemplaciones, aprovechándose de mi indefensión, "violada"con todo mi consentimiento. Pero sobretodo me preguntaba si volvería a ver a Elías. Al menos esperaba no haberle decepcionado.

anonimo

lunes, 17 de marzo de 2014

RAQUEL: ENTRE LA REALIDAD Y LA FANTASÍA

(Esta historia está basada en hechos reales, pero hasta cierto punto. A partir de ahí, es pura fantasía que tengo en mi mente, deseando que algún día pueda realizarse. Para satisfacción o decepción, según la persona que lo lea, dejaré a la imaginación de cada lector/a el revelar en que punto la historia real termina y la fantástica comienza. Si a alguno/a le apetece saberlo, ya sabe adonde mandarme la pregunta.)


La historia comienza en 1994, en mi primer año de instituto. Por aquella época no estaba de buen humor. Apenas un año antes mis "amigos" de entonces habían sido cogidos en un pequeño robo en el almacén de un bar, y me habían acusado a mí de ser un cómplice suyo en el robo, lo que era falso. Sólo me habían dicho que lo tenían pensado, pero me negué a participar precisamente por si nos pillaban(no les gustó la idea, de ahí que me incriminaran. Por no haber colaborado, querían que me tragase el marrón). El hecho era que no me quedaban ganas de empezar el instituto y hacer nuevos amigos, reciente esa herida en mi corazón. Ninguna en absoluto.

El año de instituto pasó con más pena que gloria, pues falté la mitad del curso primero por mis ataques de asma(debido al frío que hacía por las mañanas cuando iba, lo que obligaba a volver a casa a recuperarme), y segundo por las pruebas de la mili, ya que dada mi enfermedad, no estaba apto para cumplir con la patria(ni tenía ganas de ir). Lo que sí quedó de esa época, y en años venideros, fue Raquel, la eterna Raquel.


Raquel era una compañera del instituto. De metro 1’57 o 1’60 como mucho, larga melena rizada castaño oscuro, ojos azul cristal intensos, un poco pecosa, y un buen cuerpo a pesar de su estatura. Me fijé en ella desde el primer día de clase. Tenía mucho atractivo para mí, más que el resto(aunque las habías más guapas). Me pasé todo el curso mirándola, sin decirle nada. No me atrevía a hacerlo, porqué entonces, como hasta el momento de escribir esto, no he tenido pareja en mi vida: ni novia, ni rollo ocasional, ni el "polvo de una noche" y "si te he visto no me acuerdo"…en definitiva, nada. El motivo que puedo dar sobre esa ausencia es que no quiero sufrir por amor, ya que ya sufrí bastante en la vida por unos y por otros. Nunca he deseado tener novia, así de simple. Nunca me sentí necesitado de una, ni comprendí porqué la gente lo buscaba tanto. ¿Qué podía darme una novia que yo no pudiera tener por mí mismo?, me llevo preguntando siempre.


Pero volviendo a Raquel, que es lo que importa, fue mi fijación todo el curso. Yo me sentaba al final de la 3ª fila de pupitres, y ella al principio, con lo que podía verla sin problemas, y bien que la vi durante esos meses, pero nunca le dije nada de ser amigos o algo más, pero no tenía fuerzas en aquel momento para hacer nuevas amistades. Cuando acabó el curso dejé de verla, me sentí bien, pensando que no tendría que pensar más en ella ni consumirme fantaseando con lo que podría ser ella para mí y todo eso. Sin embargo, me equivoqué enormemente. Según acabó el curso, me topé con Raquel un par de veces por la calle. No nos hablamos, por supuesto, porqué no habíamos hecho amistad, pero los encuentros casuales comenzaron a ser una rutina, y lo más raro es que sólo me ha ocurrido con ella. No importa lo que yo hiciera, a donde fuera o porqué calle, que siempre he acabado encontrándome con ella. A veces pasaban un par de días de encuentro a otro, a veces unos meses, pero pasase lo que pasase, siempre he acabado volviéndola a ver, lo que ha llegado a exasperarme a veces.

Los años fueron pasando, los dos hemos ido creciendo, y hemos seguido encontrándonos. Con el tiempo, y siempre de forma accidental, he ido conociendo detalles sobre ella. Sus apellidos los supe de cuando pasaban lista en clase, apellidos que por razones de seguridad no voy a desvelar. Su dirección, porqué coincidió que un par de esos encuentros, la vi saliendo del mismo portal, que estaba en mi ruta diaria de paseo, y también que tiene un hermano menor. Incluso, una vez, el cartero estaba justo echando las cartas en su portal y supe el piso y todo. No se como explicarlo, pero parecía que el Destino y el Azar conspiraban contra mí para que supiera de ella cuanto más mejor. Siempre por casualidad, siempre sin desearlo.


Dicha conspiración llegó a su fin, precisamente, hace cuatro meses, cuando me encontraba en la tienda de revistas del centro comercial de mi ciudad. Estaba ojeando mirando unas y otras, cuando me giré un momento y creí verla de nuevo, pero fue tan fugaz que no estaba seguro. Seguí a lo mío, hasta que me dieron un toque por la espalda, y al girarme, vi que era ella. Me quedé de piedra, totalmente estupefacto.


-Disculpa, ¿sabrías decirme donde queda el bar "El Delfín"?.


-Sí claro-respondí a duras penas-. Sales de aquí por la salida principal, tuerces a mano izquierda, luego subes, giras en la plaza…


-Uuuuf espera que no me acordaré de todo…¿Me acompañas y me enseñas donde queda?. Es que ahora mismo consigo recordar el sitio.


-Vale-respondí involuntariamente-. Vamos.

