sábado, 8 de febrero de 2014

FRENTE FRIO POR LULU PETITE

No sé si viene un invierno duro. Lo que sí sé es que con la entrada de los frentes fríos de la semana pasada, despertar y salir de las cobijas es una proeza. Especialmente cuando estás sepultada por unos cinco kilogramos de mullidas y calientitas cobijas y en posición de cucharita, con las piernas trenzadas de un hombre con el que te sientes a gusto.
 
Abrí los ojos y me sentí tan cómoda que volví a cerrarlos. Trato de ser disciplinada. Habitualmente me despierto muy temprano, pasaditas las seis de la mañana, es un hábito que me hice en la escuela y que no quiero perder.
 
Saco a pasear a mis perritos, me doy un baño, voy al gimnasio, tomo un desayuno saludable, vuelvo a bañarme y, sólo entonces, empiezo a arreglarme para que comience mi día laboral, ya sabes, atender llamadas.
 
Eso sí, cuando el mundo está tan frío que nomás falta ver pingüinos, la dudas un poco, pero si como dije, además estás bien acompañada, mandas al carajo la disciplina.
 
Estábamos acostados de lado, yo viendo hacia mi ventana, él acoplado a mí, como cucharitas. De pronto, entre el sueño y la vigilia, sentí su miembro enorme rozar mis nalgas sobre mi pijama.
No sabía si Iván ya había despertado, o simplemente era una de esas erecciones mañaneras con las que reciben muchos hombres un nuevo día. Sentía su respiración en mi oreja, calientita, rítmica y la caricia traviesa de ese falo duro en mi trasero. Me restregué un poco.
 
Él reaccionó de inmediato. No sé si lo desperté con mi movimiento de cadera o ya lo estaba y trataba de calarme, el caso es que le di un arrimón que no dejaba lugar a dudas de que le estaba pidiendo pelea.
Él se sacó su miembro y, por encima de mi pijama, lo metió entre mis muslos y comenzó a moverse lentamente mientras me besaba el cuello, los hombros y murmuraba cosas cachondas a mi oído. Me tenía rodeada con sus brazos, jugando con mis pezones entre sus dedos, apretando la curvatura de mis senos, metiendo su mano por debajo de la blusa de mi pijama, acariciándome el vientre, poniéndome la piel chinita.
 
Su falo, moviéndose sobre la franela de mi pijama, me estaba haciendo lubricar copiosamente.
-Estás empapada- Me dijo
 
-¡Métemela!- Ordené pasándole un preservativo que tenía en el buró dispuesto para esas emergencias.
Después del sexo nos quedamos un buen rato en la cama, acurrucados, calientitos, besándonos, sintiéndonos. Me habría quedado así todo el día, pero él tenía que ir a su oficina.
Preparé algo de desayunar mientras se duchaba. Cuando se fue a su oficina, encendí mi celular de trabajo y me metí a la regadera.
Atendí a mi primer cliente poco después del mediodía. Era un hombre con poco más de cincuenta años, pero con el cabello tupido de canas prematuras, entretejidas con su pelo negro, le daban un tono gris claro muy atractivo.
 
Mientras me hacía el amor me quedó claro que el hombre traía unas tremendas ganas de coger. Lo hacía con urgencia, como un adolescente primerizo. Buscando, tocando, besando, restregando. Sexo desesperado. Apenas le puse el condón, me la dejó ir, él arrodillado a la orilla de la cama, yo acostada con la mirada al techo, recibí su penetración apremiante, jalándome de la cintura, moviéndose rápido, sentí entrar y salir su erección palpitante, hasta que ahogó un grito y se vació en el preservativo. Como si lo hubieran fulminado, se dejó caer de espaldas a un lado mío, con la mirada perdida en el techo y respirando agotadamente con una sonrisa en sus labios.
 
-¡Wow!- Dijo -Estuvo de lujo. Hacía meses que no cogía- remató.
A veces pregunto, otras no. En esta ocasión no me pareció sensato preguntar la causa de su ayuno. Razones puede haber muchas, y parte de mi chamba es escucharlas si el cliente quiere contarlas, pero no tratar de averiguarlo. Una buena parte de la razón de que nuestros clientes pagan lo que cobramos las prostitutas de lujo, es que somos una suerte de terapeutas no acreditadas. Escuchamos sin juzgar, siempre poniéndonos del lado del cliente. Parte de eso es saber cuándo no hacer preguntas.
El cliente tenía prisa, así que como se vino, se fue: rapidito. Yo me quedé en el cuarto dándome la ducha de rigor después de atender a un cliente. Estaba en eso cuando me llegó un mensaje de texto a mi celular, era de David.
 
“No sabía cómo decirte, pero quiero que sepas que sí sé con qué nombre te anuncias para tu trabajo y que he leído lo que escribes. Sólo quería que estuvieras enterada”.
No sé si fue el tan sonado frente frío o la sorpresa, pero en ese momento sentí un estremecimiento que me heló.
-¡Ay güey!- pensé