jueves, 18 de septiembre de 2014

PERFECTA CABRONA


teléfono3

Hay un libro que, desde hace mucho, se ha vendido como chelas en un América-Chivas a las 12:00 un domingo caluroso en el Azteca: ¿Por qué los hombres aman a las cabronas? De Argov Sherry. Después de ese, se han escrito infinidad de páginas, tratados, prontuarios, manuales, instructivos, recetas, ensayos, reportajes o artículos que dan vueltas al tema ¿Cómo ser una perfecta cabrona?
La idea práctica es muy simple: Las mujeres somos educadas para complacer: Ser lindas, amorosas, disponibles, predecibles y virtuosas. Esperar al príncipe azul que le ponga el “felices para siempre” a nuestros cuentos de hadas. Esa idea, fortalecida a base de novelas rosas y malos consejos, nos hace pensar que somos la mitad de algo, una naranja partida que necesita a la otra mitad para sentirse completa, hecha, realizada. Para conseguirlo y ser feliz como Blanca Nieves o María la del Barrio, hay que ser justamente lindas, amorosas, disponibles, predecibles y virtuosas ¡Guácala!
En un mundo que ha sobrevivido por milenios a esta forma de relacionarse, siempre han existido (y tenido ventaja sobre las demás) mujeres que, por equis o por ye, deciden no seguir el estereotipo y en vez de ser la niña buena que su abuela hubiera deseado, nos hacemos cabronas, es decir: imperfectas, duras, indisponibles, impredecibles y, sobre todo, eróticas.
Mujeres alegres y seguras de nosotras mismas que no vivimos gobernadas por reglas que nos perjudican. Que nos sabemos dueñas de nuestra propia felicidad. Resulta que eso nos blinda. Nos hace más atractivas. Parece ser que hacerlos sufrir o tenerlos agarrados de los blanquillos, te hace más apetecible para muchos hombres que ser noble y condescendiente. Tienes que ser y parecer difícil, inaccesible y dura para provocar esos amores abrumadores que ponen a los caballeros a cachetear banquetas. Tienen que saber que pueden perderte para que nunca dejen de tratar de conquistarte. Al menos eso me quedo claro después de ver la reacción de mi cliente después de la llamada que conté el martes pasado. No cabe duda, ellos prefieren a las cabronas.
Y sí, para mi fortuna, yo soy una cabrona hecha y derecha. Divertida, alivianada, cachonda, segura de mí misma y, sobre todo, dispuesta a defender con uñas y dientes mi derecho a ser feliz.
Hace un par de sábados el profe me invitó de nuevo a ir a Tepoztlán. Nuevamente intentó aplicarme la salida sorpresa. A decir verdad me emocioné, me gustó la idea, pero nuevamente había quedado de salir con Mat. Ya le había cancelado la vez pasada para escaparme a coger con el profe y, como mi amigo tiene a bien leer la columna, ni cómo inventarle pretextos justos o mentiras piadosas. Bajé con el profe, le di un buen beso en los labios (de esos que hacen que se les ponga duro aquello y se queden con las ganas atravesadas en los blanquillos) y le dije que en esa ocasión no podría acompañarlo. Que tenía muchas cosas personales que hacer.
Era necesario. Por más ganas que tuviera de pasar otra encerrona erótica en esa paradisiaca casita en Tepoztlán, a los galanes hay que ponerles límites. Es indispensable que sepan que no pueden tenerte cuando quieran y a la hora que se les hinche la calentura. Me dijo que había hecho planes, que la pasaríamos muy bien. Me clavó en los ojos esa mirada que me desnuda y me hace querer entregármele de inmediato. Incluso pensé en invitarlo a echarnos un rapidín en mi depa, pero no. Fui inflexible. Lo despedí con otro beso calienta huevos, lo subí a su coche y lo vi alejarse de mi sábado. Ni modo, todo sea por mantener el orden del universo.
Media hora después llegó Mat. Mi queridísimo amigo. Mat tiene el defecto (y la cualidad) de estar enamorado de mí. Al menos eso dice él. Le gusta hacerme el amor al menos una vez por semana y me tiene toda la paciencia del mundo. Yo lo quiero, pues aunque a veces me saque de onda con sus pucheritos celosos y se ponga cursi a la hora en que hacemos el amor, sé que allí está siempre, cariñoso, solidario, amoroso. Creo que el problema con él es que, cuando tuvo su oportunidad, cuando tuvo su chance de enamorarme, fue muy cobarde como para intentar conmigo ser algo más que un amigo y ahora que ya está en esa lapidaria clasificación, hace esfuerzos para, al menos, no ser excluido del directorio de clientes. A decir verdad, es el único amigo con quien cojo, la excepción a mi regla.
Mat me invitó a desayunar. Tiene un proyecto en el que quiere que participe. Algo relacionado con su trabajo y de ningún modo con el mío. Siempre tiene alguna idea en mente para buscarme alternativas de ingreso que poco a poco me permitan cambiar de giro. Es un tipazo y tiene un corazón enorme. No sé si así sea, o simplemente me ha tocado la suerte de ser su amor platónico. La cabrona que lo trae cacheteando el pavimento.
A medio día Mat me acompañó a atender a un cliente. Claro, él me esperó en el bar del motel mientras yo me ponchaba a un chavo con quien había comprometido una cita con anticipación. Un buen cliente, lindo, guapo, divertido. Me la paso bien con él.
Después bajé por Mat y nos fuimos a comer. Terminamos la tarde en su depa, viendo una película bajo las sábanas después de una sesión espléndida de sexo. Me preguntó si podía quedarme a dormir justo en el momento en que entró un mensaje de texto: «¿Puedo pasar a verte? » Decía. Era del profe.
No le respondí. Apagué el teléfono, le di a Mat un beso en los labios y le dije que sí. Que claro que me quedaría con él esa noche. Después de todo las cabronas somos así, impredecibles.

Lulú Petite