Salimos del centro comercial y empezamos a ir rumbo hacia el bar.

-Tu cara me suena-me dijo-. ¿No nos hemos visto en alguna parte antes?.

-Sí, pero hace muchos años. En el instituto, en el 94. Fuimos compañeros. "El solitario", ¿lo recuerdas ahora?.

-¡Ah sí!, ahora sí-contestó-. El que se sentaba solo en clase, y esos que éramos número par en clase. ¿Por qué siempre te sentabas solo?.

-¿Es que ya lo has olvidado?. Tú te sentabas con otras dos compañeras en vez de con una solo. Alguien debía quedar sin compañero. De todos modos, no me importó.


-¿Y por qué no-preguntó extrañada-?.


Le conté, con pelos y señales, lo ocurrido con los amigos de aquel entonces, y la herida emocional que me provocaron. Raquel torció el rostro en señal de dolor.

-No me extraña que estuvieras siempre solo, pero tampoco es motivo para renunciar a nuevas amistades. Creo que hiciste mal.

-Yo no-respondí-. Estuve cinco años solo por la vida, sin un solo amigo. Créeme cuando te digo que sé muy bien lo que significa la soledad, pero no me arrepiento.

-Ya, ya lo veo. Incluso el tono de tu voz me lo dice. Creo que estás muy solo.

-Ahora no-la contrarié-. Hice nuevos amigos y estoy bien con ellos. Me costó no ser tan cerrado en banda, pero ahora estoy bien, muy bien.


-Me alegro. Nadie debería nunca saber lo que es la soledad, nunca.


-A veces sí lo es, para saber lo que no se debe tener jamás. ¿Si no pasas por malos tiempos como vas a saber cuales son los buenos?.

-Mmmmmmm-murmuró Raquel-. No estoy segura de que tengas razón.

No respondí a su pregunta. No me pareció bueno meterme en más detalles, que solo conseguirían ponerme triste o algo parecido.

-¿Y de novias-volvió a preguntar-?. Habrás tenido alguna supongo-luego calló, bajando la cabeza-…Perdona, creo que me he pasado. No tienes que responder.

-No te preocupes. Pues lamento decepcionarte, pero nunca he tenido novias. Ni entonces ni ahora, y ni siquiera un rollo de una noche. Por cierto, creo que no te he dicho mi nombre. Me llamo Iván.


-Lo recordaba de clase, gracias. Supongo que tú aún recuerdas el mío-dijo, y vio que asentí con la cabeza-. ¿En serio nunca has tenido novia?.

Su cara de incredulidad era la misma que ponían todos y todas a quien se lo decía. No podían creerme, a pesar de que no mentía. Le conté el porqué nunca quise novias(algo que no quiero desvelar) y ella hizo un gesto pensativo al escuchar mi historia, como pensando que hubiera hecho ella en mi lugar.

-La verdad es que es muy fuerte lo que me has contado. Por un lado lo entiendo, pero aún así, deberías haberla buscado. Quizá te hubiera dado el apoyo que necesitabas.

-No, no lo creo-dije negando con la cabeza-. Hubiera sido peor, siempre he pensado eso-. Ah mira, este es "El Delfín".

-Cago en la mar…y yo sin acordarme. Mira que soy tonta a veces. Muchas gracias por todo.

-De nada.

Me di la vuelta y comencé a irme, a seguir mis asuntos.

-¿Quieres tomar algo-me preguntó desde detrás de mí-?. Si no estás ocupado…

Me giré y la miré detenidamente. En aquel momento no estaba seguro de que olvidase donde estaba el lugar por accidente.

-No, no estoy ocupado. De acuerdo, acepto.

Pasé la tarde hablando con ella, charlando y forjando una amistad que parecía llevaban años planeando el Destino y el Azar. Sin embargo, hubo algo más. No un noviazgo, pero sí algo más. A las dos semanas de conocernos, Raquel me invitó a pasar el Sábado juntos solos ella y yo, a lo que acepté encantado. Paseamos, tomamos algo, e incluso paramos por bares de baile, aunque yo no bailé mucho, nunca me ha gustado. Aquella noche, me invitó a su casa, asegurando que estaríamos solos. La situación comenzó a volverse algo sensual, ya que empezamos a hablar de sexo…y lo hicimos sin reparos. Estaba preciosa, radiante como una estrella de cine, y me acordé de aquel tiempo donde no paraba de mirarla, cuando estábamos en clase. Ella se dio cuenta, lo vi en sus ojos, e inició una especie de juego, de miradas pícaras, de gestos. Su mano se fue a mi pierna, y con la otra me acarició la cara, con expresión dulce. Acercó su cara a la mía y antes de darme cuenta nos estábamos besando. Era dulce, precioso, muy tierno y cálido a la vez. Nos besamos mucho tiempo, ya ni recuerdo cuanto. Me sentía transportado al cielo, olvidándome de todo y de todos. Raquel comenzó a acariciarme recorriéndome el cuerpo, y con cierta timidez, propia de la inexperiencia, hice lo mismo, notando como mientras nos besábamos su cuerpo reaccionaba a mis caricias. Sin embargo, no me atreví a llevarla al pecho, siendo ella que la cogió mi mano y lo hizo. Firme, bien formado y voluptuoso, acaricié sus pechos por encima del jersey negro que llevaba puesto. Ella, sin pudor alguno, puso su mano en mis pantalones, notando mi inicial erección de la excitación. No dijo nada, solo dejó de besarme, se apartó y se quitó el jersey, enseñando su pecho oculto por el sujetador, que también desapareció rápidamente. Rodeándome con sus brazos, me llevó a ellos y comencé a chuparlos en mi boca, usando mi lengua para excitarla más. Estaba en pleno éxtasis. Ella gemía y se contorsionaba a la vez que comenzó a desnudarme. Al quedarnos desnudos, me abrazó, y me pidió que me metiera entre sus piernas y la devorase con mi boca. Al principio sentí un fuerte rechazo, pero luego me decidí a hacerlo, a no dejar nada de lado. Ella se echó sobre el sofá, se abrió un poco, y me eché después, quedando mi cara justo delante. Un olor embriagador me llegó a la nariz, que me incitó a meter mi lengua dentro. Sin prisa pero sin pausa comencé a devorarla como ella quería, a excitarla. Raquel, en aquel momento, destilaba belleza y felicidad por los cuatro costados, y me encantaba verla así.


