viernes, 23 de mayo de 2014

QUÉ VAN A PENSAR DE MÍ POR LULU PETITE

Había sido una tarde ajetreada. Dos clientes. Primero Marcos un hombre maduro y amable. Después un chavo de unos veinticinco años, muy guapo y espléndido en la cama. Entre un servicio y el otro pasé un rato en un centro comercial donde, por coincidencia, me encontré a Marcos, el cliente maduro que acababa de atender. Parecía estar esperando a alguien, así que nos saludamos de lejos y corrí a mi siguiente compromiso.

Como además la tarde había estado lluviosa y el tráfico descontrolado, después de atender a mis adorables clientes apenas alcancé a llegar a mi depa con tiempo suficiente para cambiarme e ir a cenar con Iván, mi novio.
Me di una ducha. Saqué de mi cuerpo y cabeza las emociones del sexo recién trabajado, ya sabes, bañarme me pone en otra sintonía para estar con mi güey. Me arreglé y, cuando llegó, bajé a recibirlo. Al subirme a su coche me disparó la primera sorpresa:
-Bebé, te vi en el centro comercial- Me dijo antes de encender el coche.
Claro, como yo sabía en qué andaba a esas horas, quise que me tragara la tierra, pero como en realidad encontrarme en un centro comercial no tiene absolutamente nada de malo, callé y lo dejé seguir.
-Ibas como alma que lleva el diablo- agregó- Llamé a tu teléfono, pero no respondiste- Claro, cuando me llamó yo iba saliendo rumbo a mi cita de trabajo con el guapito, si le contestaba corría el riesgo de retrasarme y el deber es primero ¡soy una profesional! Seguí callada, lo más seguro es que fuera una anécdota sin importancia, pero entonces soltó la segunda sorpresa:
-Comí allí con Don Marcos, mi jefe – remató -Habría querido presentártelo.
Allí si la puerca torció el rabo. Se me encendieron todas las alarmas. No manches, todo podía pasar. Simplemente me estaba cargando el payaso, y yo creo que Platanito, que es tan mamón.
Naturalmente, atando cabos lo primero que me vino a la cabeza es que Don Marcos, el jefe de Iván, podía ser el mismo Marcos que me había ponchado a media tarde y con quien me había encontrado en el centro comercial. Así son de atroces las putas coincidencias ¿Qué hacía?
Ya el coche estaba andando y no había excusa razonable para decirle que prefería quedarme en casa o en algún lugar donde pudiera comprar un boleto, no sé, a Rusia. Lo primero que se me ocurrió fue ponerme cachonda, respondí con evasivas sobre el incidente de la llamada, le dije que se veía muy guapo, le di un beso en la mejilla y así, mientras él manejaba, me bajé por los chescos.
O bueno, esa era mi intención, me doblé sobre su asiento, le agarré el bulto y comencé a bajarle la bragueta. Él brincó sorprendido y dio un volantazo brusco antes de recuperar la normalidad.
Bajó la velocidad y yo se la saqué, se le puso dura de inmediato. Empecé a chupársela. Cuando más caliente estaba y la tenía dura como piedra, interrumpí el guagüis, levanté la mirada y con la mayor ternura posible le dije:
-Yo no tengo hambre papito, no quiero ir a tu cena, vamos a tu depa y te juro que te la vas a pasar mejor.
Me miró como si comprendiera.
-No te pongas nerviosa bebé, te van a caer bien y tú les vas a encantar. De verdad no puedo faltar.
El güey creía que me ponía nerviosa conocer a su jefe, ajá, lo que me ponía las piernas de atole era que su jefe resultara el señor que me había cogido a media tarde, que todo resultara incómodo, del nabo ¿qué le iba a decir? ¡Hola Don Marcos, que distinto se ve con ropa. El resto del camino fui como si me llevaran a la guillotina.
Iván buena onda, a pesar de que lo dejé a media mamada y que fui de jeta hasta llegar a la casa del don, me abrió la puerta del coche con una sonrisa y antes de llamar a la puerta, me besó los labios. Yo lo vi y me dio mucha ternura. Le puse la mano entre las piernas y le subí la bragueta.
-No querrás que te vean llegar así ¿verdad? ¿Qué van a pensar de mí?- Le dije tratando de fingir calma (y de recuperarla).
Al fin abrieron la puerta. Nos recibió una señora muy amable que saludó a Iván como si fuera un hijo. Era la esposa de Don Marcos. Pasamos a la sala, había mucha gente y al fondo, en la cocina, preparando botanas, el anfitrión que, para mi buena fortuna, resultó ser un hombre amabilísimo con quien nunca en mi vida había cogido. Al final del día la única coincidencia que tuve que enfrentar fue que él y mi cliente se llamaran igual.
Creo que no hay sensación más placentera, ni el orgasmo más intenso, que cuando el alma te vuelve al cuerpo, cuando te quitas un peso de encima. Pasamos una noche encantadora. Iván me presentó con todos como su novia y se portaron conmigo espléndidamente. Nos fuimos tarde y muy contentos, aún así, en cuanto nos subimos al coche regresé a la cremallera de Iván y terminé lo que empezamos de ida. Francamente se lo merecía.
Después lo invité a pasar la noche en mi casa, nos amanecimos entre sexo, conversación y risas. Odié ver salir el sol, quería que esa noche no terminara.