-Mmmmmmmm…aaaaaah…sigue Iván…cómeme…cómemeeeeeee…


-¿Eso te gusta-pregunté en un breve paréntesis al salirme de ella-?.


-No, no me gusta. Me encanta. No te detengas, y sigue. Quiero sentirte.


Volví a hundirme entre sus piernas y seguí degustando su sexo, que empezaba a mojarse no solo de mis lametones, sino de sus propios jugos, que eran riquísimos. Raquel llevó mis manos a sus pechos, y a la vez que la devoraba se los amasaba, haciendo que ella gimiera más aún. No me cansaba de saborearla, pero llegó un momento en que me apartó de ella.


-Ahora es mi turno. Te quiero todo. Todo para mí. Todo mío.


-¿Qué vas a hacer-pregunté-?.


-Ya lo sabrás. Te va a encantar. Vas a disfrutarlo como nunca.


Se agachó y agarrando mi sexo firmemente, bajó la cabeza y lo acogió todo en su rica boca. Comenzó a bajar y subir mientras me hacía descubría un placer que nunca hubiera imaginado que existiese. Su lengua parecía una liana, enroscada a mi sexo sin soltarlo jamás. Me producía intensos temblores de placer, y me sentía en una nube de la que no quería bajar. No quería dejar de estar con Raquel, mi dulce Raquel. Notando que mi dureza no daba más de sí, se salió y miró con ojos centelleantes.


-Vamos, mi cielo. Entra en mí. Quiero sentirte dentro de mí.


-Y vaya que me sentirás-dije irónico-. Te lo voy a dar todo.


-Síiiiiii…lo quiero todo…vamos, ven…


Se volvió a echar y me puse encima suyo. Guié mi sexo hacia el suyo, y lentamente la penetré hasta el final. Un fuerte estremecimiento nos recorrió a los dos, quedándonos inmóviles por unos segundos. Después, poco a poco, comencé a moverme dentro de ella, que pasó la pierna derecha por detrás de mí, para aferrarme. Sus manos también me rodeaban, atrapándome para no escapar, pero en aquel momento escapar era lo que menos pensaba hacer. La embatía con suavidad, como si fuésemos dos amantes enamorados. El solo oírla gemir era maravilloso. Mis manos aferraron sus tersas nalgas y le di un poco más fuerte, arrancándole nuevos jadeos, más fuertes e intensos que los de antes. Acaricié su pequeño cuerpo por todas partes, deleitándome con sus pezones, endurecidos del enorme placer. Raquel me atrajo hacia ella, queriendo fundirse en mí, perderse, sentirme tanto como le fuera posible.


-Aaaaaaaah…aaaaaaahh…aaaaaaaahh…sigue mi amor, sigue…


-Te adoro Raquel…te quiero…te lleno todaaaaaaaa…síiiiii…te lleno de míiii…


-Vamos mi amor…ya lo siento…lo siento veniiiiiir…no pares, no pareees…


-Eres una diosa…te quiero…aaaaaaaaaah aaaaaaaah aaaaaaaaah aaaaaaaah…


-¡¡Oh que bien!!, ¡¡Más, máaaaaaaaaaas!!, ¡¡Dame máaaaaaas!!, ¡¡AAAAAH!!.


-Ya está…ya está…AAAAAAH…AAAAAAAAHH…AAAAAAAAHHH…


-Te quiero Iván, te quieroooo…¡¡AAAH!!, ¡¡AAAAAHH!!, ¡¡AAAAAHHH!!...


La bombeé con más fuerza, sintiendo como llegábamos al clímax y como éste nos inundó, estallando juntos, llevándonos hasta el cielo de los amantes. Quedé echado sobre ella, quien con expresión de niña feliz, me seguía acariciando el pelo y la cara, sonriendo tan dulcemente que me conmovió hasta la fibra más sensible. Solté una pequeña lágrima de felicidad, que Raquel enjuagó, besándome luego. Estuvimos abrazados mucho tiempo, hasta que, recuperadas las fuerzas, volvimos a hacerlo, esta vez yo sentado y ella sentada sobre mí, gozando sin para entre orgasmos que nos hacían gritar de placer. Dormí con ella aquella noche, abrazándola, deseando que no llegara el nuevo día. Nunca se ha vuelto a repetir, pero Raquel y yo hemos quedado como amigos, grandes amigos. Salimos juntos, nos divertimos, y no me importaría repetirlo algún otro día. Es maravillosa, sensacional, y la aprecio y quiero, de todo corazón…

ANONIMO

sábado, 1 de marzo de 2014

Móntame, Vaquero

-"A lo loco, a lo loco, hay que ver cómo vive Fulano…." – iba cantando para sí y haciendo un poco el bobo bailoteando por los pasillos, aún desiertos, del instituto. Amador Yagüe, cuarenta y tres años, profesor de Geografía e Historia, tenía motivos para sentirse contento. Sabía que era, con mucho, el más guapo del profesorado masculino, y quizá no tanto por serlo realmente, sino por creer que lo era. Todos los alumnos decían de él que era un cachondo mental y tenían razón, se ganaba el corazón de todos con sus bromas y las anécdotas históricas que contaba. Sabía ser severo cuando se terciaba la ocasión, pero realmente se terciaba muy poco, porque su buen humor permanente hacía muy difícil enfadarle, y su manera de reírse de sí mismo, inútiles todas las pullas o motes contra él.


A Amador le encantaba el teatro y se apuntaba a todas las obras que planeaba Nazario, el jefe de estudios, y más si eran cómicas… sólo había puesto una pega en la última que habían hecho para Navidad, porque era un poco picantona, y no quería representar el papel masculino principal, el del Fontanero, porque eso implicaba tener unas cuantas escenas algo subidas de tono con Viola, una profesora muy joven. No es que le diese corte, pero eso le podía haber buscado un bollo con su mujer, y a él le convenía ser muy discreto… Finalmente, había hecho de secundario, cosa poco habitual en él, y el papel de Fontanero lo había interpretado Cristóbal el de Químicas, que por más señas, había acabado liándose con Viola, pero esa era otra historia.

Camino al vestíbulo para recoger el correo en conserjería, se detuvo frente a la pecera que había en la pared del mismo, pero no quería mirar a los pececitos, sino su reflejo en el cristal. Se peinaba hacia atrás, y es cierto que tenía entradas en las sienes, pero le quedaban muy bien. El pelo se le rizaba en la nuca y lo llevaba ligeramente más largo de lo que hubiera sido formal. Tenía unos ojos pequeños y pícaros y una nariz, aunque curvada, no demasiado grande. Su boca era una eterna sonrisa. Es cierto que no era muy alto, pero estaba bien hecho, ancho de pecho y todavía estrecho en la cintura… hay que reconocer que esa estrechez se estaba empezando a perder por lo mucho que le gustaban todos los fritos, pero con la ropa puesta, todavía pasaba por tener bien poca tripa. Entre las alumnas se decía, y él lo sabía, que tenía pinta de cantante de rumbas, de esos que sólo cantan en verano y que ya tienen unos añitos pero no sólo no resultan ridículos en absoluto, sino que siguen haciendo las delicias de madres… e hijas. Sonriendo a su propia imagen, se alisó el cabello de los lados y se dedicó un rugido a sí mismo.

-Buenos días, señor Yagüe. – dijo el conserje de noche, que, ya a punto de irse, entraba con varios sobres en las manos.

-¡Muy buenos, Alfonso! Y Amador, nada de "señor Yagüe", hombre, que llevas veinte años aquí… - El anciano conserje sonrió, pero antes de poder contestar, el profesor se dirigió a cogerle el correo. – Ah, ¿has recogido el correo?

- Sí, como siempre, pero antes recogí el correo – Vladimiro era el conserje de noche, trabajaba hasta las siete u ocho de la mañana, y entre que era ya algo mayor y que debía afectarle lo del sueño cambiado, con frecuencia hablar con él era como pretender hacerlo con un personaje de "Alicia en el País del Espejo". Los estudiantes le llamaban "Vladi DosVeces", porque solía repetirlo siempre todo. – Por cierto, una cosa algo rara, mire… publicidad, publicidad… y mire qué cosa más rara, una carta dirigida a un tal "Vaquero", ¿usted lo entiende?

-¿El Vaquero? – se rió Amador – Ni idea, me suena alguna bromita, o publicidad… bueno, dame, ya veremos. ¡Hasta luego! Oh, y, ¡acuérdate de abrir las puertas!

-Desde luego, señor Yagüe…. Enseguida, en cuanto abra las puertas. – murmuró más bien para sí.

Amador se marchó casi corriendo hacia la sala de profesores, sobre la primera mesa que encontró dejó el correo… menos la carta para el Vaquero, que se guardó en su carpeta precipitadamente, poco antes de que entrasen Cristóbal y Viola… bueno, digamos que entró Cristóbal, porque Viola realmente casi voló por un azote de su compañero, que la proyecto a través de la puerta abierta, entre las risas de la joven maestra. Vivían juntos desde principios de año, pero al parecer, no hacía más que unos días que habían empezado a hacer "otras cosas" juntos, además de compartir el piso, y eso les hacía estar algo retozones.

-Formalidad, niños… - les dijo Amador, con una gran sonrisa – Que como os vea Nazario, la va a montar.

-No hace falta, ya "la monto" yo… - Bromeó Cristóbal yendo a sacar dos cafés de máquina, mientras Viola soltaba la carcajada y parecía radiante de felicidad. "Qué cabrito" pensó, divertido, Amador "Qué bien le ha salido el tiro de la cornamenta… casi, casi, tan bien como a mí".

Y tenía razón. Él era el Vaquero, y aquélla carta perfumada que se había guardado, era para él. Su esposa no debía enterarse, y para eso, lo mejor era que no se enterase nadie, que todo el mundo siguiese pensando que su matrimonio era feliz y perfecto… En el caso de su compañero, era un secreto a voces que había tenido varias aventuras hasta que su mujer se enteró de lo de Viola y le pegó la patada. Eso, no le pasaría a él, no, señor. Amador sabía que iba sobre seguro, era la discreción personificada y tomaba buenas precauciones. A él no le pescarían en un marrón.

*********

"Querido Vaquero (decía la carta); no puedo dejar de pensar en ti. Nuestras ardientes conversaciones por internet me humedecen constantemente cuando las recuerdo. No dejo de pensar en tenerte sobre mí, en que me cabalgues hasta el cansancio, y que me hagas gritar como a la perra que soy… sé que tú también estás casado y quieres a tu esposa. Yo también amo a mi marido, no puedo dejarle… como tampoco tú la dejarás a ella, me lo has dicho, y lo asumo… pero no me resigno a no probar esa maravilla de la Naturaleza que tienes entre las piernas y cuya foto me has mandado… mmmmmh… sólo el pensar en ella me pone como loca, creo que en cuanto acabe de escribirte, voy a ir al baño a tocarme. Sí, es lo que voy a hacer, y te lo pienso dedicar, voy a meterme los dedos como una fiera, sudaré despeinada mientras muevo mis caderas y cuando me corra jadeando como un animal, gritaré tu nombre: "Vaquero"…."

De haber estado a solas, Amador hubiera silbado de admiración, pero estaba en medio de un control, supuestamente vigilando a sus alumnos, de modo que se aguantó. Miró hacia abajo y dio gracias porque las mesas de los profesores tuvieran una plancha de madera frontal que le tapaba por completo las piernas… y lo que había entre ellas, porque la cartita le había puesto a presentar armas. La idea de tener una aventura a espaldas de su mujer, le excitaba muchísimo. No era la primera vez que se atrevía a ello, era ya la tercera en dos años, y aunque la primera vez se había sentido muy raro y con una culpabilidad enorme, eso ya lo había superado, y ahora sólo quedaba el morbo, los nervios agradables, la impaciencia… Estaba deseando encontrarse con Potrilla, que ese era el nombre de su amante.

Se habían conocido en un chat. En un principio, ella se llamaba Insaciable, pero al conocer al Vaquero, se había encaprichado de él tanto que se cambió el nick a Potrilla. Habían mantenido conversaciones muy subidas de tono, cibersexo que se llamaba ahora, y finalmente, tras mucho insistir, ella le había mandado su foto… desnuda. Una mujer guapísima, algo menor que él, pero también hecha y derecha, casada ya y con hijos, pero aún atractiva y de buena figura. Y lo más importante: con ganas de sexo, que era lo que él buscaba. Él había correspondido mandándole un par de fotos suyas, una en la que se le veía de cuerpo entero, vestido, y otra en la que sólo se veía… "lo importante". A Potrilla le había encantado, "el de mi marido, no es ni la mitad", había dicho, "y lo peor es que él asegura que aunque no sea gran cosa, sabe usarla, pero te garantizo que no es verdad. Mi marido se cree que todo son cariñitos y mimos y miel… y yo necesito que me follen, punto".

Hacía unos días, habían decidido quedar para verse, y para concertar la cita, era mejor el correo normal. Polita, la mujer de Amador (se llamaba Amapola, pero a ella le parecía que era un nombre demasiado pretencioso, y prefería el diminutivo), tenía su contraseña de correo electrónico y cuando miraba el de ella, solía mirar también el de él. No por cotillear, porque Polita tenía confianza absoluta en su marido y ni se le pasaba por la cabeza que hubiese tenido aventuras, sino por leer los chistes que le mandaban y mirar la publicidad del Corte Inglés que recibía en su cuenta. Como, naturalmente, tampoco podía recibir en su propio domicilio una carta dirigida al Vaquero y encima perfumada, le dio a Potrilla la dirección del Instituto. Él hacía lo propio, mandándole la contestación a su trabajo. Potrilla trabajaba como administrativa en unas oficinas de una agencia de viajes, no muy lejos del instituto.

"Necesito verte, no puedo aguantar más. El viernes por la tarde, mi marido cree que tengo una reunión de trabajo, tengo que verte este viernes. Necesito tenerte entre mis piernas empujándome tu gran polla, o me volveré loca… Como mi empresa me da cheques de viaje, puedo conseguir una habitación de hotel a muy buen precio. Pásate a eso de las tres por el Hotel Maravillas y pide por la habitación 205, te darán la llave. Es seguro que esté, pero si acaso no he llegado por cualquier motivo, puedes esperarme desnudo, o en ropa interior… si yo llego antes, te esperaré desnuda a ti, no quiero perder tiempo con ropas estúpidas, quiero tenerte dentro en cuanto te vea… pero, eso sí, ¿querrás hacerme un favor? Prométeme que te pondrás un sombrero de vaquero para tu Potrilla, mi semental…"

Jolín, la niña, había tirado la casa por la ventana, el Maravillas era un hotel de cinco estrellas… le gustaba hacer las cosas bien, no cabía duda. Qué menos que corresponderle.

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El jueves por la tarde, Amador hizo sus compras y lo guardó todo bien doblado en una bolsa que compró también, en el maletero de su coche. Su esposa tenía coche para ella, y nunca miraba el de él, y aunque lo descubriera, podría hacerlo pasar como un simple traje que se había comprado. Polita estaba tan cariñosa como siempre, Amador era muy bueno con ella, salvando los "pecadillos" que cometía, y como de eso su esposa no estaba enterada, vivía feliz.

-Polita, que… mañana tenemos claustro, llegaré tarde.

-Oh… precisamente me apetecía mucho ir al cine, ¿acabaréis muy tarde?

-Pues… calculo que a eso de las nueve, más o menos. Si hay sesión a las diez… o mejor aún, cuando salga, te recojo, cenamos algo por ahí, y vamos a la sesión golfa, ¿quieres? Como cuando éramos novios…

Polita se rió con ganas, porque sabía qué quería decir su marido. Cuando eran novios, decían a sus padres que iban a la sesión golfa, pero en realidad iban a la de las ocho, tomaban algo después y tenían casi cuatro horas para ellos solitos, que solían aprovechar muy bien… en el asiento trasero del coche de Amador. Polita besó la cara de su esposo y éste le dio un cariñoso azote en el culo. Así daba gusto, pensó Amador. Podía disfrutar del delicioso cosquilleo estomacal del riesgo, y al mismo tiempo, tenía a su santa que le quería con locura. Y él a ella, naturalmente. A fin de cuentas, si hacía lo que hacía, lo hacía por ella, él no quería plantarse en los cincuenta años y darse cuenta que se había hartado de Polita y abandonarla por cualquier guarra de veinte años que le limpiase la jubilación y su pobre mujer se quedase sola para siempre… haciendo de vez en cuando una tontería, se quitaba ese capricho y no existía el peligro, valoraba más lo que tenía en casa.

La mañana del viernes pasó muy lenta en opinión de Amador, pero por fin llegaron las dos y se preparó para marcharse. Llamó a su Polita por teléfono antes de salir, para decirle que comía con los compañeros y luego se metería a la reunión, que no le llamase al móvil, ya le llamaría él, y que estuviese arreglada para salir por la noche. La voz de Polita sonaba ansiosa por la perspectiva del encuentro posterior… Amador estuvo en un tris de decir "no voy al claustro, digo que me duele la cabeza y me largo" e ir a por su esposa, pero se contuvo. Comió deprisa en una bocatería cercana y se metió en el cuarto de baño a lavarse los dientes y cambiarse. Se puso el traje nuevo que se había comprado, junto con la camisa, las botas y el sombrero de vaquero. Todo era blanco, salvo las botas, negras, con flecos y terribles espuelas. Se miró al espejo y sonrió complacido. Ni el J.R. en sus mejores tiempos, estaría más guapo que él. Salió del local rápidamente y se metió en su coche, siendo consciente de que su indumentaria, en especial por el sombrero, atraía las miradas… y no le molestaba.

El trayecto al hotel no era largo y aún faltaba para las tres cuando llegó. Miró por la ventanilla por ver si veía a Potrilla, pero ninguna de las mujeres que entraron al hotel, ni las que se veían por la acera o los locales cercanos, se parecía a ella. A las tres menos cinco ya no pudo aguantar más, y entró en el parking.

En el vestíbulo del hotel, le parecía que todo el mundo le miraba, y se puso bien erguido, mirando ligeramente hacia arriba, con una mano en la cintura, y, caminando lentamente, se acercó a la recepción y pidió por la 205. El recepcionista le sonrió abiertamente y le entregó la llave.

-Que disfrute de su estancia… señor. – Amador sonrió y subió los tres pisos en el ascensor. Cuando metió la llave electrónica en la ranura de la puerta, sintió que le temblaban las piernas y tuvo que respirar hondo para intentar calmar los golpetazos que daba su corazón.

-¿Potrilla…. Estás? – susurró a la oscuridad de la habitación, pero nadie le contestó. Entró y cerró la puerta, encendió la luz. La habitación estaba desierta, su Potrilla aún no había llegado. Se sentó en la cama, pero sus pies tamborileaban solos del estado de nervios en que se encontraba. Con prisa, se levantó casi de un salto y empezó a desnudarse, dejando la ropa hecha un gurruño en el sofá. Se quedó sólo en calzoncillos, botas y sombrero. Al cabo decidió desatar las espuelas de las botas, estaban muy afiladas y no quería correr riesgos de hacer daño a Potrilla, y casi de inmediato se puso a doblar la ropa un poco mejor. Acababa de terminar, cuando oyó a alguien trastear en la puerta y se lanzó a la pared para apagar la luz. De momento, quería que todo fuese lo más íntimo posible.

-¿Vaquero…? – una vocecita femenina muy dulce acarició los oídos de Amador, a quien se le escapaba una sonrisa hasta las orejas cuando contestó.

-¡Sí…! – Una risita, la puerta que se cierra, y de pronto un pecho cálido sobre el suyo le abraza con fuerza y se funden en un beso interminable. Potrilla le acaricia la cara hasta dar con el sombrero sobre su cabeza.

-Te lo has puesto… lo has traído para mí… mi Vaquero… ¡móntame! ¡Móntame ahora mismo! – la ropa de Potrilla hizo frufrú sobre su cuerpo cuando la mujer se la quitó con la misma prisa que él segundos antes. El Vaquero intentó torpemente ayudarla a librarse de ellas y prácticamente saltaron sobre la cama, frotándose el uno sobre el otro entre jadeos animales. El Vaquero la sujetó de los brazos y le lamió el cuello, llenándola de saliva caliente mientras ella daba golpes de cadera debajo de él y su respiración se agitaba, cabeceaba intentando devolverle las lamidas, intentando morderle, hasta que atrapó su oreja y la mordisqueó, metiendo la lengua a intervalos. El Vaquero dejó escapar un gemido profundo.

-Oooh… qué animal tan travieso… vamos a tener que domar a ésta potra salvaje.

-Oh, sí, sí… - susurró ella. Tan pronto sintió que El Vaquero se levantaba, Potrilla se puso a cuatro patas, de rodillas sobre el colchón, mientras oía que él se deshacía de los calzoncillos. La mujer esperaba que la penetrase en ese instante, pero relinchó literalmente de placer cuando sintió que le metía la cara entre las nalgas - ¡¿Qué me haces?! – gritó alborozada, sintiendo mil cosquillas en su sexo y su clítoris haciendo chiribitas. - ¡¿Qué me haces…?! Mmmmh…. Más, más….

-Así… inclínate, Potrilla, esto te hará doblegarte… - bromeó El Vaquero entre lamidas. Metió su lengua entre los labios vaginales de su amante y exploró en su sexo, sorbiendo, moviendo su lengua de dentro a fuera, haciendo círculos dentro de ella, dando golpecitos muy cerca del ano, mientras con los dedos no dejaba de acariciar el clítoris hinchado y tembloroso. Tenía los dedos empapados hasta los nudillos y los jugos de la mujer le escurrían por la barbilla, mezclados con su propia saliva, ¡y le encantaba! Con Polita hacía el amor, y era estupendo, porque era tierno, lleno de sentimiento… con Potrilla podía simplemente follar, hacer guarradas, sólo existía el placer, daba igual si era sucio, pegajoso, lleno de babas… ¡era estupendo!

Potrilla jadeaba sin ningún reparo. Aquí no había niños que pudieran despertarse, no había vecinos con los que coincidir en el ascensor o la escalera más tarde, no había un marido empeñado en darle sólo mimitos… lo único que había era un hombre ansioso de placer y que ahora mismo le estaba metiendo la lengua en el coño hasta casi el útero, ¡y era maravilloso! ¡Qué suave y qué caliente, se retorcía dentro de ella como un delicioso tentáculo, explorando sus puntos sensibles, apretando aquí y allá, frotándose de forma deliciosamente húmeda…! Y todo ello sin dejar de acariciar su clítoris con los dedos, la estaba volviendo loca de gusto… Tenía las caderas elevadas, la cabeza apoyada en el colchón, y sus piernas querían estirarse, elevar aún más las caderas… El Vaquero le pegó un azote en el culo y le apretó las nalgas, y ella gritó y rió de placer.

-No te pares… aaah… no… no te pares ahora…. Por… por favor, dame más… - suplicó Potrilla, notando que su orgasmo era inminente. Oyó la risa ahogada del Vaquero a su espalda, y éste continuó con su masaje, y con la mano izquierda, empezó a coquetear en el ano de su compañera - ¡Aaaaaah….mmmh, sí, sí, sigueee! – Potrilla desorbitó los ojos, sorprendida del intenso placer que sentía por detrás y que nunca había experimentado hasta ese momento, era como si culo ardiera, ¡pero tan maravillosamente! Su clítoris tiritaba, aturdido de gozo, su interior iba a explotar de placer, y su culito se cerraba solo, intentando atrapar el dedo húmedo y resbaladizo del Vaquero que hacía cosquillas en el esfínter, acariciándolo superficialmente, entrando y saliendo sólo de las nalgas, tentándolo sin dejarle probar por entero.

Potrilla ya no podía hablar, apresó las sábanas entre sus manos crispadas y apretó los dientes, sus muslos dieron un poderoso temblor y todo su cuerpo se convulsionó sin que ella pudiera contenerlo, en medio de un feroz grito de pasión que taladró los oídos del Vaquero, quien seguía lamiendo como poseído, encantado de notar su lengua aprisionada por las contracciones del sexo de su compañera. Potrilla gemía y chillaba mientras su coño temblaba en titilaciones dulcísimas que repartían un placer inenarrable por todo su cuerpo… El Vaquero lamía, más lentamente, pero no dejaba de lamer, acariciar, tocar… las sensaciones se fueron espaciando y haciéndose más leves, pero también más dulces, hasta que se calmaron y la dejaron satisfecha.

-Haaaaaaaah…. Uuuuuuuuuh…. Guauuu… - jadeó Potrilla, con la lengua fuera. – Ha sido bestial…

El Vaquero le dio un cachetito en el culo y la hizo caer de un lado de una simple presión en el costado.

-Como ahora estás muy cansada, ¿qué te parece si repones fuerzas mamando…? – Dijo, poniéndose de rodillas a cuatro patas sobre ella. Potrilla rió pícaramente y acarició los muslos peludos de su compañero, mirando su instrumento erecto... aún en la oscuridad del cuarto, se distinguían los contornos. Eso era lo que tantas ganas tenía de probar. Es cierto que deseaba probarlo con su sexo, pero mientras ella se reponía, bien podía hacérselo así. Se elevó sobre los codos y se lo metió en la boca. El Vaquero dejó escapar un gemido mientras ella jadeaba con su miembro entre los labios. Potrilla hubiera querido mamar como una desesperada hasta dejarle seco, pero se contuvo. No quería hacerlo tan rápido, no quería arruinarlo haciendo que se corriera demasiado pronto. Lo mantuvo en su boca, llenándolo de saliva como si tuviera un chupa-chup en ella, empapándolo en su calidez, sin apenas moverse. Muy pronto la excitación hizo jadear al Vaquero, que empezó a mover él mismo las caderas, follándole la boca.

Potrilla sonrió y comenzó a darle grandes pasadas con la lengua, acariciándolo muy suavemente con los labios, cosquilleándolo con la boca. El miembro del Vaquero goteaba de saliva y líquido preseminal, estaba cada vez más hinchado y más rojo. A cada lamida de Potrilla, pensaba que iba a terminar sin remedio, pero el placer inmenso que le recorría la espina dorsal se detenía justo en el punto crítico y le dejaba respirar para volver a llevarle al límite. Finalmente, la propia Potrilla no aguantó más el hacérselo tan sensualmente y lo atrapó con su boca, se colgó de él como un ternerillo y empezó a succionar con vehemencia, moviendo la cabeza y aspirando profundamente.

-¡Sí, SÍ! – Gritó el Vaquero sin contenerse, notando que el latigazo de placer le laceraba desde los riñones a la nuca y estaba a punto de estallar en sus pelotas, ¡qué maravillosa forma de succionar tenía Potrilla! No es que quisiera sólo darle placer, es que quería beber de él, quería que terminase en su boca, se notaba por la pasión que ponía… y… y lo iba a lograr, iba a sacárselo todo. El Vaquero notaba su pene como al vacío, literalmente aspirado dentro de una calidez maravillosa… no podía más, no aguantaba… en medio de irresistibles temblores, sus testículos parecieron reventar de gozo y una tórrida descarga salió a presión por su miembro derrotado de placer, dándole la impresión de que se le escapaba media vida en la descarga, ¡pero con qué gusto…! Oyó cómo Potrilla tragaba mientras seguía aspirando y su lengua le acariciaba dulcemente, haciendo que se estremeciera de pies a cabeza…. Qué maravilla… qué delicia…

-Bueno, Vaquero… - susurró Potrilla – ha llegado la hora de que montes a tu Potrilla. – El Vaquero no se sentía muy capaz después del agotador orgasmo que acababa de tener, pero su miembro aún no había iniciado la bajada, tal vez pudiera recuperarlo. Potrilla se colocó de rodillas frente a él y el Vaquero se frotó contra su sexo, empapado y pringoso. Apenas unas caricias, notó que de nuevo su miembro se hinchaba y pedía guerra. Potrilla se inclinó para dejarle paso, y él decidió no hacerla esperar, embistió sin previo aviso - ¡Mmmmmmmmmmmmmh! – su amante se retorció de gusto sintiéndole dentro - ¡Por fin…. Haaah… oh, la siento tan grande…. Mmmh… qué bien me llena… esto sí es una polla, y no lo de mi marido….! Oooh, ¡párteme con ella!

El Vaquero no se lo hizo repetir, empezó a empujar como si quisiera atravesarla, ahora gemían al unísono, el cabecero de la cama golpeaba contra la pared mientras los dos se abandonaban al placer de estar fundidos. Cada embestida les abrasaba, los dos estaban tan sensibles después de sendos orgasmos que no iban a tardar mucho en llegar. La cama protestaba, los dos gritaban y jadeaban sin ningún reparo. El Vaquero se dejó caer sobre la espalda de Potrilla y le amasó las tetas hasta con ferocidad.

-¡Sí, así, así…. Más, mi Vaquero…! ¡Oooh… no aguanto más! – Potrilla temblaba, se le escapaba la risa y su sexo picaba de un modo deliciosamente insoportable, el miembro de su amante le calmaba ese picor y a la vez lo provocaba, la traviesa sensación iba a más y más, la gran explosión se estaba gestando y finalmente chilló hasta quedarse sin aire al notar un nuevo estallido nacer en sus entrañas y desbordarse por su cuerpo… y sólo unos segundos después, los jadeos del Vaquero se hicieron más animales y notó que se derramaba de nuevo en aquélla intimidad húmeda y estrecha que le abrazaba dulcemente en las contracciones de su placer, hasta que él también gritó de gozo, satisfecho y agotado, mientras sus nalgas se acalambraban de gusto… se dejaron caer en la cama revuelta, el uno al lado del otro, sudorosos y extenuados, pero felices.

***********

-¿Qué película te va a apetecer ver…? – preguntó Amador a Polita, que se estaba peinando en el cuarto de baño, mientras él terminaba de vestirse.

-Había pensado en "La sangre de la tierra", ya sabes, esa que matan al dueño de una explotación de vinos, y mientras buscan al asesino, empiezan a sospechar que el tío explotaba a sus trabajadores y hasta abusaba de las mujeres que curraban para él y en la familia hay unos líos que no veas… ¿quieres?

-Bueno… aunque a mí me llamaba más "Asesina como puedas", esa en la que parodian Psicosis. Tiene pinta de ser divertida. – Polita sonrió y besó a su marido antes de ponerse el carmín.

-Podemos ver las dos, sólo son las siete. Nos dará tiempo a eso, y cenar. Y te recuerdo que en casa…

-Polita de mi alma… ¿¡No te basta con dos?!

-Esos dos, eran para Potrilla, a mí me has prometido otro, ¿no irás a faltar a tu palabra, verdad…? Si llegas a casa y yo me insinúo, y me dices que estás muy cansado, puedo sospechar…

-Está bien, lianta, tomaré dos postres para tener energías… - Dio un cachetito cariñoso en el trasero a su mujer mientras se terminaba de poner de nuevo el traje blanco, pero esta vez, sin sombrero de vaquero ni espuelas en las botas.

"¿Soy yo un tipo muy afortunado o de verdad esto de las aventurillas da buen resultado?" Pensó Amador calzándose las botas, mientras pensaba en cuándo volverían a encontrarse Potrilla y el Vaquero, y si se volverían a encontrar ellos y no otros distintos. Hacía ya algunos años, Amador le había propuesto a su mujer el juego de "ser infieles" con ellos mismos, cada uno adoptando una personalidad, fingiendo no conocerse y desbocándose cuanto quisieran en un sitio donde no tenían que preocuparse de bajar la voz o decir una burrada si les daba la gana. Polita había aceptado encantada, y desde entonces, de vez en cuando, jugaban a conocerse a través de páginas de contactos o de internet, se escribían cartas subidas de tono, se mandaban fotos que se hacían el uno al otro y finalmente quedaban para una sesión de un placer que no podían permitirse teniendo aún a un adolescente en casa y viviendo en un piso donde las vecinas adyacentes eran estaciones de radar. "Sea como fuere, yo sí que me lo he montado bien. A mí no me puede pasar como a Cristóbal, a mí no me pillarán jamás en un marrón. La mejor precaución para una infidelidad, es cometerla con tu propia esposa".

(ditaunica@gmail.com)